28N: El día que el paro me hizo discutir con mi familia | ¡PACIFISTA!
28N: El día que el paro me hizo discutir con mi familia Foto por Nicolás Caballero.
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28N: El día que el paro me hizo discutir con mi familia

Santiago A. de Narváez - Noviembre 28, 2019

Ayer fue el séptimo día de Paro Nacional. Empieza a notarse el juego de las emociones: la alegría contra el miedo; el cansancio contra la esperanza.

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Este texto hace parte del Diario del Paro, una serie de textos sobre lo que está pasando en Colombia en estos días escritos en clave de diario personal. Para leer el resto de entregas haga clic acá.

27 de noviembre. 15:37. Bogotá, Parque de los Hippies.

Han convocado (¿quién, cómo, por qué medios?) a un cacerolazo sinfónico. La plaza, esto de parque poco tiene, está llena hasta la mitad. Nada que ver con las con las concentraciones del fin de semana. Hay varios músicos, —clarinetistas, violinistas, trombonistas y etcétera— prestos para empezar a tocar en compañía del sonido de la cacerola. Van a tocar “Colombia tierra querida” y una de Beethoven.

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Las personas con las he hablado, jóvenes en su mayoría (y habría que empezar a pensar las razones y también las implicaciones de que esta sea una movilización mayoritariamente joven. ¿Qué significa y que tan cierto es que esta es una generación que perdió el miedo? ¿Qué significa que está generación haya crecido en los años en los que Uribe era presidente?), en su mayoría jóvenes, digo, responden que están cansadas de una forma de vida que tiene como objetivo la supervivencia, no el cultivo de la vida; una forma de vida —propiciada por un Gobierno, por un discurso— que bombardea niños, que no le importa el futuro de los jóvenes.

Otra señora me dice que el Acuerdo de paz dejó ver los conflictos sociales que por tanto tiempo estuvieron ocultos bajo la capa gruesa de la guerra. Ahora podemos ver la desigualdad a los ojos.

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Parece que los sinfónicos ya afinaron sus instrumentos. ¿Han empezado a tocar? Porque las cacerolas ya empezaron con su cacofónica manera de hacerse sentir.

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Este es el séptimo día de Paro. Ayer —que hubo movilizaciones en la memoria de Dilan Cruz, herido de muerte el sábado por un agente del Esmad, y protestas en contra de la violencia policial— no pude estar en las calles. Me fui al mediodía para la casa y caí como un costal de papas importadas: sucio y seco.

Esta energía que se ha sentido estos días en la calle —y que se ha materializado en plantones, marchas, gritos y movilizaciones— tiene que encontrar la manera de canalizarse de otras formas. Por otras vías. De circular por otros medios. Estamos poniendo el cuerpo y la voz y no podemos dejar que el cansancio conquiste nuestro pellejo.

Aunque bueno, este cansancio es también otra forma de sentir. Un cansancio distinto del que habla Byung Chul Han cuando describe el cansancio que produce las formas de producción del neoliberalismo.

¿Será esa una victoria?

Foto por Santiago de Narváez.

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—La responsable de todo esto —dice el que tiene el micrófono y se refiere al Paro, a una nueva forma de encontrarse— es la música.

La gente aplaude y alguien le pregunta al de al lado que cómo vamos a hacer para seguir otro día más y otro. Que cómo vamos a vencer el cansancio.

Su vecino le responde que mire a Chile. ¿Cuántas semanas llevan ellos en las calles?

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Acabo de hablar con alguien que me dijo que hay muchos países dentro de Colombia y no somos una familia funcional. Pero sí nos estamos reconociendo. Pero también nos estamos dando cuenta de que el individualismo y la soledad no son un relato objetivo y uniforme en todo el país. Me dijo también que no le gusta eso de la marcha pacífica. “Como concepto, digo”, me dijo él, porque eso tiene mucho que ver con las buenas maneras del centro, con dejar todo intacto y con no incomodar. Me dijo que estamos cambiando el lenguaje y la forma de ocupar el espacio público.

A esta hora (6:22) nos subimos hacia la séptima y está totalmente llena de gente, como lo estuvo el sábado 23. El sentido de esta calle ahora es otro. La circulación ahora no existe. Esto es pura tranca.

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¿Por qué son sobre todo las motos las que pitan cuando pasan por una concentración del Paro? ¿Por qué los taxis algo y los carros particulares aún menos? ¿Qué gente está simpatizado con el ruido y la alegría?

Noche del 27. Parque de los Hippies todavía.

Claro, se quejan algunos porque esto se ha convertido en fiesta. No saben (no sabemos) que habían asesinado la fiesta de la imaginación. Era peligroso reunirse y bailar y cantar. Bogotá, por ejemplo, es un ejemplo de ciudad despolitizada. Esa ciudad que por el frío y la policía nos mandó a reunirnos siempre en casas, en tiendas o en bares. No en la calle, no en el andén. Lo que pasa ahora (y un de las razones los las que emociona estar aquí) es que nos tomamos después de 200 años de República el espacio público del sabor. Estamos haciendo común una forma nueva de habitar y sonar en un lugar que siempre fue visto como peligroso.

