La paz está en la calle (o la vida después de la plebitusa) | ¡PACIFISTA!
La paz está en la calle (o la vida después de la plebitusa)
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La paz está en la calle (o la vida después de la plebitusa)

Staff ¡Pacifista! - Octubre 14, 2016

OPINIÓN La Marcha de las Flores de este martes 12 de octubre fue ese maravilloso punto final al pesimismo posplebiscito.

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Columnista: Mateo Echeverry

Doris Salcedo explicó como nadie la sensación tan terrible de ese 2 de octubre: “este duelo, cuando nos mataron la paz, ha sido el más duro de todos”. Personalmente  experimenté la plebitusa en todo su esplendor. Admiro a todos los que con ánimo constructivo ese lunes 3 de octubre se levantaron a proponer y a llamar a la calma. Yo quedé en un estado de shock que me duró toda la semana.  Esquivé más de una conversación, llamada y mensaje de whatsapp con el fin de no tener que ponerle más sal a la herida.

Pero toda tusa tiene fecha de caducidad, y la marcha de este martes fue sin duda la mejor despedida para la plebitusa.

La Marcha de las Flores fue ese maravilloso punto final al pesimismo posplebiscito para mí. La Plaza de Bolívar estaba llena de jóvenes, campesinos, afros, indígenas, madres con sus hijos, población LGBTI, gente mayor, académicos, oficinistas. Gente que venía de Tumaco, Putumayo, Antioquia, La Guajira y Cauca; se unía a quienes salían de su trabajo.  Una mezcla increíble de todas las formas de ser colombiano. La Nación es un concepto abstracto, pero respirar en esa plaza era tener la certeza que hay momentos en que esa Nación se materializa y cobra vida.

Muchas emociones y sensaciones se encontraban en la marcha. Los cantos de la Guardia Indígena que con sus bastones llenos de flores hacían que los corazones retumbaran.  La altura moral de las víctimas, como la representante de víctimas de la masacre de la Chinita que estuvo en tarima, que nos enseñaban que el perdón eleva a los individuos y los exalta. La consigna “no están solos” en donde la Colombia urbana hacia un reconocimiento a ese otro colombiano que sufrió el conflicto. Color y sentimiento, así se puede definir.

Más que nada, había alegría en el encuentro, en un país en donde siempre las diferencias nos han aterrado. Hubo abrazos y saludos por parte de desconocidos, que se encontraban por segundos.  Empatía en un país de desconfianzas.

Marchar es una forma de presionar por la paz, pero es un maravilloso espacio para encontrarnos. Es alejarnos de esta militancia atomizada de Facebook o Twitter, donde en vez de la vanidad de los “me gusta” o retuits nos encontramos con  sonrisas y saludos. Marchar es menos pantallas y más seres humanos. Es encontrarnos en la diferencia. Yo creo que por eso se marcha: para encontrar ese nosotros amplio que no hemos tenido por culpa de la guerra en Colombia. Es un vistazo a lo que podemos ser.

Y ¿qué hacemos con los sentimientos del Sí y el No? Pues ya poco importan. Esta es nuestra realidad. A lo mejor, el destino, en una jugada compleja (y ayudada por estrategias muy cuestionables de un lado), nos dio una oportunidad muy interesante para unirnos.  La paz está en la calle, y no tanto en las reuniones de Palacio. La presión para que se encuentre soluciones está clara en las movilizaciones. Si los políticos y los partidos se deben al pueblo colombiano no pueden ignorar estas manifestaciones.  Ellos pueden escoger entre pasar a la historia por la grandeza de la negociación sensata o pasar a la historia de la infamia por su intransigencia absurda.  En ellos está la decisión.

La paz está en la calle y eso nadie lo puede negar. Si no ha salido a marchar, salga y contágiese de esa maravillosa Colombia que nos espera en la paz.