Tumaco: el lugar donde los jóvenes no saben si dejar la guerra o aferrarse a ella Fotos por: Kyle Johnson
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Tumaco: el lugar donde los jóvenes no saben si dejar la guerra o aferrarse a ella

Colaborador ¡Pacifista! - Abril 29, 2019

Desde finales del año pasado hay un pacto entre grupos disidentes de las Farc para paliar la violencia. No obstante, la tensión está latente y hay pocos caminos que transitar más allá de las armas.

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Por: Kyle Johnson*

La violencia en la ciudad de Tumaco a raíz del conflicto entre diferentes grupos disidentes de las Farc ha bajado en intensidad en los últimos meses después del acuerdo entre ellos, el cual fue negociado el 13 de diciembre para efectos de la ciudad, y el 28 del mismo mes para a la zona rural. Una tensa calma se vive cada vez que un muerto aparece – y algunos ha habido en las últimas semanas – pues genera la preocupación de que represente el regreso de la violencia.

Lo mismo pasa en el largo plazo: la continuidad de la violencia es un riesgo muy real.

Sentados sobre un camino de cemento de un metro de ancho estamos seis jóvenes y yo. Nos encontramos dentro de uno de los barrios más pobres de Tumaco, que más ha vivido el conflicto armado en la ciudad. Estamos en la parte más profunda del barrio, donde cada casa de madera está construida en palafitos sobre el agua, donde la altura de las casas bloquea la entrada del sol incluso a mediodía. De frente, de una puerta a la otra, no hay más de dos metros. Uno entra y siente que no tiene escape. Unos pasos adelante hay un espacio entre un par de casas, donde se ve el agua. Está lleno de basura y es fuente de un olor fuerte a podrido, el cual aquí es permanente.

A mi izquierda uno de los jóvenes, un disidente de las Farc que se desmovilizó en marzo 2017 con 127 compañeros, agarra un pequeño bafle, y pone música: un poco de rap, un poco de salsa romántica. Al frente, parado en la ventana de una casa, está otro, en pantaloneta, sin camiseta. Habla de cómo los pagos que hacen parte del proceso de reintegración individual apenas cubren los costos de transporte para ir a sus clases educativas, pero se le dificulta conseguir otros ingresos; dice que no puede participar en los cursos del Sena porque todavía no ha terminado primaria, a pesar de tener alrededor de 25 años. Sabe que para mejorar sus posibilidades de empleo tiene que asistir a más actividades de reintegración, pero ha perdido la confianza, y se le nota la frustración cuando habla. Los jóvenes niegan que hayan vuelto a la violencia, aunque absolutamente todas las fuentes en la zona dan evidencia clara de que sí.

En una silla plástica a mi lado derecho está otro, que nunca se desmovilizó y sigue en la guerra entre las disidencias por el control del puerto. Es alto y flaco, con algunos tatuajes. No habla tanto, sino escucha; me ofrece un jugo, y manda a otro joven, de quizás uno 16 años que vaya, compre y lo traiga. Al ratico vuelve con una botella y las vueltas, él también sigue en el conflicto.

Más tarde el flaco se iría y el de 16 se sentaría al lado mío.

Se ve curioso, como si escuchara la conversación con los dos desmovilizados con el fin de contemplar su propio futuro. Luego me cuentan que el joven está pensando de pronto en desmovilizarse, en dejar la guerra, pero no está seguro.

Después de hablar un par de horas, la conversación se vuelve más pausada. Logramos escuchar al final de la “calle” a unos niños que están jugando. Todos giramos a mirarlos. Se ve un arma negra de madera en la mano de una de ellos. Ella y otro niño, que no deben tener más de 8 años, se agachan debajo de la ventana de una casa de madera: están montando una “operación”. Entran en la casa y dos otros niños empiezan a gritar, haciendo sonidos de disparos. Sale otra niña, un poco más alta, de la casa, y la primera la agarra por la camiseta y le “dispara” en el pecho a quemarropa. Todos empiezan a gritarse entre sí que la chica alta está muerta. De ahí sus gritos se entremezclan y no se les entiende. Vuelven a jugar, corriendo ya detrás de la casa, donde ya no son visibles aunque sus “tiros”, gritos y risas se oyen claramente.

