‘Si Medellín es tan católica, ¿por qué es tan violenta?’: Laura Mora
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‘Si Medellín es tan católica, ¿por qué es tan violenta?’: Laura Mora

Colaborador ¡Pacifista! - Marzo 8, 2018

La película acaba de ser presentada en el Festival de Cine de Cartagena donde ganó el premio del público.

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Laura Mora, directora de Matar a Jesús. Fotos: David Estrada

 

Por: Carolina Mila

La sala de cine número 3 del centro comercial Plaza Bocagrande, en Cartagena, en la que se presentaba Matar a Jesús, estaba llena. Incluso había personas sentadas en las escaleras cerca de la entrada, aunque eso estaba prohibido. La fila de último minuto para entrar a ver la película fue la más larga ese día, y aunque varias veces el equipo organizador del Festival de Cine le advirtió a la gente que seguramente muchos se iban a quedar por fuera, nadie se movió. La gente prefirió esperar a ver si podía entrar, con la esperanza de que muchas de las personas que habían reclamado su boleta con antelación no aparecieran. Pero mucha gente se quedó por fuera.

“La acogida del público aquí ha sido una sorpresa”, me dijo Laura Mora después en entrevista. “Como hay un discurso tan recurrente de que ya todos estamos saturados con la violencia, yo pensaba que la gente no iba a querer ver la película”.

Pero no fue así. No solo estuvieron llenas las dos proyecciones de la cinta en el Festival de Cartagena, sino que el largometraje se llevó el premio del público. La película narra la historia de una estudiante universitaria en Medellín a quien le matan al papá y hasta cierto punto está basada en la experiencia personal de la directora. A Laura Mora también le mataron al papá, y la película está dedicada a su memoria.

Matar a Jesús toca temas difíciles y harto conocidos por el público en Colombia –violencia, corrupción y sicariato–,con los que no sería difícil caer en lugares comunes. Y sin embargo la película deja un sabor distinto.  Aún sin un final feliz, hay una especie de esperanza –y eso se siente en la sala–: no es verdad que estemos condenados a la violencia.

Aplausos. Al final de la proyección, ingresan la directora y los actores –todos actores naturales– para conversar con el público. Hay felicitaciones y preguntas. La inquietud sobre la violencia reiterada en nuestras producciones no se hace esperar: ¿No será contraproducente seguir insistiendo en estos temas? ¿No es hora de seguir adelante? ¿Es necesario seguir pensando en nuestra realidad violenta?

A Laura Mora le parece que sí.

Laura nació en Medellín hace 37 años pero vivió por fuera 6. Al igual que la protagonista, su papá fue asesinado cuando ella tenía 22 años y estudiaba fotografía. Como en la película, desde entonces, ella y su familia no volvieron a ser las mismas.

Laura se fue a vivir a Australia donde estudió cine en el Instituto Real de Tecnología de Melbourne, y ha realizado algunos cortos y dirigido el largometraje Antes del Fuego, sobre la toma del Palacio de Justicia –aunque dice que este proyecto por encargo le dejó un sinsabor, porque no tuvo control total sobre las decisiones finales–. Laura tiene el pelo largo y los ojos almendrados, al igual que la protagonista de la película, y habla con confianza y franqueza.

Con ella conversamos sobre su película.

¿Por qué hay que seguir hablando de nuestra violencia?

Este discurso repetido de que las películas de violencia siguen haciendo quedar mal al país es tan fuerte, tan repetitivo, que yo siento que es un discurso amañado. Me opongo a la idea de que esa época ya pasó, porque sigue pasando. Y está pasando en un tiempo en que estamos hablando de reconciliación y paz. A este 7 de marzo, llevamos 22 líderes asesinados en lo que va del año. Creo que hay que seguirlo revisando, tenemos que ser muy serios a la hora de tocar el tema.

¿Qué comentarios recibiste del público?

Yo pensé que nos iban a criticar mucho, pero los comentarios fueron más bien como “qué bonito ver que se puede abordar la violencia desde otro lado”, no solo en el discurso, sino estética y narrativamente también. Yo he sentido que los colombianos siempre hemos tenido mucho miedo a mirarnos a nosotros mismos, pero en Cartagena sentí que había una nueva generación –porque hay un público muy joven– dispuesta a reflexionar sobre lo que nos ha pasado y no solo sentir vergüenza de lo que hemos sido. Y me dio esperanza.

Hubo mucha gente que se nos acercó en la calle de la nada para decirnos que les había gustado, o para contarnos que a ellos también les habían matado a alguien. Esta mañana se me acercó una pelada súper joven, que le costó mucho hablar, a decirme que también le habían matado al papá. Eso ha sido súper fuerte.

El día de la proyección de la película también alguien del público comentó que le habían matado al abuelo…

Sí, era el nieto de Héctor Abad Gómez.

¿Cuánta gente se te acercó en el Festival a compartirte una historia parecida?

Unas 5 o 6 personas… que me parecen muchas. Tenemos unas cifras muy miedosas. Eso solo puede pasar en un país que ha estado en guerra.

Y es una situación que está muy normalizada entre la gente. Uno ya se acostumbró a eso.

