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A lomo de Muñeco, Nohelia volvió a su tierra
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A lomo de Muñeco, Nohelia volvió a su tierra

Staff ¡Pacifista! - junio 1, 2015

La expulsaron de su tierra hace quince años. En la gran ciudad le mataron al único hijo y su esposo sufrió un accidente que lo dejó postrado en cama. La semana pasada decidió retornar a su casa original, en el campo. ¿Es posible adaptarte a la vida que tenías hace más de una década?

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Por: Héctor Gómez

Y vi espinas y vi rosas, 
Vi morir seres queridos 
vi bellezas, fui testigo 
de maldades y de guerras.
Vi lo bueno de la tierra 
Y vi el hambre y la miseria 
y entre el drama y la comedia 
avancé entre agua y fuego.

Maestra vida, Rubén Blades

María Nohelia Arboleda volvió a recorrer ese lugar que le era tan familiar: el corregimiento El Jordán con sus calles estrechas y casas de fachadas coloridas, para después montarse en Muñeco, un caballo de raza indefinida que la llevaría a su finca Corinto. La misma de donde se vio obligada a salir hace 15 años junto con su esposo y sus 7 hijos por la presión de los paramilitares del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá.

Es una paradoja que Corinto y el Jordán, lugares de nombres bíblicos, queden en San Carlos, ese municipio del oriente antioqueño con nombre de santo que ha vivido episodios de infierno como consecuencia del conflicto armado. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, entre finales de la década del 90 y principios del 2000, 30 de las 74 veredas fueron abandonadas en su totalidad y 20 parcialmente, se perpetraron por lo menos 33 masacres, 156 desapariciones forzadas y 78 personas víctimas de minas antipersonal, todo esto como consecuencia de la disputa del territorio entre guerrilla y grupos paramilitares.

El álbum de los recuerdos

En el recorrido en carro, de unos 40 minutos desde el casco urbano de San Carlos hacia El Jordán, Nohelia empezó a buscar los momentos de alegría que vivió al lado de los suyos en Corinto. A todos dedicó una sonrisa y los repasó con el deleite del que encuentra un viejo álbum familiar. “Las navidades en Corinto eran una elegancia porque hacíamos la natilla, matábamos un pisco, compartíamos los aguinaldos hacíamos sancocho al borde de la quebrada. Allá sacábamos unas sabaletas muy grandes. No teníamos que comprar nada: estaba el queso para los buñuelos, la leña para el sancocho y la leche para la mazamorra”.

Uno a uno fueron apareciendo los recuerdos, los árboles de aguacate, zapote, naranja, mandarina y limón, las matas de plátano, los tallos de caña y las anécdotas que aún le sacan sonrisas. Como la de esa semana santa en la que junto a su esposo José, una hermana y una vecina se fue a buscar un entierro. Según la tradición campesina, las guacas hay que buscarlas en las noches de viernes santo para garantizar que se revelen por medio de una luz. “Eran casi las 12 cuando vimos que en un montecito se veía una luz, al principio nos asustamos, y José se aventuró a caminar hacia ella ¿sabe qué era la tal guaca? Una mula que estaba suelta en medio de ese potrero”, recuerda Nohelia en medio de carcajadas.

 Un adiós que duró 15 años

Nohelia conoce en carne propia las heridas que ha dejado el conflicto de más de 50 años en millones de colombianos. La suya se empezó a abrir una tarde del año 2001 cuando un grupo de paramilitares llegó a Corinto con una frase que aún le retumba en la cabeza: “vinimos a comprarle la finca porque la necesitamos”. Aunque al principio ella les dijo que tenía que hablarlo con su esposo y que no estaba, en las posteriores visitas no solo llegaron con la orden de vender, sino con el precio que darían por las 222 hectáreas: $25 millones. José, el esposo de Nohelia, avaluaba su finca en más de $80 millones.

Esas presiones hicieron que Nohelia, José y el resto de su descendencia dejaran San Carlos con “el encapillado” (lo que se tiene encima) para desplazarse a Medellín. Adiós Corinto, adiós diciembre con natilla y buñuelos, adiós José sacando sabaletas de la quebrada, adiós terruño con el ganado adentro y adiós casa, porque a los ocho días de que salieran, la guerrilla la dinamitó en una ofensiva contra los paramilitares.

Ya en Medellín escucharon que habían dinamitado el puente de Guatapé, que habían montado a un vecino a una camioneta y que no lo habían vuelto a ver, que desviaron una escalera de San Rafael y habían matado a sus ocupantes en El Jordán y que…Con ese panorama era mejor vivir en un lugar que les era ajeno que regresar a Corinto, su paraíso perdido.