El parque.

Foto por Nicolás Caballero.

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Que se crucen los cuerpos, que se junten las voces: que haya una nueva forma de disentir y de bailar. Una nueva forma de no estar de acuerdo. Una nueva forma de vivir en comunidad sin tener que morir. Un país —una patria— que no asesine al que piense distinto. Al que use su cuerpo se manera errada según el ojo juzgón. Que no haya ojo juzgón ni manera correcta de mirar. El uribismo es una mirada impuesta. No queremos más mirar de la misma manera.

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Los del camión de basura han sonado el pito grave de su claxon. El viernes hicieron lo mismo en Medellín. Este Paro, decía la chica de la tienda de la esquina, es por todos ellos. Que es como decir por todos nosotros.

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Latino Power. 1:24am.

¿Cómo hacemos para que la fiesta no sea un modelo de planeación?

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La tristeza y el temor son una forma de organizar la vida.

Mañana del 28

El Paro llegó a mi casa. Acabo de salir de una extensa (y necesaria) conversación con mis papás sobre lo que está pasando. Mientras me comía una granadilla —la segunda en la mañana— mi mamá se sentó en la mesa y dijo que quería escuchar y de repente ya estábamos hablando del Caguán y de los años en que Uribe fue presidente; de la coca y la fumigación; del Estado y de su ausencia; estábamos hablando de Petro, del Partido Verde y de los falsos positivos. A la media hora llegó mi papá se sentó y empezó a oír. Opinó también y dijo que al pobre de Duque no le perdonaban ni una, que al pobre le estalló el país y la historia de Colombia en la cara. Seguimos hablando, con la disposición cada uno, creo, de comprender lo que sentía el otro. Hacia el final de la conversación mi papá me dijo, ¡ah, entonces todo lo que yo leo es mentira!

—Hay otras maneras de informarse más allá de María Isabel.

Foto por Santiago de Narváez.

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Ayer pesqué a Pedro Adrián Zuluaga en el parque y le pedí un par de minutos para hablar. Empezó casi sin que le preguntara y me dijo que el Paro ha sido el juego de las emociones. Mantener la emoción arriba por parte de quienes estábamos marchando e infundir el miedo y la zozobra por parte del Gobierno. El resultado dependerá, dijo, de cuánto duremos. Quien gane la pelea de las emociones, gana.

El erotismo y la fiesta son grandes talentos colombianos, dijo. Y esto que está pasando ha sido una forma de empezar a reconocer al otro, al que antiguamente se le desconfiaba, al que no es como uno. Este es un sentimiento inédito para los colombianos, que hemos tenido duelos, perdidas y estamos acostumbrados a que nos maten la alegría: estamos como estrenando una emoción.

Este es un movimiento que se está desarrollando en la marcha, es decir sobre la marcha. Hay quienes estamos intentando comprender pero no sabemos hacia dónde va esa energía, qué pueda pasar.

—¿Cuál fue el efecto del Proceso de paz y del Acuerdo de paz en todo esto?

—Pues acá somos expertos en derrotas y melancolía. Y está movilización tiene ese sentido de abrazar los Acuerdos y reponernos de lo que pasó el 2 de octubre de 2016. De cambiar unas narrativas de muerte. Creo que así no se logré una transformación radical ya se ha producido algo muy simbólico.

Me dijo, finalmente, que hay algo muy hipnótico en el sonido de la cacerola. Es como cuando uno está en bus o en carro mucho tiempo y se baja del bus o el carro y como que ese sonido lo acompaña a uno. Estamos inventándonos una nueva noción de ritmo: en este país ha sido habitual que instrumentos de trabajo como el machete o la motosierra se transformaran en instrumentos de muerte. Y ahora estamos asistiendo a una nueva inversión simbólica, y es que los instrumentos domésticos se transformen en instrumentos de la alegría pública.

Mediodía del 28.

La escritura en presente —acaso qué otra escritura existe— es demasiado miope, no tiene posibilidad de perspectiva. Para comprender necesitamos alejarnos, distanciarnos y todo esto está pasándonos en vivo. (Que es como decir cualquier cosa, ¿no? la vida siempre pasa en vivo). Pero tiene, al mismo tiempo, la ventaja de la duda, el presente quiero decir. El diario es sobre todo una forma de dudar del tiempo. Escepticismo y presente puro.

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¿Cómo hacemos para que todo este carnaval no se convierta en paisaje? ¿Cómo hacemos para que el sentido de la interrupción no sea deglutido por la normalidad contra la que se pelea?

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Leo las noticias. Sus titulares, más bien.

Los indígenas del Cauca han decidido sumarse a este Paro Nacional, dice la nota. Vienen para Bogotá.

Otra: Muerte de Dilan Cruz es homicidio, confirma Medicina Legal.

Otra más: El gobierno chileno admite violaciones a los derechos humanos en las protestas.

Y otra: Cacería de manifestantes por barrios aledaños al Portal Norte empañó un calmado 27N.

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Santiago aparece por acá en caso de que quiera ver o leer o escuchar lo que retuitea o comenta en estos días de Paro Nacional.