La voltereta de los vengadores de Machuca
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La voltereta de los vengadores de Machuca

Juan David Ortíz Franco - Mayo 18, 2015

La muerte de 84 personas en el incendio que desató la voladura de un oleoducto por parte del ELN en 1998 minó la hegemonía de ese grupo en el Nordeste de Antioquia. Algunos guerrilleros se cambiaron de bando y se unieron a los paramilitares para vengar la masacre.

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En las calles de Machuca quedó marcado el caucho derretido de las chanclas que unos pocos alcanzaron a ponerse antes de echar a correr. Fueron las primeras huellas que dejó la masacre. La explosión del Oleoducto Central, a manos del grupo Cimarrones del frente José Antonio Galán del ELN, cobró la vida de 84 personas. Murieron tratando de escapar de las llamas que cruzaron el río e hicieron arder el pueblo.

“Es que los zapatos quedaban derretidos en el piso por el calor, pero uno en ese momento no se acordó sino de correr y de tratar de amparar a los hijos, de nada más”, dice María Cecilia Mosquera, líder de las víctimas de Machuca. Ha contado mil veces la historia de ese 18 de octubre de 1998, ha explicado cómo esa madrugada intentó sacar de su casa, consumida por las llamas, a su esposo y a sus tres hijos. No le alcanzaron las fuerzas para rescatarlos. Las cicatrices de las quemaduras en su cuerpo son el testimonio de su lucha por sobrevivir y no hacerlo sola.

Machuca –o Fraguas, ese es su nombre oficial-  es un caserío de negros mineros llegados de Chocó. Es un corregimiento de Segovia, a orillas del río Pocuné, en el Nordeste antioqueño. Antes del ataque, los guerrilleros del ELN mercaban en el pueblo y caminaban por sus calles polvorientas. Era su territorio, recuerda María Cecilia. “La comunidad aprendió a convivir con la presencia guerrillera”, dice Carmen Ramírez, inspectora de Policía del corregimiento.

El Nordeste de Antioquia enfrentó desde los años 80 las disputas entre guerrillas y paramilitares, la persecución de Fidel Castaño a las bases sociales del ELN y, después, la guerra a muerte que libraron entre sí las estructuras de las autodefensas ante la decisión del bloque Metro, comandado por Carlos Mauricio García, alias “Doblecero”, de declararse en disidencia por el uso del narcotráfico como método de financiación y por la venta de franquicias de esa organización a personajes como Diego Fernando Murillo Bejarano, alias “Don Berna”.

El día de la explosión, los sobrevivientes huyeron hacia una montaña cercana. Allí esperaron el amanecer y con la luz del día pudieron ver a Machuca arrasado y encontraron en las casas y en las calles destruidas los cuerpos calcinados de familiares, amigos y vecinos. Ese dolor se transformó en rabia. Algunas de esas víctimas eran familiares de integrantes del ELN y varios de ellos, ante el drama que enfrentaba su pueblo, decidieron cambiar de uniforme y conformar una estructura paramilitar para vengar la masacre.

El atentado al Oleoducto Central hizo que el crudo que viajaba por el tubo se derramara en el río Pocuné. Luego se inició el incendio que dejó 84 personas muertas. Foto Jesús Abad Colorado.

Los mártires de Machuca

En noviembre de 1998 Nicolás Rodríguez Bautista, alias “Gabino”, máximo comandante del ELN, apareció en un noticiero de televisión. Dijo que lo sucedido en Machuca fue un grave error de sus hombres y que el Comando Central de esa organización ordenó investigar el caso para castigar a los responsables. Solo en ese momento, casi un mes después del ataque, esa guerrilla aceptó su responsabilidad y se retractó de su explicación inicial: que el incendio había sido provocado por el Ejército.

“Hay que decirle al país que la gente de Machuca es nuestra familia. Ellos saben que fue un error y que estamos investigando”, dijo “Gabino”. Para reforzar su explicación aseguró que entre las víctimas se encontraban los padres de un guerrillero del ELN, también que indemnizarían a los afectados. Pero esas palabras no fueron suficientes. El apoyo de la población civil a esa organización había empezado a decaer desde tiempo atrás por cuenta de la presión de los paramilitares. El atentado solo ahondó el distanciamiento.

