Racismo a la cartagenera: nos están blanqueando la champeta Foto por Joaquín Sarmiento.
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Racismo a la cartagenera: nos están blanqueando la champeta

Colaborador ¡Pacifista! - Mayo 22, 2018

La popularización de la champeta en el país ha sido un proceso que revela una forma muy particular del racismo.

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Hace algunos años en Cartagena, la palabra “Champetuo” era usada de manera despectiva, te ubicaba automáticamente en un nivel socio-económico inferior, causaba molestia. Bailar y escuchar champeta en Cartagena, hasta hace muy poco, era sinónimo de pobreza, de delincuencia y de falta de delicadeza. La gente se tiraba su pase en lo oscurito “para evitar el bochorno”, “la burla y el bembeo”.

Cambiar este estigma ha tomado tiempo y renuncias. Se necesitaron muchos esfuerzos de artistas locales como Viviano Torres, Charles King o el Sayayin –que con su canción La Voladora en 1999 logró pegar la champeta en barrios de clase alta cartagenera como Bocagrande y Manga–, esfuerzos que lograron que los cartageneros finalmente asumieran este género como propio: parte de una identidad compartida más allá de los barrios populares.

La champeta ya no era entonces la voz de una denuncia, sino el baile de moda entre pobres y ricos. Se volvió cool. Los barrios de gente “bien” empezaron a “apropiarse” del género y los champetuos ya no eran solo los pobres.

El cambio fue reflejándose en la identidad y en las variaciones musicales del género: se introdujeron nuevos instrumentos y la champeta ya no se veía como una forma de denuncia social sino, más que todo, como un ritmo para gozar. Se redujeron las placas (saludos a amigos y mensajes para destacar a gente de la comunidad) y se empezaron a hacer videos de alta calidad. Y eso está bien, lo malo es que esos cambios han traído consigo un proceso de pretendida “neutralización”.

Lo sucedido con la champeta fue un asunto de apropiación cultural por un lado, y de “blanqueamiento” por el otro, dos cambios que le aseguraron al género una comercialización más estable y acelerada en el mercado local y nacional. Esto significó renuncias sutiles a lo autóctono, a algunas de las características más distintivas del género como los temas de los que se cantaba: ya no se hablaba de de las dificultades del barrio sino de las fiestas y el serrucho. También significó la incursión de nuevos artistas que ya no pertenecían a estos barrios, o que no tenían la misma experiencia vital de quienes lo impulsaron en sus inicios. Ahora los artistas eran jóvenes movidos por el ritmo y la cadencia de la champeta, con posibilidades de grabar sus discos, pero que no habían sufrido necesariamente la discriminación racial, la desventaja social o el entorno de violencias que denunciaban los pioneros del género en sus canciones.

Por estas transformaciones, la escena de la champeta es un poco diferente actualmente en Cartagena. Existe, por ejemplo, una “fiesta bien” donde jóvenes y viejos van a bailar champeta sin miedo a esos señalamientos del pasado: se llama Champetú y es una iniciativa que reinventó la manera de gozarse este género musical. En los barrios populares, a este tipo de fiestas se les llama Picós, o Pick Up, fiestas masivas barriales que usan máquinas artesanales de sonido descomunal. Uno de los ‘picós’ más emblemáticos es El Rey de Rocha, donde se han dado a conocer los mejores cantantes del género. Sin embargo, esta fiesta, El Rey, ha sufrido el descrédito histórico que rodea cualquier encuentro festivo de los negros: rumores de violencia y de descontrol que no son más que producto de la estigmatización y del racismo del que no escapa Cartagena.  Champetú en cambio es una fiesta que se realiza en ambientes seguros de las zonas “bien” de la ciudad, con gente de la movida cultural y académica, gente local y extranjera. Champetú no carga con la historia de la fiesta de las periferias, donde se pelea con picos de botella o donde debes ir preparado con zapatos cómodos para correr en el caso de que la policía o algún borracho dañe el parche.

Ambas fiestas siguen teniendo lugar en Cartagena, pero la gente que ves en Champetú no es la misma de El Rey ni de los Picós de barrio. Tal vez el valor de la boleta, la ubicación de la fiesta y la incursión del turismo en estos espacios afectan la manera en que se proyecta al público y el valor que la fiesta adquiere. Tal vez fue por eso que Champetú y el Rey decidieron unirse para dar un fiestón en días pasados. Pero la pretensión de “unión” rápidamente dio paso al blanqueamiento: cuando El Rey empezó con las placas (mensajes en medio de las canciones), una característica propia de la champeta, el público que generalmente asiste a Champetú dejaba la fiesta vacía: un indicador de que quizás se prefiere la champeta light, más comercial, menos negra.

La gente no está obligada a escuchar lo que no quiere, pero sí a reconocer o a reflexionar qué pasa en su cabeza cuando escoge qué le gusta y qué no, especialmente cuando se trata de expresiones culturales propias de grupos, en este caso raciales, determinados. Es importante pensar cómo esa elección sobre “un gusto” influye en las transformaciones de estas expresiones, en su blanqueamiento.

Que la champeta se haya tenido que “blanquear” para popularizarse y para que la misma población Cartagenera, mayoritariamente negra, la vea diferente, es una muestra de un tipo peculiar de racismo que se traduce en apropiación cultural. También lo es el hecho de que la champeta se pueda bailar en Bogotá y en otras ciudades sin tener que preocuparse por su significado dentro del contexto de los grupos marginalizados en Cartagena. Que ahora la champeta sea más aceptada localmente porque la bailan pobres y ricos, nativos y extranjeros, y que la palabra “champetuo/a” ya no sea una ofensa, también son evidencia de ese racismo.

El auge de la champeta, tal como se ha dado, no representa necesariamente una aceptación de nuestra herencia afro, sino otra forma de racismo potenciado por las estructuras sociales y las presiones del mercado en el que se comercializa el género. Lo que demuestra la popularidad de la champeta es, ante todo, cómo es el uso que se le da a una expresión cultural por parte de una población heterogénea que se concede el privilegio de escoger qué le gusta y qué no del ‘champetuo’.

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Esta columna de opinión hace parte de Historias de la Colombia negra, un especial de Dejusticia y el Observatorio de Discriminación Racial, en alianza con Divergentes, en la que abogados y abogadas afrodescendientes revelan las manifestaciones del racismo en Colombia.