¿Por qué el incendio del Museo de Río debería unirnos? Foto vía @elANTIMILI
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¿Por qué el incendio del Museo de Río debería unirnos?

Staff ¡Pacifista! - Septiembre 3, 2018

OPINIÓN | Para la opinión pública, para los ministros y los presidentes, es un hecho trágico, por el que hay que guardar luto— aunque para Michel Temer la cultura no sea una de sus prioridades—. Por: David Díaz

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Sentimos los museos como grandes monumentos fríos. Cementerios de objetos inútiles. Muertos a los que no visitamos. Cuerpos conservados para ser recordados y, sin embargo, cuerpos ocultos y olvidados. Pero, paradójicamente, llega un momento, el momento del fuego, en el que el museo se calienta y sus cuerpos se encienden. Nosotros alzamos la vista enterrada en el presente y vemos cómo el pasado incendiado se llena, por unas horas, de luz y de vida. Y sentimos que, ahora sí, el pasado que habita en todos esos cuerpos, ahora calcinados, importa. No dimensionamos la importancia del pasado y la memoria hasta que ella está al borde de desaparecer. Y tendemos a mirar hacia nuestros vecinos latinoamericano solo cuando están consumiéndose en llamas o ganando un mundial de fútbol.

Con el incendio del Museo Nacional de Brasil en Río de Janeiro se pierde un acervo arqueológico, botánico, geológico, paleontológico, zoológico y etnológico inmenso (más de 20 millones de objetos) proveniente de América, Europa y África. Pero esto es solo un dato. Para la opinión pública, para los ministros y los presidentes, es un hecho trágico, por el que hay que guardar luto— aunque para Michel Temer la cultura no sea una de sus prioridades—. Pero esta es una pose políticamente correcta (lo que no la excluye de ser sincera). Se puede afirmar, también, que se pierde un patrimonio material invaluable para la humanidad, y que todos los objetos contenían vestigios cruciales para seguir en el proceso de entender el mundo y pensar nuestra identidad histórica y culturalmente. Pero ¿por qué esa reacción?, ¿qué tiene el museo que solo nos convoca masivamente cuando está desapareciendo?

Debemos regresar a la imagen ardiente que tenemos en la cabeza. El museo consumido por las llamas. El fuego como efervescencia, como destrucción. Pero, ahora, veamos esa llama como una señal, como algo que señala un punto específico, que le da presencia. Y ¿qué es lo primero que señala? Una construcción sólida del siglo XIX que inicialmente fue utilizada como residencia por la familia del rey de Portugal Juan VI, cuando Brasil aún era su colonia. La llama señala un pasado colonial que se resiste a desaparecer, y que nos une como Latinoamérica. En medio de las llamas, huesos y objetos provenientes de las comunidades precoloniales exterminadas del continente. Aparecen también piezas antiguas de Grecia, Roma y Egipto, mostrándonos que de tierras brasileras también puede alzarse parte de las culturas del Mediterráneo. Es extraño, pero el fuego y la desaparición nos señalan al mundo.

El incendio no solo nos hace pensar en Brasil, sino también en nuestras comunidades afrodescendientes colombianas, por ejemplo. El museo albergaba objetos provenientes de comunidades africanas esclavizadas durante el periodo colonial.Una parte de esta población, proveniente de distintas regiones de Brasil, se asentó en el Pacifico colombiano. El museo era testimonio, por ende, de la relación histórica entre las comunidades afrobrasileñas y afrocolombianas, y que aún hoy siguen siendo importantes para pensar sus luchas y resistencias en el continente — basta recordar la novela Changó el gran putas, del cordobés Manuel Zapata Olivella, para reconocer ese pasado afro en común que nos une con Brasil— .

Tenemos el fuego que destruye y señala. Pero el fuego también ilumina. Encendemos una vela y, gracias a ella, vemos alrededor. Nos damos cuenta, entonces, que el museo, aunque es el espacio por excelencia para conservar la memoria colectiva de la Nación, no es el único. Se consume la vela o el museo. Mientras eso pasa, otros lugares, no elaborados por los Estados, aparecen como lugares de memoria, de conservación, de identidad. Comunidades indígenas o campesinas siguen preservando sus prácticas y sus saberes sin museos. Surgen nuevos espacios no institucionalizados para las memorias colectivas, se fortalecen otras iniciativas para conservar y difundir los pasados y las memorias.

Nos lamentamos por lo ocurrido en Brasil. Pero sentimos también que es un lamento colombiano y latinoamericano, como si esa pérdida nos correspondiera como Nación y continente con proyectos comunes para recuperar memorias olvidadas, silenciadas o enterradas. Y luego, sentimos que es algo que nos compete y afecta en nombre de la humanidad, algo abstracto y a lo que nos sentimos vinculados. Y esto, con todos sus problemas, es un buen síntoma. Extrañamente reconocemos, en la pérdida material de nuestro pasado, un vínculo profundo con nuestros semejantes. El fuego y el pasado, unidos y consumiéndose, señalan esa comunión, esa capacidad que aún tenemos de pensarnos en comunidad.