Crónica | ‘Los campesinos del Sumapaz no queremos estar condenados a la pobreza’ Dicen que las botas son más cómodas que cualquier otro zapato.
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Crónica | ‘Los campesinos del Sumapaz no queremos estar condenados a la pobreza’

María Rodríguez - Noviembre 13, 2018

Después de ser un corredor estratégico para las Farc, Sumapaz busca nuevos rumbos. La dignificación del campesino es el primer objetivo.

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Sumapaz

Jueves, 8 de noviembre

Camino a un Laboratorio de Paz

14°C, probabilidad de lluvia 30%, parcialmente soleado, 9:00

La primera parada fue en La Unión, una de las 15 veredas del corregimiento San Juan, de la región de Sumapaz, al sur oriente de Bogotá. En San Juan viven 1.450 personas en un vasto terreno de 27.700 hectáreas —casi tan grande como Atlántico, el departamento—. Recorrimos cinco horas de camino de piedras y lodo en una camioneta doble tracción, la única que podía llegar a nuestro destino: la vereda Concepción del corregimiento de San Juan; uno de los últimos rincones del páramo de Sumapaz. Lo que sigue de esta localidad solo se puede recorrer a pie o a caballo. 

Conmigo estaban dos antropólogos, un muralista que se hace llamar Somos y un poblador local de Sumapaz, el que manejaba la camioneta. Todavía nos faltaba una hora de camino para llegar a nuestro destino.

Portería y bodega de la primaria en la Concepción.

16°C, probabilidad de lluvia 45%, parcialmente soleado, 10:00

Una casa azul, una casa roja, dos casas destruidas y un colegio llamado Gimnasio del Campo Juan de la Cruz Varela, con ocho estudiantes. Así es el corazón de la vereda de Concepción. Aunque existen más casas en las 2.003 hectáreas que tiene la vereda, no se alcanzan a vislumbrar desde el colegio. Alrededor de 50 personas viven en Concepción. El colegio cuenta con una portería, una bodega, una cafetería, un salón y la casa de la profesora.

El día, extrañamente, estaba soleado y sin lluvia. La niebla se había ido a otras montañas y los niños jugaban en camiseta. La profesora, Carmenza, nos recibió con agua de panela con limón. Vive en el colegio de lunes a viernes, y ese día por la noche sale para Bogotá a su casa del barrio Santa Inés. Vuelve cada lunes a Sumapaz, después de cinco horas de recorrido en bus, por amor a los ocho niños que están cursando primaria. 

Todos los estudiantes tienen botas pantaneras. El más pequeño se llama Darwin y tiene 5 años y  la estudiante más grande se llama Lizeth y tiene 12. El próximo año, Lizeth pasará a sexto grado y tendrá que cambiarse al colegio de La Unión, que ofrece sus servicios hasta noveno grado. Más adelante, si quiere terminar, deberá ir a Nazareth, a tres horas de su casa, para cursar décimo y once. Tan solo hay seis escuelas en todo Sumapaz y la educación debe ser multigrado, es decir, alumnos de sexto ven clases con los de séptimo y así. “Unos aprenden y otros refuerzan”, me dice la profesora. 

 

Dicen que las botas son más cómodas que cualquier otro zapato.
De izquierda a derecha. Yulder (9 años), Anderson (10 años), Lizeth (12 años), Johan (11 años), Saira (11 años), Darwin (5 años), Narvis (8 años), Eyder (9 años).

Las clases empiezan a las siete de la mañana y terminan a las tres de la tarde. Llegamos a tiempo para montar los equipos y hacer una compilación sonora de la vereda a partir de los testimonios de niños y adultos. La actividad se llamaba Memoria parlante, una etnografía sonora del Sumapaz y era la apuesta del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación para la construcción de paz y recuperación del territorio.

12°C, probabilidad de lluvia 80%, nublado, 13:00

Además de la etnografía sonora, el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación quería pintar una de las casas destruidas –la que estaba dentro del colegio–para que la comunidad se apropiara de esta edificación que esconde en sus grietas la historia de la vereda Concepción.

Restos de una de las casas que vio pasar dos periodos de violencia.

En 1953, durante el periodo de La Violencia, las casas en las veredas fueron calcinadas y sus pobladores salieron huyendo a lugares más montañosos, como el Alto Duda, cerca al La Uribe, Meta. Las dos casas en ruinas fueron las únicas que sobrevivieron al fuego, una de ellas –la que queda ahora dentro del colegio– fue una casa cural desde 1950 hasta que “los conservadores la quemaron”, cuenta Carmenza.

Los pobladores de Concepción volvieron a reconquistar sus tierras en 1958, una acción cuestionada por los políticos conservadores. Recordemos que Álvaro Gómez Hurtado llamó al Sumapaz una de las “repúblicas independientes”.

Años más tarde, Sumapaz, el páramo más grande del mundo, se convirtió un punto estratégico para las Farc. La guerrilla se asentó en diferentes lugares del páramo, y Concepción no fue la excepción. Cuando el Ejército llegaba, el campo de batalla eran las casas de los campesinos. Las balas de los enfrentamientos quedaron marcadas en las mismas dos viviendas destruidas que tiene Concepción. Las edificaciones, a fin de cuentas, sobrevivieron a los dos periodos de violencia intensa que sufrieron los habitantes del páramo.

Cuando se firmó el Acuerdo de Paz con las Farc, Sumapaz tuvo la oportunidad de ser reconocido como otro escenario no necesariamente violento. Las voces de los campesinos se empezaron a escuchar. Muchos de ellos, de hecho,  ni siquiera sabían que eran víctimas del conflicto armado; otros simplemente lo habían normalizado.