“A esta comunidad le ha tocado vivir rodeada de esas personas, obviamente recriminaron la acción y es muy duro pensar que van a reconciliarse. Pero de todas formas la gente se siente impotente ante las armas”, dice Carmen Ramírez, la inspectora de Policía.

La impotencia se convirtió en miedo y mientras quienes ya estaban en la guerra fraguaban la venganza, el pueblo tuvo que tragarse el dolor. “La gente de Machuca mantuvo un silencio absurdo por temor a represalias, lloraron a sus muertos sin atreverse a protestar, solo con la solidaridad de unos pocos”, recuerda el coronel (r) Pedro Pablo Moreno, quien para la época era el comandante del batallón Bomboná del Ejército, encargado de esa zona.

Lo cierto es que ese territorio, por donde antes se movían a sus anchas, dejó de ser lo que era para los hombres del ELN. María Cecilia Mosquera, la líder de las víctimas, dice que después de la tragedia la guerrilla dejó de caminar por el pueblo y solo hasta hace unas semanas se volvieron escuchar rumores sobre algunas cuadrillas guerrilleras en sus alrededores.

Pero lejos de representar tranquilidad para Machuca, ese estar y no estar del ELN facilitó las cosas para el control que heredaron después los paramilitares del bloque Metro. Fue así como en febrero de 2001 ese grupo llegó hasta el corregimiento y asesinó a siete personas, entre ellas el presidente de la Junta de Acción Comunal. Las acusaban de auxiliar a la guerrilla.

Pero antes de que la violencia de los paramilitares de “Doblecero” tocara directamente a Machuca, ya se había ensañado con las comunidades de varios municipios cercanos. Según registros del Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 1998 y 2001 el bloque Metro cometió por lo menos nueve masacres en los municipios de Segovia, Yolombó, Vegachí, Remedios y Yalí.

De ellas, tres fueron reivindicadas por una facción de ese bloque paramilitar que se hizo llamar Mártires o Héroes de Machuca y estuvo conformada, en parte, por antiguos integrantes del ELN que desertaron luego del ataque al oleoducto. La existencia de ese grupo se conoció gracias el relato de los sobrevivientes de las masacres de Yolombó, Remedios y Vegachí, cometidas a finales de 1998 y coordinadas por exguerrilleros en contra de quienes, según ellos, fueron sus antiguos auxiliadores.

“El 20 de noviembre, en tres veredas del municipio de Yolombó, Antioquia, los paramilitares dieron muerte a trece campesinos (…) Sin duda, Antioquia fue el departamento más afectado por las incursiones de los grupos paramilitares en el período. En efecto, a los homicidios de Yolombó se unen los cometidos durante los primeros días de noviembre en Vegachí y Remedios, los que sumaron veinticinco, y los ocurridos en el municipio de San Carlos entre el 21 y 22 de octubre que sumaron doce. Algunos de estos hechos fueron reivindicados por un grupo paramilitar denominado ‘Héroes de Machuca’ creado posteriormente a la tragedia allí ocurrida”, dice un informe de derechos humanos de la Fundación para la Educación y el Desarrollo (Fedes) que analizó el periodo entre octubre y diciembre de 1998.

El municipio de Yolombó enfrentó dos masacres cometidas por paramilitares entre 1998 y 1999. La primera de ellas fue reivindicada por un grupo que se identificó como Mártires de Machuca. Foto Jesús Abad Colorado.

Archivos de prensa de la época dan cuenta de la llegada a esos municipios de ese grupo. “Venimos a barrer y a ver dónde están esos hijueputas que hicieron la masacre en Machuca”, dijo “Claudia”, una exguerrillera del frente María Cano del ELN. Esa mujer, ya en el bando que iba ganando la guerra en el Nordeste, lideró el grupo de paramilitares que asesinó a 17 campesinos en Moná, una vereda de Vegachí. En un juicio sumario en la cancha del pueblo recriminó a sus víctimas por haberla curado tiempo atrás cuando ella misma, vestida de guerrillera, llegó al caserío con una herida de bala.