En la capital antioqueña Nohelia, que era una mujer que sabía enlazar terneros, ordeñar vacas, arriar un hato de ganado o hacer una cuajada, tuvo que empezar a hacer arepas y empanadas para ayudar con la economía familiar. Fue en ese tiempo de desarraigo cuando a ella y a José les mataron a su único hijo varón por robarlo, y fue estando en Medellín cuando José fue atropellado por un carro que lo dejó postrado en cama desde hace 2 años.

Hoy Nohelia sigue pensando que si no los hubieran sacado de su tierra nada de esto les habría sucedido, y sus vidas serían tan tranquilas como en los años en que lo único que los asustaba era una mula suelta en una noche de viernes santo.

 

Las chicharras, la banda sonora del regreso

Dicen que hay cosas que no se olvidan. Muchos comentan que montar en bicicleta es una de ellas, pero al ver a Nohelia apretando las cinchas o acortando los estribos de las sillas de montar para que ella, la jueza y los miembros de la Unidad Nacional de Restitución de Tierras (URT) quedaran cómodos en sus cabalgaduras, cualquiera pensaría que las faenas del campo hacen parte del ADN de las personas que alguna vez se vieron obligadas a abandonar su territorio.

Era una mañana de mayo de 2015, el día señalado para que la URT le hiciera a Nohelia la entrega material de su finca y se firmaran los documentos que la reconocían como la legítima dueña de un predio del que había sido despojada por el accionar de los grupos paramilitares. El cielo azul y sin nubes, y unas montañas con todas las degradaciones del verde eran el decorado para la cabalgata de hora y cuarenta minutos hasta Corinto.

Nohelia estaba de buen humor, iba montada en Muñeco y se mecía acompasadamente sobre su cabalgadura. Las anécdotas de Corinto, de los tiempos buenos, de los nacimientos de su prole salían de su boca con la celeridad del que tiene mucho por contar y solo necesita el estímulo que remueva los recuerdos. Y los estímulos sobraban: estaban las chicharras veraneras con su concierto interminable, la mata del chaparro (que cura la artritis según lo dijo), la bandada de pericos que surcaba el cielo, la flor de mayo adornando el camino y los mandarinos y guayabos que crecían silvestres, como la maleza.

Cada tanto Nohelia sacaba el celular de su bolsillo, marcaba un número y se pegaba el aparato a la oreja. El celular volvía al bolsillo y ella emitía algunas frases de incomodidad por no poderse comunicar. Muñeco seguía el camino con su andar reposado mientras Nohelia continuaba apretando las teclas de su celular. Finalmente le contestaron.

“¿Aló, aló?…Páseme a Pamela. ¿Ah no? Dígale que ya voy llegando a la finca”.

Ella seguía peleando con el celular, buscó otro número para marcar. Seguramente tenía algo importante para decirle a alguien.

“Aló, quiubo mija”, entre lágrimas Nohelia comenzó a hablar, “mamita ya vamos llegando a la finca, vamos con la gente de restitución de tierras. Estoy feliz, feliz, feliz, ya se nos va a perder la señal, pero quería contarle eso”.

 

Epílogo de un reencuentro

Los primeros en llegar fueron los policías del GOES (Grupo de Operaciones Especiales), detrás de ellos llegó Muñeco, estaba sudoroso y con la respiración agitada. La felicidad también pesa, y Nohelia tenía 91 kilos de alegría. Se bajó del animal y su mirada fue reconociendo cada potrero, cada camino que llevaba al río, el altico donde quedaba la casa. El álbum de recuerdos comenzó nuevamente el desfile.

Allá, en un claro del camino, la jueza que encabezó la diligencia leyó la sentencia, las órdenes de los jueces especialistas en restitución de tierras para las entidades del Sistema Nacional de Atención y Reparación Integral a Víctimas (Snariv), para que Nohelia no solo recupere su predio, sino todas las condiciones de dignidad para un nuevo comienzo.

“Yo siento mucha emoción y por eso es que lloro, porque nunca creí que se me cumpliría este sueño. Me veo metiendo ganado otra vez a la finca porque nosotros no sabemos hacer otra cosa”.

Corinto hace parte de las 49 sentencias de restitución de tierras que se han emitido en San Carlos, y que le han devuelto a sus legítimos dueños un total de 793 hectáreas y 2.660 metros cuadrados.

Cuenta la historia bíblica que los israelitas atravesaron durante 40 años el desierto para llegar a la tierra prometida. Nohelia se demoró 15 años para volver a Corinto, quién sabe si es su tierra prometida, lo que sí es cierto es que es la suya y eso la hace feliz.