Además hay un juzgamiento silencioso de la sociedad. Al co-guionista de la película, Alonso Torres, escritor de Perro como perro, también le mataron a un hermano y hablábamos de eso. Uno termina cargando como un manto de vergüenza, porque cuando uno le cuenta a la gente todo el mundo silenciosamente se pregunta “quién sabe qué hizo, en algo raro debía andar”. Somos una sociedad profundamente justiciera, siempre estamos avalando al verdugo.

¿Cómo fue que esta experiencia tan dura, el asesinato de tu papá cuando tenías 22 años, se fue convirtiendo en esta película? ¿Cómo fue ese proceso interno tuyo?

Cuando mataron a mi papá empecé a  sentirme muy desvinculada y desconectada de todo, como la protagonista. Con una rabia enorme contra la ciudad. Yo me iba a los miradores y puteaba y gritaba como si le estuviera hablando a algún ser humano. Un novio se había ido para Australia y me dijo venite para acá y me terminé yendo.

A mí siempre me ha gustado escribir y mucha gente me decía que escribiera algo sobre mi papá, algún tributo o algo así, pero no me salía nada. No era capaz.

Después de dos años en Australia, en esa realidad tan distinta, una noche tuve un sueño en un mirador de Medellín, en donde conversaba con un chico, que me decía “yo me llamo Jesús y yo maté a su papá”. Y cuando tengo ese sueño me levanto a las 4 de la mañana y escribo 50 páginas de una. Con el título Conversaciones con Jesús. Yo nunca he visto la experiencia como algo místico, creo que por fin mi inconsciente habló y me permitió tener estas conversaciones con este chico.

La película de Laura Mora ganó el premio del público.

¿Por qué crees que el sicario en el sueño se llama Jesús?

Puede venir de una inquietud muy profunda mía sobre cómo una sociedad que se reconoce dentro de los valores católicos religiosos de respeto a la vida puede ser tan violenta. Mis abuelos eran muy católicos, pero mis papás ya no. Yo no soy católica, pero respeto mucho cualquier religión. Y siempre me ha impresionado mucho esa mezcla de violencia y religión que hay en este contexto.

¿Cuánto hay de tu historia real en la película y cuánto hay de ficción?

Yo no estaba al lado de mi papá cuando lo mataron, eso es ficción. Yo no se quiénes mandaron a matar a mi papá. Mi papá era abogado civil y profesor y daba clases en la Bolivariana. Era un académico y un abogado muy importante y fue bastante criticado por ser de centro.

Yo nunca abordé la película como una película terapéutica porque yo no soy la misma hoy a mis 37 que cuando tenía 22. Yo creo que eso fue importante de mi parte, nunca presionar la película sino esperar y prepararme profesionalmente. La escritura del guión fue una catarsis, pero para mí era claro que había muchas Paulas y muchos Jesuses, y que también estas historias nos han afectado a todos, incluso a los que no les ha pasado directamente.

La ciudad de Medellín desempeña un papel muy importante en la historia. ¿Cómo es tu relación con ella?

Medellín es muy rara, yo la he recorrido mucho. Mi papá fue muy insistente en el sentido de la horizontalidad y que recorriéramos la ciudad y no nos limitáramos a ciertos barrios. Fui adolescente en los noventa, que fue una época muy difícil en Medellín y conozco muy bien la ciudad. Ya esa época dura del narcotráfico, de ese lenguaje macabro y extravagante de la violencia de Escobar parece haberse alejado, pero seguimos siendo una ciudad muy violenta, porque seguimos siendo muy excluyentes. Ese es en el fondo el verdadero lenguaje de la violencia para mí: la exclusión.

En la presentación de la película decías que tú no querías dejar moralejas con esta historia, pero sí hay una intención clara de decir algo sobre la violencia.

Yo quería que la gente saliera con preguntas y eso fue lo que pasó. La gente es como la que construye el mensaje.

Yo en la película soy muy cuidadosa con el tema del perdón. El perdón es muy íntimo. Creo que hay que ser más cuidadosos cuando se habla del tema de la reconciliación. Porque la gente tiene derecho en su intimidad a no perdonar y eso no significa que a la vez no pueda tener también el derecho y la opción de mirar al otro y decir “respeto tu vida”. Para eso se requiere mucha valentía.

A veces esa insistencia en el perdón puede volverse un lugar común.

Sí, no se trata de imponer esta cosa de la reconciliación y decir bueno, ahora abracémonos, no.

Estanislao Zuleta hablaba de algo que a mí me gusta mucho y es poder pensarnos desde la orilla más lejana, de ver cómo empezamos a hablar desde la igualdad en la diferencia y celebrar el pensamiento distinto para respetar otras posturas y credos.

En estos días leí un artículo que hablaba sobre la importancia de dejarse seducir por el enemigo. Creo que en Colombia eso es  lo que nos falta, tenemos mucho miedo a dejarnos seducir por las ideas del otro que es el enemigo.

¿Y el cine puede ser un buen lugar para cambiar eso?

Yo siento que el cine puede ser el menos elitista de las artes, el más popular, por el acceso. Y como busca conmover tienen una oportunidad de hacer preguntas y confrontar. Yo en el cine encontré un dispositivo para eso. Y me gusta pensar que así como les pasa a los personajes en las películas que empiezan siendo unos y terminan siendo otros, es muy bonito que puedas hacer una película a la que la gente entra siendo una y sale, al menos, sino transformada, con nuevas preguntas.