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¿Qué se está enseñando sobre conflicto y paz en los colegios?
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¿Qué se está enseñando sobre conflicto y paz en los colegios?

Staff ¡Pacifista! - Agosto 25, 2015

La educación de los jóvenes no explica a fondo el conflicto: sus causas, su desarrollo, sus víctimas. Buscamos cómo se habla en los colegios de la guerra.

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La educación básica y media en Colombia parece tener un bloqueo creativo. Los profesores, los estudiantes y hasta los que ven desde afuera el sistema educativo se quejan de la forma en que se enseña en los colegios. La objeción más grande apunta a que van años y más años de replicar modelos de enseñanza que ya no son vigentes.

El rechazo es todavía más grave cuando se pone la lupa sobre algunos temas en particular. Ahora, por ejemplo, el país vive un momento histórico: los actores de la guerra que lleva más de medio siglo están sentados en una mesa negociando cómo salir de ese pantano. Y a la vez que ellos discuten en La Habana, Cuba, en toda Colombia muchas voces se preguntan cómo se les está hablando del conflicto a niños y jóvenes.

Una primera mirada confirma la sospecha de que el conflicto se aborda con miedo, con sesgo o con menos importancia de la que debería. Una mirada más profunda muestra cómo, en medio de un terreno difícil, tratan de florecer iniciativas que respondan a las exigencias de un país que trata de no estancarse.

Lo que no se enseña

En abril de este año, en el marco de la Cumbre de Arte y Cultura para la Paz, hubo un panel donde varios expertos reflexionaban sobre el papel del arte para hacer memoria del conflicto. Nicolás Montero, uno de los panelistas, le preguntaba al público, lleno de jóvenes de colegio, si conocían episodios como la masacre de Chengue o la toma de Mitú. La respuesta fue un silencio que duró hasta que Nicolás retomó su intervención.

La pregunta desató un debate sobre cómo se ha enseñado el conflicto en colegios y por qué, a pesar de vivir en una época privilegiada por la cantidad de información, los jóvenes no saben lo que ha pasado a su alrededor. Aunque no se trata de buscar culpables, y aunque la verdad y la memoria son conceptos que van mucho más allá de lo que se enseña en el colegio, es inevitable preguntarse qué hacen las secretarías de Educación y el ministerio de Educación y cómo repercute esto sobre colegios públicos y privados.

La Ley General de Educación, expedida en 1994, señala las normas generales bajo las que se rige la educación en Colombia. A partir de esta ley, que ya tiene más de veinte años, se diseñan los currículos de los colegios del país. El documento define los objetivos que deben atravesar los planes de estudio desde la educación preescolar hasta la educación media, que es el final del colegio.

 

Si se entiende el conflicto como un concepto amplio, que no solo incluye los enfrentamientos violentos entre actores armados, en los objetivos de la Ley General de Educación aparecen varios puntos que podrían definir lo que se enseña. Los objetivos están separados por ciclos: educación básica en primaria, que va de primero a quinto, educación básica secundaria, que va de sexto a noveno, y educación media académica, que incluye los últimos dos años de colegio.

En primaria, los objetivos solo alcanzan a cubrir la enseñanza de la Constitución y algo que llaman “fomentar el deseo de saber”, que pretende sembrar la semilla de un espíritu crítico. En básica secundaria, avanzan hasta “el estudio científico de la historia nacional y mundial […] con miras al análisis de las condiciones actuales de la realidad social”. En la media académica, el estudio científico de la realidad debe probar además una capacidad crítica y reflexiva frente a lo que pasa.

Esas metas, abordadas de manera amplia y creativa, quizás podrían ser suficientes para lo que exige la realidad actual del país. Pero frente a ellos hay varias barreras que todavía lo impiden. Una de ellas la señala Nidia Figueroa (en la foto), profesora de Sociales en la IED Floridablanca: “hay un temor por implementar cosas novedosas, sobre todo de profesores que llevan muchos años dictando una materia, porque creen que si así ha funcionado siempre es porque esa es la mejor forma”.

Nidia dice que no se puede hablar de la historia sociopolítica del país de la misma forma que se hacía hace treinta años, y sospecha que es lo que se viene haciendo. Que, en general, todavía tiene más peso en las clases de historia profundizar en las fechas de La Violencia que sobre la guerra de los últimos cincuenta años. Y es todavía peor, dice: se le da más peso, incluso muchas más horas, a la historia de la Revolución Francesa que a nuestra propia realidad.

A diario los niños y jóvenes, entre televisión, internet y conversaciones aisladas, pueden estar bombardeados por información sobre la realidad política del país. Oyen hablar de cese al fuego, de justicia transicional, de la Ley de Víctimas, de desplazamiento. Pero sin una educación que aterrice esos términos, que los complemente, que los muestre en contexto, toda esa información puede ser inútil o, mucho peor, ser malinterpretada por no contar con el acompañamiento adecuado.

Una fuente de la secretaría de Educación explica que en la mayoría de colegios, en las clases de Sociales, se enseña sobre conflicto a partir de una visión sesgada: que solo hay un actor armado, la guerrilla, y que la nuestra es una guerra entre buenos y malos, sin matices, donde los únicos crímenes son los secuestros y los asesinatos a nombre de las Farc.

Esa visión, por decir lo menos, deja de lado la responsabilidad del Estado y de los paramilitares. Si eso es cierto, se estaría reduciendo la magnitud del conflicto de una manera que, en principio, incumple los objetivos de la Ley General de Educación: no enseña la realidad actual y mucho menos lo hace de manera crítica.

