‘Nuestro teatro no está para dar clases de historia, ni de ética’: Fabio Rubiano
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‘Nuestro teatro no está para dar clases de historia, ni de ética’: Fabio Rubiano

Colaborador ¡Pacifista! - Marzo 9, 2018

Hablamos con el actor Fabio Rubiano sobre la representación de Colombia en el escenario, las pretensiones del teatro y la visión del país que se ha forjado desde las tablas.

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Foto por Mateo Rueda

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Fabio Rubiano y su grupo Teatro Petra, fundado junto a Marcela Valencia, llevan 32 años comentando y formulando preguntas sobre los dolores y los traumas colombianos. Labio de liebre es tal vez la obra más recordada y representativa de eso: Rubiano encarna un victimario al que visitan los fantasmas de sus víctimas y con ellos sus reclamos y tristezas. Rubiano cubre a su personaje de complejidades y matices que le quitan su pelaje de monstruo para darle una piel más humana, más cercana a la de sus víctimas.

Gran parte de su oficio dramático ha consistido en eso: agarrar temas complejos y dolorosos para plagarlos de preguntas y tumbar lo que sin mucha reflexión se tilda de “bueno” y “malo”, de “héroe” y “villano”.

No le interesa que otros vean en ese ejercicio un comentario audaz de la realidad, ni una propuesta que invita a la reflexión. Dice que solo le interesan la poesía y la libertad que le da el teatro para explorar un estado de cosas: de pensamientos, de situaciones e interacciones. Sin embargo, más allá de su voluntad, Rubiano y el Teatro Petra han logrado señalar de manera sobria e inteligente las complejidades de la historia colombiana por fuera de la academia y el periodismo.

La próxima semana, el Teatro Petra inaugura su propia sede: una casa en Teusaquillo que acogerá las producciones del grupo, empezando por Labio de liebre el 14 de marzo. En este lugar visitamos a Fabio Rubiano, entre andamios y montajes, para hablar de su labor y de la visión de país que se ha construido desde sus espejos en el escenario.

Las obras del Teatro Petra están totalmente ancladas a la realidad colombiana: el conflicto armado, las bombas (en su próxima obra Cuando estallan las paredes), los estereotipos de las mujeres. ¿Cree que es un repertorio que refleja una esencia de colombianidad?

Una parte. De ninguna manera vamos a decir que somos la muestra del país. No tenemos ese mesianismo que ahora está tan de moda cuando todos los candidatos dicen que van a salvar al país.

¿Alguna vez han recibido críticas o reclamos por esa representación del país?

Nosotros presentamos Labio de liebre en el Festival Cervantino de Guanajuato. Había gente de Perú, México, Estados Unidos, todos muy conmovidos. Hubo una colombiana que nos preguntó por qué llevábamos ese tipo de obras, por qué hablábamos mal del país habiendo cosas tan bonitas por contar. Esa es la pregunta típica. Marcela le dio una respuesta muy acertada, le dijo: “nosotros estamos convirtiendo la barbarie en poesía, eso no habla mal de ningún país, habla bien. Hablaría mal si estuviéramos convirtiendo la poesía en barbarie”.

Creo que nosotros no damos clases de historia, ni de antropología, ni de ética, sino planteamos una situación en la que le damos a cada personaje el derecho a hablar como él piensa, no como nosotros pensamos. En esa medida, sí creo que tratamos de dar las múltiples voces que hay en nuestro país.

Y eso también ha implicado darle voz a los victimarios colombianos…

En nuestro país, uno inmediatamente está de parte de la víctima. Si hay una violación, nos ponemos de parte de la víctima, pero cuando nos referimos al victimario pedimos que le hagan lo mismo que él hizo. Entonces nos volvemos victimarios nosotros también. ¿Quiere decir eso que hay ciertas razones para ser victimario? ¿Que mis razones para ser victimario y querer violar al violador sí son válidas pero las del violador no son válidas? No estoy diciendo que sean válidas, sino que hay que escuchar a cada uno de los agentes del conflicto para poder entender dónde estamos parados en el universo dramático que creamos en la obra y de pronto por ahí vemos algo de cómo estamos en el país.

Creo que nosotros somos víctimas pero también tenemos mucha responsabilidad de todo lo que está pasando. En 100 años tal vez se pregunten “oiga, y esta gente vivía en esa época donde mataban 200 líderes, ¿y seguían haciendo comedias? ¿Seguían viendo televisión y comprando carros? ¿Por qué no hacían nada?”

 

Foto por Mateo Rueda.

