Así resiste Bojayá: un canto a “todos los presidentes”
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Así resiste Bojayá: un canto a “todos los presidentes”

Staff ¡Pacifista! - Mayo 23, 2016

Después de la masacre, la vida, en vez de detenerse, cobró aún más fuerza. Hoy es un ejemplo de organización y resistencia.

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Por Maria de los Ángeles Reyes *

En el Nuevo Bellavista, la cabecera municipal de Bojayá, sus habitantes salieron a marchar con el Cristo mutilado cobijado con un manto blanco, pues se le presentaría a la comunidad luego de ser restaurado en sus colores y piel pensando en su conservación. Fotos: César Romero-CNMH.

“Y esto quedó pa’ la historia,

dígale a los de la prensa que no borren la memoria”

(Fragmento alabado de las Mujeres de Pogue, Bojayá)

El 2 de mayo de 2016 amaneció lloviendo. Aun así, a las 4 de la mañana, las integrantes del Grupo de Mujeres Guayacán empezaban a preparar el desayuno para la comisión que había estado en Bellavista desde el 29 de abril, en la Cuarta Asamblea de Comunidades Étnicas de Bojayá. A las 8:00 a.m. todos estaban listos. Una caravana vestida de negro, blanco y con algunos uniformes amarillos del colegio de Bellavista, caminaba al mismo ritmo y con el mismo sentir. Adelante, el Cristo Mutilado, restaurado por iniciativa de las Hermanas Agustinas, iba cubierto con telas blancas. Así empezaba la conmemoración de los 14 años de la masacre de Bojayá.

Ya en la iglesia del Viejo Bellavista, donde estalló la tercera pipeta bomba lanzada por las Farc en combates con paramilitares, se mostró al Cristo mutilado con su nuevo color.

“Señores grupos armados, no vengan más por acá”

(Fragmento alabado de las Mujeres de Pogue, Bojayá)

La guerra en esta región del Pacífico no empezó ni terminó el día en que el cilindro de gas, lleno de metralla, acabó con la vida de 79 personas que se resguardaban en la iglesia de San Pablo Apostol, en Bellavista, por los combates entre la guerrilla y los paramilitares.

Para varios habitantes de Bojayá, la presencia de grupos armados ilegales empezó a ser evidente en la región desde 1995. Ese año llegó al Medio Atrato el frente 34 de las Farc, del Bloque Iván Ríos, antes llamado José María Córdoba, y creado tras un repliegue estratégico de esa guerrilla para controlar el tránsito de drogas hacia el Pacífico y para contener el fenómeno paramilitar que se extendía en el Urabá.

Dos años más tarde los paramilitares bajaron a la región, amenazando con “limpiar” cada pueblo y corregimiento de la presencia guerrillera. El Estado nunca estuvo presente. Según el Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), Bojayá, la guerra sin límites, Bojayá hacía parte de los 158 municipios en Colombia que no contaban con presencia permanente de la Policía y, desde ese año, 1995, el alcalde gobernaba desde fuera del municipio.

Los niños y los adolescentes hicieron parte del evento con presentaciones de danza y música donde comunicaban su intención de vivir en una comunidad en paz.

Por eso, en 1999, la comunidad empezó a hacerse visible frente a las autoridades, organizándose y exigiendo a cada gobierno que se hiciera presente en el territorio para garantizar la vida y los demás derechos vulnerados de los bojayaceños. (Leer la Declaración por la Vida y por la Paz).

Las advertencias por una tragedia en la que los civiles se vieran afectados se habían hecho antes de 2002. Y, sin embargo, nadie hizo nada. Más aún, ese mismo año, la Defensoría del Pueblo, la Procuraduría y la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos habían emitido alertas por un posible enfrentamiento entre grupos armados, muy cerca de asentamientos civiles. Y ocurrió lo peor.