 

Lo que se enseña

El cambio que necesita la educación en Colombia va más allá de modificar los temas de los planes de estudio. Para varios expertos, el problema está en la metodología que se implementa en la mayoría de colegios. La enseñanza de historia, por ejemplo, lleva décadas centrada en que los estudiantes memoricen fechas y nombres. Pero, si el objetivo es graduar jóvenes con una actitud crítica hacia la realidad, ese método parece inefectivo.

A pesar de que el camino es cuesta arriba, hay profesores dispuestos a pelear por el cambio en el que creen. Sandra Salazar es profesora de arte en La Aurora, un colegio para niños de bajos recursos en la localidad de Usme, y lleva ya varios años yendo contra la corriente para implementar en sus clases una nueva forma de ver la realidad del país.

Sandra cuenta que cuando llegó al colegio no vio ningún tipo de iniciativa para hablar de conflicto, por lo que decidió, a partir de sus clases, empezar un “semillero de arte crítico”. Al principio sintió que no tenía apoyo de los directivos ni acogida de los estudiantes, pero poco a poco fue calando su idea, y ahora parece que el grupo, que reúne jóvenes de noveno a once, está consolidado.

En el papel, la idea del semillero de arte que creó la profesora era aprender muralismo. Pero a partir de esa técnica llevó el ejercicio mucho más allá: cada mural que hacían primero pasaba por una discusión acerca del contexto de algún episodio de la historia reciente del país, y a partir de ahí, entre la profesora y los estudiantes, se planeaba qué elementos irían en el mural.

La actividad tuvo tanto éxito que ahora por todo el colegio hay murales con dibujos que van desde el rechazo a la violencia de género hasta escenarios donde se retratan, sin tomar posición política, un guerrillero y un militar en igualdad de condiciones. La reflexión de Sandra sobre su proyecto es que en los colegios deben enseñarse las potencias del arte para reflexionar, y que lo que se enseñe sirva de complemento para entender y criticar los temas que se aprenden en las otras clases.

Esas iniciativas, aisladas en colegios como La Aurora, en ocasiones parecen tener más apoyo institucional en colegios privados. Leonel Riveros, personero del Gimnasio Moderno, un colegio de la élite bogotana, habla de su satisfacción con la forma en que ha aprendido sobre conflicto. Dice que en su colegio, además de enseñarles sobre las distintas miradas del conflicto, se centran más en ver cómo surgieron y cuál es la importancia de cada una en el contexto actual.

A proyectos como los del Moderno o La Aurora se les suman otros intentos, que normalmente son más ideas de profesores específicos que políticas institucionales. Hay grupos de debate, de teatro, de lectura, actividades de campo con comunidades, cine-foros, y posiblemente un largo etcétera que sin embargo se queda corto, porque la solución para los problemas que enfrenta la educación apunta más a un cambio estructural que al surgimiento de casos aislados.

 

¿Hacia dónde va la educación?

El problema de cómo enseñar sobre conflicto no tiene una cura mágica. Se ha intentado atacar desde diferentes frentes y con distintos resultados. El Gobierno le apunta a que parte de la solución se logre con la implementación de la Cátedra de la Paz, que debe empezar a funcionar en todos los colegios del país a partir de 2016.

La Cátedra, explicada en el decreto 1038 de 2015, se propone “fomentar el proceso de apropiación de conocimientos y competencias relacionados con el territorio, la cultura, el contexto económico y social y la memoria histórica”. Y más adelante dice que su objetivo fundamental es reflexionar sobre la cultura de la paz, la educación para la paz y el desarrollo sostenible.

La forma en que deberá ser implementada es una variable. Cada colegio debe escoger si la articula con las ciencias sociales, las ciencias naturales o la educación ética; y a partir de ahí desarrollar al menos dos temáticas entre una lista de doce posibles, que van desde “memoria histórica” hasta “proyectos de vida y prevención de riesgos”, pasando por “dilemas morales” y “uso sostenible de los recursos naturales”.

Eso supone que las cátedras, además de abstractas, podrán ser muy distintas entre un colegio y otro. Un colegio podría, por ejemplo, implementarla en “uso sostenible de recursos naturales” y “protección de riquezas culturales y naturales de la Nación”. Sin restarle importancia a esos temas, esa elección dejaría de lado la posibilidad de implementar ejercicios de memoria histórica en el marco del conflicto.

 

El otro problema que enfrenta la cátedra es que quizás en algunos colegios la están subestimando. Aunque no es la solución definitiva del problema de la educación, sí es una oportunidad para cambiar la forma en que algunos temas se han venido enseñando. Sin embargo, con el 31 de diciembre de este año como plazo límite para implementarla, muchos colegios apenas van a reunirse a discutirla el mismo diciembre.

Dejar una discusión tan esencial para último momento da un indicio de que se está haciendo por obligación, por cumplirle al Gobierno. Esa no debería ser la idea, en ningún caso, pero una profesora de un colegio distrital, que prefirió reservar su nombre, siente que esa es la actitud con la que se planean las mallas curriculares en muchos colegios: sin una discusión de fondo y solo por encajar dentro de los objetivos de la Ley General de Educación.

La situación de la Cátedra de la Paz, y una mirada hacia el futuro de la educación en temas de conflicto, resumen dos de los grandes retos que tiene el país si, de cara al Proceso de Paz, se quiere que haya un cambio profundo y duradero en la sociedad, empezando por la generación de niños y jóvenes, que serán quienes tengan que mantener y construir la paz.

El primer reto es entender que lo que reciben los jóvenes parte de la educación que recibieron los docentes, y que ahí falta mucho por mejorar. El segundo reto, que se desprende del primero, es replantear la afirmación “a los niños no se les puede hablar de conflicto” por la pregunta “¿cómo hablarles a los niños de conflicto?”. Son dos debates que no se pueden evitar porque en ellos reside la forma de ver el país que tendrá la generación que ya llegó.