Decir 'sostenible' no es suficiente | ¡PACIFISTA!
Decir ‘sostenible’ no es suficiente Montaje: Natalia Torres.
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Decir ‘sostenible’ no es suficiente

Colaborador ¡Pacifista! - Agosto 30, 2019

No habrá paz duradera en el planeta mientras,como especie sigamos inventando guerras contra el entorno que nos sostiene.

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Por: Mariana Matija

“Sostenible” es una palabra que encontramos cada vez con más frecuencia, desde reportajes en grandes medios de comunicación, pasando por publicaciones en redes sociales, hasta conversaciones informales entre amigos. Y con el contexto reciente de los incendios en la Amazonía y en Chiquitanía en Bolivia, da la sensación de que hay cada vez más personas hablando sobre nuestra relación con el planeta y sobre nuestra huella ambiental.

Eso puede parecer una buena noticia —y puede que en parte lo sea—, pero es importante ver más allá de esa primera impresión y reconocer que hablar mucho sobre algo no necesariamente es sinónimo de tener buena información, contrastada, actualizada. Por supuesto, hablar mucho de algo tampoco es garantía de que esa conversación esté traduciéndose en acciones concretas.

Si nos decimos la verdad, la mayoría de nosotros no sabemos bien a qué nos referimos cuando hablamos de sostenibilidad. Es posible que tengamos una noción general en torno a la idea de equilibrio, de la importancia de consumir menos, de dejar recursos para las generaciones venideras; pero más allá de eso el concepto de sostenibilidad nos resulta más bien confuso y posiblemente lo terminamos asociando con productos “eco-friendly”. También con marcas que —no siempre con malas intenciones— se lavan la cara con afirmaciones como “producido responsablemente”, “biodegradable”, “vegano” y otras tantas más, que no necesariamente pueden respaldar con información veraz y que no necesariamente implican una reducción en la huella ambiental del producto en cuestión. 

Con un panorama así de confuso y un acercamiento apenas parcial al significado de “sostenibilidad”, es muy difícil que podamos generar el tipo de acciones concretas a favor del medio ambiente y, sobre todo, que podamos hacerlo con la urgencia con la que evidentemente las requerimos.

Vale la pena, entonces, que empecemos por tratar de entender mejor qué significa “sostenibilidad”.

Según el diccionario, la sostenibilidad es algo “que se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente”. Daño grave… ¿y qué es grave? Según desde dónde se mire, para algunas personas no parecerá grave, por ejemplo, la reducción brutal del área que ocupa la selva Amazónica, porque no sienten que sea algo que les afecte directamente. Pero desde la perspectiva del equilibrio ecosistémico, y por lo tanto del futuro de la vida en el planeta como la conocemos —incluyendo la nuestra—, la pérdida de más hectáreas de bosque en la Amazonía –o donde sea– es gravísima.

Según Wikipedia, la sostenibilidad “se refiere al equilibrio de una especie con los recursos de su entorno. Por extensión se aplica a la explotación de un recurso por debajo del límite de renovación de estos”. Esta definición, más precisa, nos habla de recursos, de límites y de renovación. Pero… ¿quién entiende a qué nos referimos cuando hablamos de límites, y cómo podemos realmente entender esos límites cuando hemos creado y seguimos alimentando y funcionando dentro de un sistema que se basa en la búsqueda del crecimiento ilimitado dentro de un planeta finito?

Y, por otro lado: ¿A la renovación de qué? Desde nuestra mirada —que está ya atravesada por las lógicas de la sociedad de consumo— cuando algo se gasta se reemplaza por otra cosa nueva. Sin embargo, en los ciclos de la naturaleza eso no es tan simple. Talar un bosque completo no es algo que se “compense” sembrando uno nuevo, porque al talar (o quemar) un bosque no solo se quitan árboles, sino que se destruyen delicados sistemas de comunicación entre sus raíces, se arrasa con miles de animales y sus hábitats, se rompen ciclos ecosistémicos que tardan décadas, o incluso siglos, en reponerse. Sembrar un bosque nuevo no compensa la pérdida del bosque anterior, así como reconstruir una ciudad después de un incendio con muchas víctimas no compensa las muertes, el dolor y la angustia, y aunque haya edificios nuevos no podemos decir que eso sea equivalente a haber evitado el incendio en primer lugar.

Entonces hace falta reconocer algo más: hablar de sostenibilidad desde la perspectiva de los recursos y de las futuras generaciones humanas nos presenta un panorama muy limitado y que realmente no se adapta a la realidad. Habitamos un planeta que compartimos no solo con otros humanos, sino con miles de millones de otros seres —muchos de los cuales todavía ni siquiera conocemos ni han sido descritos y clasificados—, cuya existencia es esencial para el equilibrio de los ecosistemas que generan y sostienen la vida, incluyendo la nuestra.