Pareciera que en su oficio de entender distintos personajes e interpretarlos, hacen un ejercicio que podría ser incluso un deber ciudadano: ser empático con el que cuesta serlo. ¿Cree que el ejercicio del teatro puede dar esa lección de entender al otro y de obligarse a ser empático?

Es obligatorio. En el escenario y fuera del escenario. La mayoría de mis estudios, porque soy alumno de Santiago García, es sobre la escuela de Bertol Brecht, del distanciamiento y de la eliminación de la empatía. Pero ahí soy un traidor de Bertol Brecht y creo que siempre hay empatía. Lo que creo que no pensó Brecht es que la empatía es móvil: el personaje que yo amo en los primeros cinco minutos, lo odio en los siguientes 10, luego lo vuelvo a querer y después ya no se qué hacer. Entonces creo que en el teatro, como en la vida, los personajes son variables.

Creo que eso es necesario y me encanta que el público establezca esos vínculos con las obras y con sus emociones. La gente muchas veces se ríe en nuestras obras y luego dice que no se ha debido reir. O nos dice que estamos haciendo algo malo generando risas. Pero nosotros no hacemos chistes, lo que pasa es que este es un país tan ambiguo, tan controversial y absurdo que produce risa.

Que alguien esté hablando de defensa de la moral cuando fue destituido por corrupto. Eso es una gran estupidez. Y tiene seguidores. Eso somos. Es chistoso.

Usted ha dicho que en Colombia solemos tener discusiones que no se acaban, sino que permanecen y se agrandan. ¿Cree que hay forma de romper con esos ciclos discursivos?

A mí la discusión no me preocupa, me preocupa es cuando no hay discusión. En Colombia estamos acostumbrados al “todo bien, fresco”, que es mentira. Eso significa “no quiero seguir esta discusión pero yo veo cómo me cobro esto”. Aquí hay una incapacidad para decir “no estoy de acuerdo, me parece que debemos hacer esto”. A cambio de eso decimos “todo bien”. Ese es nuestro gran error.

Lo más interesante del posconflicto es que ahora tenemos que estar en controversia sin matarnos.

¿Cree que el teatro puede tener un papel casi pedagógico en eso?

Hay teatro pedagógico, histórico, para promocionar el uso de las vacunas, para promocionar un carro eléctrico. Eso está bien, pero el que a mí me interesa es un teatro que no quiere enseñar porque ¿con qué derecho vamos a decir “esta es la verdad”? Por eso planteamos conflictos y preguntas que ni siquiera nosotros nos hemos respondido, pero que sabemos que están ahí y que generan un conflicto.

Eso de que el teatro genera conciencia… ¿Cuál? ¿La conciencia de quién? ¿La mía? No. Nos sentimos incapaces siquiera de dar un consejo.

Foto por Mateo Rueda.

Porque desde afuera usted parece un comentarista agudo de la realidad…

Parecería, pero a mí la realidad me sobrepasa. Puedo trabajar sobre los elementos dramáticos, yo me muevo en el terreno de la ficción que es el que me da libertad y en el que puedo decir lo que pienso en el lenguaje en el que lo pienso. Lo que a nosotros nos interesa es poder contar las cosas desde el ámbito poético. La realidad para mí la manejan otros con mucho profesionalismo. Hay periodistas impresionantes: ¿qué voy a hacer yo al lado de Alfredo Molano o de Juan David Laverde o de Jesus Abad Colorado? Nada. Zapatero a tus zapatos.

Y por otro lado están los líderes sociales. Que los colombianos somos perezosos, cobardes. Todo eso también se dice, pero ¿cuántos líderes sociales han matado? Todos esos ya tienen un reemplazo. Quién de nosotros es capaz de cuando me matan al de al lado decir “ahora yo ocupo el puesto, me pongo en la mira”. Matan a un líder social y al otro día hay otro.

Creo que tenemos una fortaleza social para establecer vínculos con la historia y con los procesos para llegar a ser un mejor país. Hay gente muy interesante que hace eso. Otra no, que nos quiere mantenernos en el atraso.

¿Cree que en ese ejercicio poético del teatro hay una herramienta que sí le sirve a la gente que impacta en la realidad? Las organizaciones sociales, por ejemplo…

Me siento muy irresponsable dándole algún consejo a quien ha estado toda su vida arriesgándola. Pero a veces siento que escuchar al otro, independientemente del lado absolutamente lejano donde esté, es importante. Creo que estamos entrando en una nueva etapa del país en la que no nos podemos describir con los mismos términos de antes. Tenemos que empezar a vernos de otra manera.