Les pregunto a los jóvenes –tanto a los desmovilizados como a los que siguen en la guerra– qué sienten al ver a los niños jugar a la guerra, sabiendo que la guerra a que juegan la aprendieron como consecuencia de las acciones de ellos. La cara de un desmovilizado muestra remordimiento, dice que es feo verlo; otro agrega que es triste. A mi lado, el que sigue en la guerra mira el piso, como que no puede mirarme la cara mientras piensa en una respuesta.

Un silencio reina un par de segundos, hasta que uno de los desmovilizados prende un cigarrillo y empieza a hablar de temas sociales, como para cambiar no solo de tema, sino del tono del momento.

Es difícil pensar en el futuro para esos niños que ahora solo están jugando a la guerra. Quizá los niños puedan trabajar en el mototaxismo; quizá los niños terminarán en otro ciclo de violencia. En las calles principales de su barrio, se puede encontrar a jóvenes bebiendo todos los días, a todas horas; la música está a todo volumen.

La rumba hace parte de la vida del barrio y los que logran rumbear mejor suelen ser los jóvenes de los grupos armados. Ellos tienden a tener buenos celulares y según cuentan líderes de la ciudad, muchas niñas quieren ser la novia del comandante local. Estos niños crecerán inmersos en esta cultura y ya han crecido con la violencia. Uno de los desmovilizados cuenta que en los peores momentos del conflicto, tiraban los muertos al agua debajo de las casas, pero cuando la marea bajaba se veían los cadáveres expuestos en el lodo. Esos tiempos fueron hace poco.

Los jóvenes de Tumaco sí han pensado en otro futuro para sí mismos: la educación. Después de Bogotá y Medellín, la sede de la Universidad Nacional que más recibe aplicaciones en todo el país es la de Tumaco: algunos estudiantes hay que mandarlos a Chocó porque no caben en el campus de la perla del pacífico. Se necesita una inversión seria en educación en la región, una inversión grande y de largo plazo a todos los niveles. Eso quedó claro cuando hicimos un ejercicio de reconstruir las vidas de miembros de un grupo armado en la ciudad con base en sus memorias. No eran capaces de construir nada cronológicamente, incluso hechos recientes; no habían aprendido hacerlo – tocaba siempre preguntar si algún hecho fue antes o después de algún otro hecho que servía de referencia. Antes o después de la muerte de tal, de la captura de fulano…

Pensar en el largo plazo, además, es esencial para encontrar soluciones para Tumaco. Los militares en la zona creen que el problema es la coca, aunque el narcotráfico es más un síntoma de los problemas del municipio. La historia de la ciudad indica que, si se acaba con el narcotráfico, otra economía lo reemplazará, como ocurrió con la palma y la tagua. La sustitución de cultivos había mostrado algo de avances en el campo, pero la sostenibilidad del programa está en riesgo por el atraso en los pagos, las amenazas y muertes de los líderes en el proceso y porque el gobierno parece priorizar la erradicación en la zona, lo cual no acabará con la coca pues los niveles de resiembra son extremadamente altos.

La probabilidad de que uno o dos de esos niños de ocho años termine en la violencia de verdad es real, dado el arraigo cultural del narcotráfico, la carencia de una educación de calidad y la falta tan drástica de oportunidades económicas en la ciudad. Sin cambios de fondo en Tumaco, para estos niños, tener ocho en este momento significa que les faltan otros ocho más para unirse a un grupo armado, sentarse en una silla plástica en la misma calle y contemplar su posible desmovilización.

*Analista de International Crisis Group para Colombia

@KyleEnColombia