Apuntes para una teoría ineficiente del dinero Ilustraciones: Juan Ruiz
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Apuntes para una teoría ineficiente del dinero

Santiago A. de Narváez - Abril 4, 2019

OPINIÓN | La distinción entre dinero ‘bien habido’ y dinero ‘mal habido’ ha sido la hoja de ruta de nuestra historia reciente.

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Este texto hace parte de la columna: “Crónicas de la soberanía alimentaria”. Lea acá las otras entregas.

Ayer pagaron en la oficina. Inicia así, voraz y veloz, la lucha a muerte entre dinero y tiempo. La carrera entre el calendario y las cifras de la cuenta del banco por demorarse un poco más que el otro enemigo. Tiempo contra dinero, dinero contra tiempo.

Generalmente pierde el dinero, es el primero que llega a ceros. El tiempo sabe demorarse un par de días antes de exigir que se le arranque otra hoja al calendario. Sobra, como dice la sabiduría popular, mucho mes al final del sueldo.

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—¿Cuál se le ocurre que sea el objeto que, junto al encendedor y al esfero bic, circula con más frecuencia por las manos de la gente?

—El billete.

—¿Qué?

—La plata, los billetes.

—No, pero la plata no cuenta.

—¿Cómo que no cuenta? ¿Por qué?

—Porque no. La plata no vale.

—¿Pero por qué?

—Porque es distinta.

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El otro día pregunté por la red a los economistas del mundo si había forma de saber cuánta plata existía hoy en el planeta. Las respuestas no se hicieron esperar. Pero tampoco fueron como las esperaba. No sé por qué lo pregunté, pero el variado número de respuestas (para algo que uno espera sea sencillo y concreto) y su ambigüedad me hicieron pensar que el dinero no es una cuestión de matemáticas.

Hay algo más. Algo mágico que nos excede.

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—¿Cuánta plata existe en el mundo?

—Defina plata.

—No sea careverga. Ustedes los economistas siempre todos crípticos.

—Ustedes los filósofos también.

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Los economistas tienen una fórmula para nombrar al dinero en efectivo que circula por todos los países del mundo, esto es: las monedas y billetes reunidos todos en un mismo saco, bajo un mismo signo. Esa fórmula en macroeconomía se llama M0.

Se estima que el valor actual del M0 es de seis billones de dólares. Seis billones de dólares en billetes y monedas reunidas todos juntos.

Seis millones de millones en papel y metal.

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En Estados Unidos, cerca del 90% de billetes que circulan tienen rastros de cocaína. En España, la cifra sube a 92% y en la ciudad de Londres, la cifra llega hasta el 99%.

¿Cuál es el porcentaje de billetes colombianos con rastros de cocaína?

Me parece muy diciente la relación entre dinero y droga. Una relación que ya había señalado un escritor gringo, consumidor, quizás, de todas las drogas habidas y por haber: la droga es la mercancía perfecta del capitalismo porque ella crea a sus propios consumidores: los fabrica, los produce.

Con el inicio del narcotráfico este país empezó a tener una relación un tanto esquizoide con el dinero. La distinción entre dinero ‘bien habido’ y dinero ‘mal habido’ ha sido la hoja de ruta de nuestra historia reciente.

En el lavado de dinero ha estado, asimismo, la verdadera lucha por la legitimidad. Los narcos triunfan cuando logran ingresar el dinero (proveniente de una mercancía prohibida) a un sistema de circulación. No triunfan, necesariamente, cuando coronan un cargamento o traicionan al capo de turno; triunfan cuando las cuentas de los bancos aceptan una nueva suma y los dígitos se añaden a esa cuenta.

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La plata que ‘existe’ en el mundo hoy en día es muy superior a los seis billones de dólares. Solamente el 10 % de la plata que circula en el mundo, circula por medio de dinero efectivo, es decir, en billetes y monedas.

(Rara vez veo, por ejemplo, la totalidad de mi sueldo en efectivo. La empresa me consigna y varias son las veces que deslizo un plástico por la ranura de otro plástico para poder acceder a mercancías

Y ahora, ni siquiera un plástico. Escribo en un celular los números, digito la clave y la transacción queda confirmada.

(La virtualidad del dinero alcanza cada vez mayores proporciones).

Se estima que en el mundo circula, por medio de cifras digitales, de ceros y unos, alrededor de 60 billones de dólares. Plata que suman las monedas, los billetes pero además el dinero que se encuentra en las cuentas de los bancos. Más del 90 % de todo el dinero, dice un reputado historiador, existe sólo en servidores informáticos.

Una forma de hipervigilancia que le sirve a quienes cuidan ese impoluto sistema financiero para que no entre en él ningún dinero proveniente de negocios turbios.

Guardianes de la legitimidad, guardianes de la pureza financiera.

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(Y pensar que Balzac decía que toda gran fortuna esconde un crimen. Sin hacer distinción entre el tráfico de droga o el tráfico de zanahorias).

