Los soldados que violaron a la niña embera son el síntoma que no queremos ver | ¡PACIFISTA!
Los soldados que violaron a la niña embera son el síntoma que no queremos ver Ilustración: Juan Ruiz
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Los soldados que violaron a la niña embera son el síntoma que no queremos ver

Colaborador ¡Pacifista! - Junio 30, 2020

Lucía González, comisionada de la Verdad, reflexiona sobre las razones que pueden llevar a que una sociedad produzca militares capaces de apropiarse del cuerpo y el alma de una niña.

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Por: Lucía González*

 

¿Y de los siete jóvenes soldados qué? ¿Y de las demás responsabilidades? ¿Por qué nadie se pregunta por ellos? Solo se les condena. ¿Acaso no son seres humanos, producto de nuestra sociedad? Ellos son el síntoma que no queremos ver.

La filósofa y psicoanalista antioqueña Martha Cecilia Vélez Saldarriaga dice en su libro ‘Los hijos de la Gran Diosa que: “Los sicarios nos salvan, porque ellos advierten lo que hay en la sociedad”. También decía Primo Levi que la memoria está para contarnos de lo que es capaz el hombre. Sin embargo, un hecho tan terrible como el que acabamos de vivir no nos abre una pregunta, no nos remite a una reflexión profunda sobre lo que nos pasa como sociedad. Solo enjuiciamos. “Que los encierren”, “Que los condenen por el resto de sus vidas”, como si de esa manera resolviéramos el problema.

Nos quitamos la vergüenza poniéndola en ellos solamente. Siete jóvenes soldados a quienes un disparo de irracionalidad y seguramente un acto de manada los llevó a ese rito monstruoso de apropiación del cuerpo y el alma de una niña, como si fuera una cosa. Pero ellos no son monstruos y deberían poder tener redención. Que asuman su responsabilidad, sí; que paguen la pena que corresponde, sí; pero con ello no pensemos que hemos cumplido como humanidad.

¿De qué son producto estos siete bárbaros? ¿En qué horno se cuecen esos seres que en un momento de su existencia fueron compelidos a la brutalidad? ¿Cómo y por qué llegaron a ser violadores? ¿Qué les significó ese ser humano que lo pusieron con sevicia a su servicio? ¿En qué momento y por qué perdieron de esa manera el juicio? ¿Qué pensarán hoy? ¿Qué será de sus madres? Es muy posible que no todos tengan padres. ¿Quiénes eran ellos antes de ese oscuro día? ¿Tienen hijas o hijos? ¿Tienen hermanas? ¿Tienen relaciones amorosas?

Recuerdo a doña Miriam, una mujer mayor, hermosa, que criaba los hijos de sus tres hijos asesinados en la Comuna 13 en Medellín. Era viuda de un hombre que murió de tristeza y madre de un joven que se quedó habitando en el dolor. Me decía: “Prefiero ser la madre de estas víctimas que la madre de los asesinos”. Lo decía con compasión. Pensaba en ellas.

¿Y la niña embera katío? ¿Y su familia? ¿Y su comunidad? Es clarísimo. Sus vidas han quedado marcadas para siempre. Les han abierto una herida incurable, especialmente a esa niña, que posiblemente nunca podrá amar a un hombre. Pero cuando todavía se cree que con la cadena perpetua se cura el mal, estamos lejos de que la violencia hacia las Yulianas, las niñas embera y otras miles, de todas las edades y lugares, no se repita. Ningún violador tendrá un amago de racionalidad que lo desvíe de su acto, por significarle la cadena perpetua; y la cárcel los hará aún más indignos. La Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad publicó un informe en el que asegura que aproximadamente 55 niñas y adolescentes son violadas en Colombia cada día; y cada tres días una es asesinada, según datos de Medicina Legal [1].

Un cerebro reptil clama ser domesticado, porque ellos, los hombres, también sufren. Es posible que estén necesitando amor, padre, cobijo y, sobre todo, un lugar para darle sentido a su existencia. A veces porque no tienen nada y otras veces porque todo lo poseen.