Hablar de tres pilares de la sostenibilidad (el social, el económico y el ambiental), nos da la falsa —y peligrosa— idea de que las tres cosas son igual de importantes. Y claro, para los humanos es importante la sociedad y la economía, pero no podemos olvidar que la economía y la sociedad son sistemas contenidos dentro de la biósfera, y que la biósfera, nos guste o no, impone límites. Esos límites los hemos ignorado durante décadas y ya están generando tensiones que no es responsable —ni posible— que sigamos ignorando.

Hay una definición de sostenibilidad que pienso que se adapta mucho mejor a las necesidades de la protección de la vida en el planeta Tierra. La propone Fritjof Capra, un físico austriaco muy comprometido con procesos de educación ambiental:

“La sostenibilidad consiste en diseñar las comunidades humanas de manera que su estilo de vida, sus negocios, su economía, sus estructuras físicas y su tecnología no interfieran con la capacidad inherente de la naturaleza de generar y sostener la vida en el planeta”.

Si dedicamos unos minutos a pensar en esa definición, notamos que la responsabilidad está claramente puesta en los humanos (que, como dice un grupo de amigos activistas, somos la especie en peligro de extinguirlo todo). Habla de la necesidad de diseñar estos aspectos de la vida humana de manera que NO interfiera. Pero el panorama que tenemos es que nuestro estilo de vida, nuestros negocios, nuestra economía, nuestras estructuras físicas y nuestra tecnología no solo interfieren, sino que se han convertido en una declaración de guerra contra la vida en el planeta. Nos hemos convencido de que la única vida importante es la nuestra y con “nuestra” ni siquiera estamos cobijando a la humanidad entera, sino a quienes se adapten, de buena o mala gana, a las exigencias de este sistema ecocida.

En otras palabras, esta definición dice que necesitamos transformar el sistema. No se trata solo de usar palabras bonitas que suenen a natural y a ecológico. No se trata de seguir comprando las mismas cosas, pero cambiando una marca por otra. No se trata, aunque igual sea importante, de hacer solo algunos cambios en nuestra vida cotidiana, apagando luces que no usamos y dejando de usar alguna bolsa desechable de plástico. Lo que necesitamos es mucho más profundo, más radical y más urgente.

¿Y por dónde empezar? Empecemos por reconocer que el solo hecho de hablar sobre sostenibilidad no va a evitar el colapso ecosistémico que venimos cocinando colectivamente desde hace tanto tiempo y por reconocer que la paz no solo se hace entre humanos, sino entre seres vivos y entre habitantes del planeta Tierra. Que no habrá paz duradera mientras, como especie, sigamos inventando guerras contra el entorno que nos sostiene. Que cualquier guerra contra la naturaleza es inevitablemente una guerra contra nosotros mismos y, sobre todo, contra las poblaciones humanas más vulnerables y las que menos herramientas tienen para adaptarse y defenderse. Cualquier acción por la defensa y la conservación del medio ambiente es, aunque a primera vista no lo parezca, una acción por la construcción de la paz.

Necesitamos acción y necesitamos acción urgente. El punto de inicio más rápido suele estar en nosotros mismos, nuestra vida cotidiana, nuestra manera de habitar el planeta y de consumir… pero por supuesto no se limita solo a eso. La acción individual debe llevarnos a la colectiva, a la transformación colectiva, a la transformación económica y política. Suena ambicioso porque necesitamos que sea ambicioso. Suena radical porque necesitamos que sea radical.

Nos estamos enfrentando a la crisis más grande que hemos enfrentado como especie. Está en riesgo el Amazonas, pero no solo el Amazonas. Están en riesgo los glaciares, pero no solo los glaciares. Estamos en riesgo nosotros, pero no solo nosotros. Está en riesgo toda la vida en el planeta como la conocemos. Nuestra guerra contra la naturaleza, que nace de una visión corta y limitada de ver apenas recursos donde lo que hay son sistemas complejos –capaces de generar y sostener la vida, que son fines en sí mismos y no medios para nuestros fines– tiene al borde de la extinción a millones de seres vivos fascinantes que habitan la Tierra.

Por eso, hace falta que empecemos a asumir la tarea que a todos nos corresponde y que lo hagamos pronto: asumir la sostenibilidad como un asunto propio, integral a nuestra vida; hace que sea parte de nuestros procesos de construcción de paz, que deje de ser solo una palabra que sirve para hacer marketing, convertirnos en activistas desde cada uno de nuestros lugares y nuestras posibilidades. Y reconocer que “sostenible” no será suficiente si no es también ambicioso, radical, y urgente.

*Esta columna es publicada con el apoyo de Fescol.