Una charla íntima entre familiares de desaparecidos | ¡PACIFISTA!
Una charla íntima entre familiares de desaparecidos
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Una charla íntima entre familiares de desaparecidos

Juan José Toro - Marzo 3, 2016

El 17 de diciembre, 29 familias recibieron los restos de sus desaparecidos. Dos meses después se volvieron a reunir para hablar de lo que significó y de lo que esperan.

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Uno por uno, lentamente, van entrando muchas mujeres y un par de hombres a un hotel campestre en las afueras de Villavicencio. Llegan mirando hacia los lados, asimilando el lugar, buscando una cara conocida. Como quien llega a una fiesta. El anfitrión recibe al que va llegando y lo lleva a través de una sala que cruza hasta las habitaciones. En el camino, de pronto, se encuentran las miradas de dos mujeres menudas, que sin dudarlo caminan decididamente una hacia la otra y se enrollan en un abrazo fuerte que dura varios segundos.

Hace pocos meses esas dos mujeres no se conocían. Estaban separadas por cientos de kilómetros. Era improbable que, de no haber caído en el mismo pantano de desgracias, se hubieran encontrado alguna vez. Pero a las dos la guerra les desapareció a sus hijos y sus vidas. De ahí en adelante, las dedicaron casi exclusivamente a buscarlos.

Igual que las otras cincuenta personas que entre esa noche y la mañana siguiente llegarían al hotel, esas dos mamás, después de años de angustia y resistencia, recibieron los restos de sus hijos en diciembre.

La reunión la planeó el Colectivo Orlando Fals Borda, que ha acompañado el proceso de esas familias para buscar justicia y sanar heridas, y era el preludio de un acto de memoria que tendría lugar dos días después en el Cementerio Central de Villavicencio, donde hay una placa que conmemora a los desaparecidos. Al encuentro, tras muchas horas de viaje, llegaron familiares desde sitios tan lejanos como Tame, en Arauca, Mitú, en Vaupés, o Vista Hermosa, en Meta.

Después de que se acomodaron en sus habitaciones, los familiares de desaparecidos, que en ese momento ya sumaban más de 15 en el hotel, pasaron a una sala donde había tres periodistas y tres miembros del Colectivo Orlando Fals Borda. Unos más tímidos que otros, se ubicaron donde pudieron y se presentaron. “Mi nombre es Dora, a mi esposo lo desapareció el Ejército y apenas en diciembre me entregaron los huesitos. Todavía tengo desaparecido a un hijo de 13 años”.

 

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A unos les intimidaba la presencia de periodistas, les daba pena hablar, ponían su silla en una esquina oscura de la sala para pasar desapercibidos, y desde allá asentían en silencio. A otros les daba miedo, decían que en sus pueblos, así en la ciudad no lo creyeran, todavía había guerrilla y paramilitares, y que no se iban a poner a hablar para la prensa porque luego los mataban o les tocaba irse. Otros, aunque pocos, sentían que ya no les podía pasar nada peor: uno, dos, tres familiares desaparecidos, desplazamientos, amenazas, atentados; para ellos era mejor hablar y que todo el mundo lo supiera.

A él no lo encontró la Fiscalía porque prácticamente no lo habían buscado.

Cuando acabaron de presentarse, se terminaron de organizar en una mesa redonda y decidieron que, en vez de dar entrevistas uno a uno, hablarían entre todos. Trece mujeres y dos hombres se sentaron a hablar durante algo más de una hora. Se les hicieron un par de preguntas, pero pasados quince minutos solo hablaban entre ellos. No parecía una entrevista sino una charla entre amigos. Hablaron de la muerte, de la guerra, del miedo, de cómo se aferran a la vida, de la búsqueda de sus seres queridos, de lo que significó que les dieran los restos y de lo que les hace falta.

—Aquí una de las compañeras tiene otro hijo que parece que ya le van a entregar. Cuénteles, comadre— dice uno, y atraviesa su mirada por toda la sala hasta encontrar a quien busca.

—Una nieta mía fue la que encontró la fosa- empieza a contar la mujer, de unos sesenta años. Mi hijo llevaba 5 años y 6 meses desaparecido. La fosa no estaba en ningún cementerio sino en el monte. A él no lo encontró la Fiscalía porque prácticamente no lo habían buscado. Pero en diciembre, el día que nos entregaron los otros restos, mi nieta me mandó la foto de la fosa y yo se la mostré al fiscal y ahí sí ellos empezaron a hacer diligencias porque yo les pedí que lo desenterraran.

 

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Cuando alguien interviene y cuenta su historia, lentamente empieza a crecer un murmullo en la sala que en pocos segundos se convierte en un nudo de voces y gritos. Todos opinan porque todos saben de lo que hablan los demás. Una voz, que sobresale por encima de las demás, pregunta a la mujer si ya se tomó la muestra de ADN para hacer la identificación.