El arte ha estado ahí para devolvernos la pregunta. Monos, la película de Alejandro Landes, posiblemente surge de la lectura de hechos como los que estamos cuestionando hoy. En ella, “ocho jóvenes adolescentes sometidos a un riguroso entrenamiento militar, que cuidan de una mujer secuestrada y una vaca, parecen formar parte de un reality sobre la guerra… Se entregan a sus pequeños rituales en que conviven el instinto de supervivencia y fuga, la curiosidad sexual y la conciencia de que son examinados por un orden ajeno a ellos mismos. Y entonces los muchachos empiezan a controlarse entre sí y a replicar los abusos del poder que los aprisionan. Landes muestra que estos cuerpos, incluso en esa condición, pueden ser degradados y también solicitan protección y cuidado. Estos monos del reality nos llaman pidiendo que los salvemos” [2].

En su novela ‘Los divinos’, Laura Restrepo hace un recorrido por la vida de un hombre de clase alta, que explica el contexto en que se fue configurando el violador y el asesino en que se convirtió. Y en La mujer del animal, la crudísima película de Víctor Gaviria, pueden tejerse las experiencias y mandatos que actúan sobre un hombre que encarna al macho al que todos temen, pero que también al fin respetan, porque la sociedad es patriarcal. Toda la sociedad.

De eso hablamos cuando hablamos de un patriarcado hegemónico que es urgente deconstruir, porque, aunque ellos no lo crean, también los degrada. Necesitamos seres humanos y, sobre todo, hombres que puedan dominar sus pasiones porque reconocen la absoluta dignidad del otro, valoran su existencia. Que sepan que las mujeres no son objetos de uso y que su pasión, su compulsión, puede ser servicio, generosidad, amor o poesía, no solo posesión.

Para ello está la cultura, la educación. Ese cerebro reptil debe ser domesticado con amor, con sentido de humanidad, con apego a la ley. Debe ser civilizado, someterse a la civilidad, haciendo que algo lo anime a ser una persona que cumple con sus deberes de ciudadano. Debe saber que respetar las leyes contribuye al funcionamiento correcto de la sociedad y al bienestar de los demás miembros de la comunidad.

También necesitamos madres y padres que valoren y cuiden a sus hijos, para que puedan amar. Necesitamos autoridades que sean respetables y ejemplares. Necesitamos un gobierno y una política que impida que las privaciones o el exceso se conviertan en violencia, menos en violencia contra lo más íntimo del otro. Leyes justas, no solo para unos, como el servicio militar, diseñado para que solo los más pobres cumplan la obligación. Necesitamos instituciones castrenses en las que la educación esté centrada en el respeto a esos seres que son obligados a ir a la guerra en el mejor momento de su juventud. Que no sea el grito, el castigo ni la ofensa a su autoestima la manera de formar el carácter.

Necesitamos un Ministerio de Educación que se sienta interpelado por estos hechos, repetidos a lo largo de la historia, casi siempre contra las poblaciones más vulnerables y muy especialmente contra los pueblos étnicos. Nadie nos dijo en la escuela que las poblaciones afro, indígenas y rom son culturas valiosísimas que enriquecen nuestra vida, nuestra cultura, nuestra idiosincrasia. Vivimos en un país racista y no hay una política de fondo que nos permita reconocer y valorar la diferencia. Por el contrario, la odiamos o la eliminamos.

Pobres jóvenes bárbaros, que en un segundo de su existencia, desconocido para nosotros, también perdieron la vida. Propongo que, ante el juicio y el señalamiento, alguien se preocupe por arrojar una luz que les permita reconocer el horror perpetrado, hacer contrición de corazón y apegarse a algo que les conceda ser algún día hombres respetables. Que alguien les pregunte por los sueños que tenían para ver si ahí hay un lugar al que puedan atar su redención.

 

[1] Dato de julio de 2019.

[2] Tomado del texto ‘Monos nos sacude desde todos los flancos‘ de Pedro Adrián Zuluaga para la revista Arcadia.


*Lucía González es comisionada de la Verdad.