CoronaBlog | Día dieciocho: ensoñaciones de virtualidad | ¡PACIFISTA!
CoronaBlog | Día dieciocho: ensoñaciones de virtualidad Ilustración: Juan Ruiz
Leer

CoronaBlog | Día dieciocho: ensoñaciones de virtualidad

Andrés Mejía Vergnaud - Abril 3, 2020

Esta crisis también es una ducha fría, que nos podría concientizar frente a la fragilidad de las condiciones que permiten nuestra extraordinaria vida.

Compartir

Este texto hace parte del CoronaBlog, una serie escrita por periodistas, escritor@s, artistas y bloguer@s que intentará registrar el día a día de la pandemia, de la cuarentena y de las noticias alrededor desde una mirada muy original en primera persona. Para leer otras entregas de esta bitácora, haga clic acá.

***

Este es un dilema de tiempos de pandemia, y es una reflexión de tiempos de cuarentena (que son especialmente amplios).

A mí me gusta hablar de virtualidad y de desmaterialización. Y me siento a gusto pensando en un mundo que supuestamente se dirige hacia una mayor virtualidad y una mayor desmaterialización. 

Pienso que la virtualidad del mundo y la desmaterialización de las cosas nos han abierto espacios y oportunidades. Yo crecí reverenciando la Enciclopedia Britannica, y sufriendo en cada Feria del Libro al saber que nunca la iba a poder comprar. Era un privilegio reservado a pocos. No sabía yo que la virtualización del mundo, pocos años después, me iba abrir las puertas al conocimiento y a la información, y mejor aún, a un conocimiento y una información que se construyen entre todos, corrigiendo, contribuyendo, a veces erróneamente y a veces con mala intención pero la inmensa mayoría de las veces acertadamente y con buena intención. Y en balance, mejor que la Britannica

La virtualidad y la desmaterialización han borrado grandes diferencias y barreras entre nosotros. Cuando yo era niño, y cuando era estudiante, el contacto con el mundo estaba reservado a quienes podían pagarlo. A quienes podían viajar, o suscribirse a revistas internacionales, pedir libros a París o a Nueva York, estudiar en universidades europeas o estadounidenses después de haber estudiado en colegios bilingües de élite. La virtualidad ha dado acceso al mundo y ha hecho irrelevantes todos esos requisitos de admisión a la vida del mundo. 

La virtualidad y la desmaterialización van a ir llevando a una economía más sostenible, que usará menos cosas duras, como metales y minerales. Y que usará menos energía, sobre todo la que proviene de combustibles fósiles (sí, ese problema todavía existe, te lo recuerdo mientras ves las noticias sobre el Covid-19).

La virtualidad y la desmaterialización nos van a hacer más adaptables y más resilientes. Mientras más dependamos de infraestructuras físicas, más vulnerables somos a cualquier cosa que las destruya o perturbe su funcionamiento. Como hemos podido ver, una pandemia, o un desastre natural, o una guerra, afectan tan duramente las infraestructuras físicas que nos pueden llevar parcialmente a la parálisis. ¿En qué medida? En la misma medida en que seamos dependientes de esas infraestructuras. 

Y a veces me gusta pensar que yo no llego mal preparado a ese mundo de la virtualización. No porque me lo haya propuesto años antes (siempre fui muy malo para planificar mi futuro). Más bien por accidente, terminé siendo menos dependiente de infraestructuras tradicionales. Mi carrera universitaria, por ejemplo, fue un completo desastre, y eso tal vez hizo que mi ingreso a la vida profesional se demorara mucho, y ocurriera en condiciones de desventaja: eso me obligó a buscar espacios en el mundo virtual apenas naciente. Además, hace ya años que trabajo en mi casa, y que mi trabajo sucede fundamentalmente en el espacio virtual. Hago radio, y me gusta ir a la cabina, pero ahora lo hago desde mi casa. El mercado de valores, que es un área en la que también me he movido, fue de los primeros sectores económicos en volverse casi totalmente virtuales. 

Pienso en todo eso y por ratos llego a una cierta complacencia que no es saludable. Pero de ella me despiertan duchas frías ocasionales, que me recuerdan que la virtualidad y la desmaterialización tienen un límite. 

Sin importar cuán virtualizada o desmaterializada sea nuestra vida y nuestra actividad profesional, nuestra existencia aún depende, por ejemplo, de que en Chocontá y Ventaquemada se cultive el campo, y de que esos productos lleguen a nosotros. En camiones. Todavía dependemos de que las centrales de generación eléctrica y las redes de transmisión nos traigan energía, energía que nos permite disfrutar a plenitud de la virtualidad. Ella misma, creo, depende de redes de cables, satélites y antenas, que un día podrían ser destruidas en una guerra, o inutilizadas mediante un ataque cibernético. Dependemos del agua que sale por nuestra llave, y eso depende de tubos que podrían romperse por un sismo, o por un derrumbe, o por viejos. 

Es cierto que en esta crisis la virtualización y la desmaterialización van a ser ganadoras indudables. De hecho, van a avanzar mucho más rápido de lo que habrían avanzado al ritmo normal, y muchos de esos avances van a ser irreversibles. Pero esta crisis también es una ducha fría, que nos podría concientizar frente a la fragilidad de las condiciones que permiten nuestra extraordinaria vida.

Hace apenas dos meses, al empezar febrero, nadie se imaginaba que toda la sociedad iba a estar encerrada en la casa por orden del Gobierno, escapando de un virus. Cuanto menos dependientes seamos de infraestructuras, mejor nos va en crisis de semejante magnitud. Pero nunca vamos a estar totalmente libres de infraestructuras. Y crisis habrá, y daño vamos a sufrir. Bienvenida la virtualidad, bienvenida la desmaterialización, cuidémonos de nuestra complacencia.

 

Andrés estudió filosofía, es consultor y panelista de Mañanas Blu, de Blu Radio, y lo pueden leer acá.