—Yo me la hice tomar el día que nos entregaron los cuerpos en Villavicencio, sin que me lo pidieran, para que las cosas fueran adelantadas si encontraban el cuerpo de mi hijo. Entonces le dije al fiscal y me dijo que iba de afán, pero resultó que íbamos para la misma parte porque yo luego iba a acompañar a mi hermana a que le dieran el cuerpo del esposo de ella. Gracias a Dios me pude ir con el fiscal y pude hacer eso. Por ahí luego llamaron a mi nieta de la Fiscalía y le dijeron que estaban en eso pero que el procedimiento era demorado para hacer la entrega.

Luego, cambiando el tema por motivación propia, alguien empieza a hablar de que en la entrega de diciembre hizo falta que les aclararan las circunstancias en que desaparecieron y mataron a sus familiares.

Yo le deseo a todas las familias de desaparecidos que encuentren una luz como la que nosotros encontramos

—A mí ese día me entregaron a mi esposo —se anima a contar una mujer de voz aguda. Me dijeron que tocaba esperar que nos contaran por qué los mataron y todo eso. Es que nosotros queremos que la persona que hizo eso pague, porque cómo se van a quedar las cosas así. Mi esposo era chofer de servicio público y un primero de enero, mientras nos bañábamos en un río, se lo llevó el Ejército y lo desapareció y lo mató. Seguimos esperando que el Ejército lo explique. Y la desaparición de mi hijo, esa sí estoy segura de que fue la guerrilla porque él no se quiso ir con ellos.

Apenas termina ese pedazo de su historia, otra mujer se pone de pie y, como si hablara en representación de todos los familiares de desaparecidos, dice que lo que ellos esperan es que “ese proceso que hay por allá en La Habana sirva para que a nosotros nos cuenten la verdad y para que los culpables den la cara y paguen. Nosotros tenemos la esperanza de que ellos allá van a decir dónde están enterrados”. En la sala todos asienten varias veces y se escuchan voces irregulares que dicen “sí, eso, ojalá”.

Pasa un rato donde varios, al ver que otros lo hicieron, se entusiasman y cuentan detalles de sus casos. También reciben recomendaciones de sus ‘colegas’: “insista en la Fiscalía”, “hágase el examen de ADN”, “llame a esta persona que me ayudó a mí”. También escuchan palabras de apoyo: “es que eso es muy duro”, “a mí hijo también le pasó eso”, “a mí el Ejército no me ha dicho nada tampoco”, “en mi pueblo la guerrilla hace lo mismo pero no podemos dejar que nos metan miedo”.

 

 

Una de las representantes del Colectivo Orlando Fals Borda, para variar el tono de la conversación, les pide que cuenten cómo fue la ceremonia del pasado 17 de diciembre, donde, en el marco del acuerdo sobre desaparecidos en La Habana, 29 familias recibieron los restos de sus seres queridos. Un silencio profundo se come la sala por varios segundos, hasta que una mujer, que mira a lado y lado para confirmar que nadie más va a decir nada, decide hablar.

—Para mí, el día antes, que íbamos a ir a mirar los restos, fue muy duro porque fue la primera vez que vi en lo que había quedado mi esposo. Pero al otro día que me lo entregaron, que me lo llevé para la casa y lo velamos, fue una gran alegría. Porque ya sabemos que lo tenemos allá… Pero eso es duro.

—Es duro porque por eso pasamos muchas madres— murmura alguien más.

—Duro no es palabra— agrega una más.

Las tres, casi al tiempo, sacan un pañuelo del bolsillo y se lo pasan suavemente por la comisura de los ojos.

Los colombianos vamos a estar al menos por tres generaciones buscando nuestros desaparecidos.

Desde la parte oscura de la sala, una mujer que no había hablado en toda la tarde aclara la garganta. La algarabía de los que llevaban el hilo de la conversación se detiene al instante.

—El acto de ese día fue importante porque por fin nos los devolvieron —dice con la voz quebrada. Pero hay muchas cosas que le quedan a uno en la cabeza. Preguntas. Uno se pregunta mucha cosa. ¿Por qué, después de estar mi hijo vivo, venir yo tantos años después a recibir estos huesitos que ya estaban destruyéndose? Ese montón de huesitos…

 

 

—Ver al familiar de uno en huesos es muy doloroso —le responde otra señora, mirándola a los ojos. Pero bueno, al menos ya tenemos siquiera eso. Yo estoy muy agradecida con todos los que nos habían ayudado, con el Orlando Fals Borda, porque antes había tocado puertas en la Fiscalía, en la Policía, en Medicina Legal, pero uno solo es muy duro, porque además no conoce el proceso. Por eso yo le deseo a todas las familias de desaparecidos que encuentren una luz como la que nosotros encontramos.

Afuera de la sala, mientras los familiares siguen conversando, Pablo Cala, del Colectivo, dice una frase que había repetido varias veces los últimos días: “los colombianos vamos a estar al menos por tres generaciones buscando nuestros desaparecidos”. En un folleto que sacaron hay un número aterrador: al ritmo que ha ido el proceso de identificación y entrega de restos, faltan al menos 144 años para que todas las familias se reencuentren con quienes la guerra les arrebató. Ese número, esperan las familias, tiene que rebajar con los compromisos que han hecho los actores armados para agilizar la búsqueda.