“Se van unos y llegan otros”

“(…) ¿qué nos diferencia con el ELN? Porque por ejemplo el ELN está ahora en un momento donde dice que solo las armas no son la solución, la salida tiene que ser política, pero claro, en este momento no podemos entregar las armas. La diferencia es que ellos están atacando la infraestructura económica del país y son marxistas-leninistas. Y nosotros no somos ni marxistas ni leninistas ni estamos atacando la infraestructura económica (…) Pero hay cierta identidad, como cierto parecido en el discurso”.

Esas palabras de Carlos Mauricio García, “Doblecero”, comandante del bloque Metro, hacen parte de una extensa entrevista que sostuvo con el investigador Aldo Cívico en agosto de 2003, recogida en el libro Las guerras de Doblecero. En el momento de ese encuentro, en alguna parte de San Roque, también en el Nordeste antioqueño, los hombres de García enfrentaban la ofensiva del bloque Cacique Nutibara y empezaban a perder el territorio que conquistaron desde 1998 ganándole espacios a la guerrilla.

Aunque el jefe paramilitar no ahondó mucho más en sus coincidencias con el ELN, la afirmación contrasta con la persecución que lideró en contra de la guerrilla y sus supuestos auxiliadores en esa zona de Antioquia. En la misma entrevista en que reconoció que algunos de sus mandos medios fueron antes integrantes del ELN, “Doblecero” dijo que no perdería la guerra y que los hombres de los Castaño y “Don Berna” tarde o temprano tendrían que replegarse.

Se equivocaba. Tal y como sucedió antes con los hombres del ELN que se sumaron a su agrupación, tuvo que enfrentar la desbandada de sus propios combatientes que otra vez se cambiaron el brazalete y pasaron a seguir órdenes del Cacique Nutibara. Ante la derrota militar, escapó hacia la costa Caribe. Fue asesinado en Santa Marta en mayo de 2004. Su antiguo territorio fue asumido por los vencedores, entre ellos el bloque Central Bolívar que llegó del Magdalena Medio atraído por las rentas del oro.

La voltereta se repitió: luego de las desmovilización paramilitar, antiguos guerrilleros, que también conformaron las autodefensas, pasaron ahora a las bandas criminales que disputan –o pactan- con el ELN y las Farc el dominio de la zona. “Los protagonistas de esta nueva ola de violencia son hombres curtidos en la guerra, que llevan años militando en grupos armados y pasan de uno al otro bando con mucha facilidad”, dijo en 2012 Santiago Londoño Uribe, secretario de Gobierno de Antioquia.

Machuca hoy es el reflejo de esas oleadas de violencia que con uno u otro nombre han azotado al Nordeste. “Llámese grupo paramilitar, guerrillero o bacrim, lo que pasa es que se van unos y llegan otros. Después de la quema del tubo y de los muertos vino lo del bloque Metro, hace dos años estuvieron los Rastrojos que se convirtieron en Héroes del Nordeste. En Machuca la guerrilla ha estado haciendo presencia alrededor del corregimiento, ha habido encuentros violentos, disparos, muertes selectivas, extorsiones. Estamos volviendo a quedar en manos del ELN. Entonces realmente dar un parte de tranquilidad y de calma sería fantasioso”, dice Jonhy Alexis Castrillón, alcalde de Segovia.

Los habitantes del pueblo dicen que también es el reflejo del abandono y del olvido a 16 años de su mayor tragedia. Cerca de tres mil personas vivían en Machuca en 1998, cuando explotó el oleoducto. “El año pasado contamos 1.800, este año deben ser más o menos 1.500”, dice la inspectora de Policía. Es que los mineros que barequean en el río sacan cada vez menos oro y muchos de ellos se han marchado para probar suerte en otra parte.

María Cecilia Mosquera no tiene claros los números ni el mapa de la violencia que explica el alcalde, o por lo menos evita pronunciar el nombre de uno u otro bando. Pero sabe que su negocio, la tienda que montó en una esquina luego de que se recuperó de sus heridas, ya no va tanta gente como antes. “Nadie se acuerda de la comunidad, el pueblo se está quedando solo porque ya no hay ni siquiera minería, no hay de qué vivir. Todo el mundo está empacando y se está yendo para otro lado”.