(Y pensar que en su momento —1979— el presidente de la Agencia Nacional de Instituciones Financieras (ANIF), y quien años más tarde fuera presidente de la república, propuso legalizar la marihuana. Y que, años más tarde, cuando fuera presidente, reconocería la entrada de dinero en tulas, proveniente del narcotráfico, para financiar su campaña presidencial).

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Pero no existe la tal pureza financiera. No existen monedas limpias. Y no existe dinero puro, así como no existen lenguas impolutas.

El lenguaje y el dinero son instituciones gemelas: se valen de la representación para simbolizar un mundo.

La moneda es un idioma, sí, pero como sabemos, no hay un idioma ‘neutro’. Hay, a lo sumo, un idioma hegemónico o estándar del que nos servimos (o que se sirve de nosotros, vaya uno a saber) para traducir y vivir y moverse en el mundo global. La relación del inglés con las otras lenguas puede ser la misma que tiene el dólar con el resto de monedas del mundo.

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La ficción se ha encargado de poner en entredicho el mito del dinero. Recuerdo de momento tres o cuatro historias que, cada una a su manera, han puesto el dedo en la llaga del billete.

En una de ellas, unos viajeros del espacio empiezan a ver cómo todo a su alrededor, bajo los efectos de la entropía (pues se trata de una historia de ciencia ficción), se destruye y se corrompe. Y no sólo se corrompen las cosas sino que también se devuelven en el tiempo. Incluso el dinero, incluso las monedas. Alguno de los personajes saca de su bolsillo unas monedas y se da cuenta de que han sido acuñadas en otro siglo. Monedas que en otro tiempo fueron útiles, pero que en el presente ya no tienen ningún valor de cambio.

En otra, unos ladrones se atrincheran en el banco central de su país y ponen a funcionar las máquinas de imprenta para imprimir dinero durante varios días.

En otra, un grupo clandestino de luchadores y renegados dinamita el centro financiero de una ciudad en el borde del nuevo milenio. Los protagonistas observan en silencio el derrumbe pirotécnico mientras se toman de la mano. Y una voz se pregunta dónde tiene la cabeza.

En otra, finalmente, otros ladrones que han robado un banco se ven acorralados por la policía. Y en vista de que no hay salida y frente al acoso policial, deciden quemar la plata reciéntenme robada.

Cada una de estas ficciones pone en escena el funcionamiento del dinero como símbolo ($): la necesaria reactualización del dinero a través del tiempo; el vacío de la legitimidad; la relación del dinero y el deseo (y el amor como movimiento anárquico); y, finalmente, la materialidad del dinero, susceptible siempre de ser destruido o incendiado.

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(A propósito de esto de quemar dinero, encontré hace poco en internet la historia de un dúo de pop británico que a comienzos de los noventa quemó, en su casa en Escocia, un millón de libras esterlinas mientras grababan el proceso.

La quema de billetes duró cerca de dos horas. Desconozco los motivos de la quema).

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¿Cuál es la relación del dinero con el deseo y el aburrimiento?

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¿Cómo habría sido la traición de Judas a Jesús en la época del dinero de la autoridad divina? ¿Cuánto valdrían esas 30 monedas de plata hoy? ¿Qué significa que Dios se venda a sí mismo? ¿Que Dios venda a Dios?

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Actualmente vivimos en la era del dinero fíat. Con la quiebra del patrón oro en la época de Nixon, el dinero dejó de tener un respaldo material.

Se llama fíat porque depende de la autoridad que lo decreta. Una autoridad divina.

Como hiciera Dios en el principio de los tiempos cuando dijo: hágase la luz.

Lo mismo ahora con el dinero.

Fiat denarius.

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Acabo de hacer una sencillísima operación matemática. Dividí la cantidad de dinero en efectivo que existe en el mundo por entre el número de habitantes humanos en la Tierra. Una división que es tonta por lo sencilla. Inútil por lo que implica.

Si uno divide seis billones de dólares entre los 7.500 millones de personas que existen hoy en el mundo, eso da un total de 800 dólares. 800 dólares por persona en efectivo.

Y si uno divide el total de dinero que existe (el que se encuentra gravitando en la abstracta red virtual de los ceros y unos, es decir, 60 billones de dólares) la división da un total de 8.000 dólares.

Me paree en ambos casos una suma muy menor.

Y me parece muy estúpido creer que —en el caso de que a cada habitante del mundo le tuviera que corresponder una fracción equitativa del dinero que existe— esa cifra, 800 dólares, signifique algo así como riqueza personal.

La riqueza está en otros lados. No está en el dinero per capita. Pero tampoco en las banderas de partidos idiotas. Ni en los credos que fabrican canallas que no creen en nada. No está en las leyes de hierro de una moral que solo quiere encadenar los impulsos. No está en el orden de la sociedad fabricado por fariseos y mercenarios. Ni dentro de las bóvedas confortables del conformismo o la resignación.

Está en otros lados, en otras bóvedas, bajo otros cielos.

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Por lo pronto propongo a la cocaína como nueva moneda de cambio mundial.

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Santiago aparece por acá.

Y el video de la quincena:

 

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