A voces que todos me oigan aquí vamos a cantar,

la masacre de Bellavista no se les vaya a olvidar

(Fragmento alabado de las Mujeres de Pogue, Bojayá)

A las 10:00 a.m. el sol se asomaba por primera vez en el día y un grupo de mujeres de Pogue, un corregimiento del municipio de Bojayá, comenzaba a cantar sus alabados (cantos tradicionales de los rituales mortuorios de las comunidades afro del Pacífico) para ambientar la liturgia de la Eucaristía de los Mártires de Bojayá.

El recorrido por el pueblo estuvo adornado por los cantos de las alabadores de la comunidad de Pogue, en Bojayá, quienes han creados alabaos sobre la masacre y el Cristo mutilado.

La Iglesia del viejo Bellavista es el único edificio que no es una ruina. El amarillo pastel de su fachada, restaurada con las manos de la comunidad en 2014, contrastan con el verde de la vegetación y el cemento viejo de los edificios que aún quedan en pie y que recuerdan a los visitantes que la historia de Bojayá es de abandono. “La sangre de nuestros muertos ni siquiera la pudimos limpiar, sobre el suelo de la iglesia sigue su memoria”, dice una de las mujeres del Grupo de Alabados de Pogue.

El 9 de mayo de 2002, el entonces presidente Andrés Pastrana visitó la cabecera municipal de Bojayá y asignó a la Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional la tarea de reubicar el pueblo entero, que ya estaba casi desierto después del desplazamiento masivo que generó la masacre.

La reubicación, a pesar de generar opiniones encontradas entre los habitantes, se llevó a cabo ese mismo año. Ahora nadie habita en el Viejo Bellavista pero tampoco olvida a tantos muertos del 2 de mayo. El anhelo de los bojayaceños está plasmado en la placa de la iglesia de San Pablo Apóstol: “Cuando viajamos por nuestro río, cuando caminamos por nuestro pueblo, cuando nos congregamos en este templo, recordamos el 2 de mayo de 2002. Entonamos un canto de esperanza para que estos hechos no se repitan y podamos danzar, con la alegría de vivir, en un mundo sin violencia”.

Luego de marchar, los bojayaseños se embarcaron en el rio Atrato para viajar al Viejo Bellavista, lugar donde ocurrió la masacre el 2 de mayo de 2002 y pueblo que quedó casi abandonado luego de la reubicación de la cabecera municipal.

A pesar del miedo, la gente de Bojayá nunca deja de bailar y cantar. Después de la presentación de la restauración del Cristo Mutilado, cinco niñas con camisetas blancas y moño morado en la cabeza hacían sonar las chaquiras de sus peinados, bailando y cantando: “Que canten los niños que viven en paz, y aquellos que sufren dolor. Que canten por esos que no cantarán, porque han apagado su voz”. En esa misma iglesia donde ellas bailaban 48 niños murieron en la masacre.

Después del baile una hermana de la comunidad de las Hermanas Agustinas leyó uno a uno sus nombres. Seguida la lectura, hubo un minuto de silencio: “Que nuestro silencio se convierta en un solo grito”, dijo.

La cultura se ha perdido en el Río del Atrato,

le pedimos a mi Dios, la rescaten los muchachos.

(Fragmento alabado de las Mujeres de Pogue, Bojayá)

La eucaristía se llevó a cabo entre cantos y bailes. A los lados, se veía el telón con los nombres de las víctimas y las fotos que Jesús Abad Colorado tomó horas después de la tragedia. Al final, dentro de la misma iglesia, Leyner Palacios, líder del Comité por los derechos de las Víctimas de Bojayá, presentó los resultados de algunas de las reuniones de los días anteriores. En ellas estuvieron presentes diferentes entidades del Estado, que respondieron a las exigencias de la comunidad, y se comprometieron con algunas cosas:

La Unidad para las Víctimas, a continuar con el proceso de reparación colectiva e implementar el plan que se acuerde con los cabildos indígenas y las comunidades afrocolombianas.

El Centro Nacional de Memoria Histórica continuará apoyando la creación del “lugar de memoria y espacio de construcción y formación para la paz”.

La Gobernación y la Alcaldía, por su parte, se comprometieron a incluir el proyecto en los planes de desarrollo de cada gobierno.