8°C, lluvia fuerte, 15:00

A esa hora, las ruanas gruesas se comenzaron a ver por todo el paisaje y la neblina espesa cayó sobre las montañas. El muralista ‘Somos’ le pidió a los niños que metieran la pintura al salón de clases. Nos metimos todos al pequeño salón mientras pasaba la lluvia, y aprovechando el lugar en común, Adriana Quiñones, antropóloga del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, les preguntó cómo era vivir en Sumapaz.

“Mis papás siempre tienen miedo del Ejército”, contaba Eyder de 9 años.

“Todos los días, como a las 6 de la mañana, mi mamá se levanta a ver a las vacas y los conejos”, decía Saira de 11 años.

“Yo nunca he salido de Sumapaz. A veces mi papá va a Bogotá a hacer vueltas, pero no me deja acompañarlo”, decía Narvis de 8 años.

“Tenemos ruta que nos lleva a la casa, pero cuando camino a mi casa desde el colegio me demoro una hora, eso es bien lejos”, contaba Yulder de 9 años.

La ruta escolar pasó pitando por el colegio. Los niños salieron corriendo con la promesa de vernos unas horas más tarde.

Narvis de 8 años y Darwin de 5 años.

3°C, neblina, 18:30

El frío es tan fuerte que quema los cachetes y los pone rojos, casi morados. La noche caía con la promesa de ser diferente. En el colegio, Adriana quiso hacer una actividad para los habitantes del lugar: una película y crispetas.

  • “¿Ustedes han ido a cine?”, les pregunté a los estudiantes del colegio.
  • “No, nunca”, me respondieron todos.

Casa por casa, fuimos invitando a los campesinos a ver la película Golpe de Estadio, una historia de dos grupos armados que se reconcilian para ver un partido de fútbol. La mayoría se animó a pesar de que muchos tenían que madrugar. Unas 30 personas llegaron a ver la película y volvieron caminando a sus casas, haciéndose invisibles entre la neblina. 

0°C, neblina, 23:10

Dormimos en la casa de la profesora. El piso en baldosín rojo era un eco para el frío. Eran pocos muebles, helados también. Pusimos las colchonetas de educación física en el piso y todas las cobijas que encontramos. Después de una aguapanela con limón para tener algunas calorías en el cuerpo, los cuatro dormimos juntos esa noche larga.

-2°C, lluvia, 4:00

Carmenza no duerme mucho. Se levanta todos los días a las 3:30 de la mañana a preparar las clases o a investigar nuevas técnicas de enseñanzas. El Gobierno le puso Internet en su casa, y a pesar de que es lento, dice que ha cambiado sus clases por completo.

El tiempo en el campo transcurre como en cámara lenta por la monotonía de sus días.

5°C, lluvia, 7:00

Somos se levantó a terminar el mural en la fachada de la casa: pintó frailejones, colibríes, campesinos, conejos y casas. El Laboratorio de Paz estaba llegando a su fin. La Memoria parlante, una etnografía sonora del Sumapaz, ya tenía la voz de todos los niños, algunos vecinos del colegio y campesinos originarios de Sumapaz. A través de historias de la vida cotidiana y relatos de la historia del lugar, pudimos formar una idea general de las dificultades con las que se han encontrado los campesinos a través de los años.

Mural hecho por Somos.

La recuperación y apropiación del territorio se han convertido en las herramientas para superar los conflictos políticos y de violencia que han visto cruzar. El orgullo por el páramo está siempre presente en las conversaciones que tuvimos con los estudiantes; lo mismo el orgullo campesino. Al final, la vida de estos ocho niños se resume en aprender de su región y sus costumbres. Viven con los ciclos de la naturaleza. Las oportunidades para salir y crear otra vida fuera del páramo son remotas, y ellos lo saben.

8°C, lluvia, 11:00

Todos aman su tierra, le cantan, la añoran, pero, en el fondo, todos entienden las complicaciones que tiene vivir en el páramo más grande del mundo, todos entienden que el páramo se ha quedado estático en el tiempo y en el país. Ahora la tarea está en construir paz y una vida digna para el campesino. 

“¿Qué quieres ser cuando grande?”, le pregunté a Anderson.

“A mi me gustaría viajar a otros lugares, pero le tengo que ayudar a mis papás con el ganado”, contestó.

“¿Qué le hace falta a la vereda de Concepción?”, le pregunté a Aurora Cifuentes, originaria de la vereda.

“Solo un puesto de salud, los que quedamos ya estamos muy viejos y no tenemos ánimo de caminar”, respondió.

Aurora Cifuentes, 62 años. Ha vivido toda la vida en la región del Sumapaz. Al fondo, el Colegio Campo Juan de la Cruz Varela.

Cuando regresé a Bogotá me encontré con las siete íes de la economía naranja que planteó el presidente Iván Duque en su intervención en la sede de la Unesco en París. “Siete notas musicales, siete artes, siete enanitos, mejor dicho, hay muchas cosas que empiezan por siete”.

Entonces, presidente Duque, acá van siete íes que usted puede tener en cuenta si visita Sumapaz: intimidación, por parte del Ejército durante los últimos años; indiferencia, por el abandono estatal en esta región; invisible, por los campesinos que no son escuchados; ira, por la falta de servicios públicos en las veredas;  incapacidad, porque a pesar de que han pasado dos años desde que se firmó la paz, la Reforma Rural no ha llegado; insistencia, por la fuerza de sus pobladores, quienes se empeñan en proteger el páramo y por último el impulso, ese rasgo tan visible de los campesinos que se levantan todos los días en la madrugada y recorren largos caminos por una razón básica: la subsistencia.