Además, la Fiscalía y Medicina Legal acogieron la solicitud de la comunidad para “realizar la individualización, identificación y entrega de los cuerpos de las personas que murieron el día de la masacre”. El proceso, sin embargo, no será inmediato y, según José Valencia, también integrante del Comité, hay varios reclamos de la comunidad por la falta de certeza en cuanto a la procedencia de  los recursos para este proceso.

El Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá le exigen a la Fiscalía y al Estado que se exhumen los restos óseos de sus familiares y haga un proceso de identificación de nuevo, pues desconfían del procedimiento que tuvo lugar años antes cuando los restos se exhumaron de la fosa común.

En la agenda de la conmemoración estaba prevista una visita a la fosa donde reposan los restos de varios muertos, aquellos que deben ser exhumados para su identificación. Sin embargo, la naturaleza no dio tregua y el lodazal impidió el desplazamiento hacia la fosa. Uno de los más grandes afanes de la comunidad es que, por las condiciones del suelo, es importante hacer el proceso rápido, antes de que los restos no se puedan recuperar.

“Déjenos vivir tranquilos, déjenos vivir tranquilos,

déjenos vivir en paz”

(Fragmento alabado de las Mujeres de Pogue, Bojayá)

Bellavista es un lugar tranquilo. Las personas, dicen sus habitantes, están recuperando poco a poco la confianza en el campo y han vuelto a sembrar y a pescar en el Atrato.

Sin embargo, en el Río Bojayá aún sigue la guerra. Varios habitantes advierten que hay una fuerte presencia de actores armados ilegales en la región. Además, han denunciado ante la comunidad nacional e internacional sobre “la presencia de actores armados ilegales y el auge y reaparición del fenómeno del paramilitarismo, amenazando, extorsionando y generando terror y miedo en las comunidades de los municipios de Bojayá y Vigía del Fuerte”, dice un comunicado del Comité.

Días antes de la conmemoración, el 29 de abril, miembros del Clan Úsuga, en particular un hombre identificado como  comandante “Ricardo López” llamó a extorsionar a profesores de dos instituciones educativas en Vigía del Fuerte. Amenazó, además, a las directivas advirtiendo que si no se cumplían las exigencias del grupo asesinarían a los docentes.

El cementerio quedó alumbrado por la luz de las velas. La comunidad tiene una preocupación con el rio y el cementerio, pues cuando el primero crece mucho, alcanza la altura de las tumbas más bajas y es posible que algunos restos óseos se los haya llevado el rio. En Bojayá hay preocupación, en el norte está el ELN, también tienen presencia de las Farc, el Clan Úsuga ha amenazado a profesores en Vigía del Fuerte, pasando el rio, y temen que alguna incursión se vuelva a repetir.

El ELN, también, tiene una fuerte presencia al norte de Bojayá. Los enfrentamientos con el Ejército son constantes. Y, al sur, las bandas criminales, creadas tras la desmovilización paramilitar a mediados de la década de 2000, también amenazan constantemente la seguridad de Bojayá y sus corregimientos.

Las Farc siguen presentes en el territorio, y, a pesar del acto de perdón público que hizo esta guerrilla en diciembre de 2015, las comunidades indígenas y negras del Medio Atrato saben que mientras no haya un acuerdo definitivo y una presencia integral del Estado en la región, ellos siguen estando en riesgo.

Otra tragedia como la de 2002 puede volver a pasar. Por eso el canto final de las mujeres de Pogue  es seguido por las voces de hombres y mujeres de toda la comunidad, por visitantes y por cuantos conocen la historia de Bojayá y se solidarizan con sus víctimas: “A todos los presidentes: manden con honestidad, que en el río Bojayá esto no vuelva a pasar”.  La conmemoración terminó en la noche, con una visita al cementerio, guiada por una vela en las manos de cada asistente. Nadie habló y nadie lloró. Solo se escucharon canciones. Así resiste Bojayá.

*Periodista del CNMH