La joven que sobrevivió a un disparo de la Policía | ¡PACIFISTA!
La joven que sobrevivió a un disparo de la Policía
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La joven que sobrevivió a un disparo de la Policía

Juan David Ortíz Franco - Julio 30, 2015

Una joven de Medellín a la que sus amigos apodaban "la punk" recibió un disparo accidental de un policía. Después de su tragedia terminó comprendiendo a los hombres de una institución a la que se enfrentó y criticó en muchos escenarios.

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Animalista, antitaurina, vegana militante. Sus compañeros de universidad le dicen “la punk”. Sara Cano Zapata tiene 20 años y es tal vez la única persona de su tipo que chatea con un policía. Es tal vez la única capaz de hablar con el hombre que el 27 de mayo del año pasado hizo un disparo que atravesó su cabeza y casi le cuesta la vida.

El policía y ese hombre son la misma persona. La bala salió de la pistola de dotación de un patrullero. Una Sig Sauer SP2022 nueve milímetros. El disparo estaba dirigido a un motociclista que no atendió una señal de pare, luego sacó un arma y le apuntó a los agentes que estaban en un puesto de control. Esa fue la versión que esa misma tarde entregó a la prensa el general José Ángel Mendoza, entonces comandante de la Policía Metropolitana de Medellín.

Ocurrió muy cerca de la intersección de la Avenida 80 con la calle San Juan, en el occidente de la ciudad. Faltaba poco para que fueran las 10:00 de la mañana. Sara iba en bicicleta para su trabajo, un restaurante vegetariano. Había salido tarde, como siempre. No escuchó el disparo.

El policía la recogió y la llevó en un taxi hasta el primer lugar que se le ocurrió. Primero a la Unidad Intermedia de San Javier, un pequeño centro de salud en la comuna 13. De allí, por la gravedad del caso, la trasladaron al San Vicente Fundación, un hospital de mayor complejidad. Aunque no lo recuerda, estuvo consciente, le dio al patrullero el teléfono de su mamá y le pidió que no la dejara morir. Despertó en una sala de cuidados intensivos.

“Del conflicto surgen los cambios”

Hace dos semanas la policía noruega publicó un estudio en el que informaba que sus hombres solo hicieron dos disparos durante todo 2014. En ambos casos fallaron. Varios medios contrastaron ese dato con la situación de Estados Unidos donde, solo en el primer semestre de este año, 547 personas murieron por disparos de agentes policiales.

En Colombia no existe una estadística similar, pero la normatividad interna y el Código de Policía establecen que “el armamento debe ser utilizado para ocasionar el mínimo daño posible a la integridad de las personas”. También exige a los uniformados “ejercer moderación y actuar en proporción a la gravedad del delito y al objetivo legítimo que se persiga”.

El pronóstico de los médicos que atendieron a Sara indicaba que, si sobrevivía a las cirugías a las que debía someterse, difícilmente volvería a caminar. El de los superiores del patullero apuntaba a que su carrera en esa institución había terminado.

Pero los médicos se equivocaron. Sara salió de la hospitalización y dos meses después ya se levantaba de su silla de ruedas y daba algunos pasos apoyada en alguien más. Hoy camina sin problema y va a estudiar en la misma bicicleta que manejaba el día del incidente.

El policía, en cambio, lleva cerca de tres meses suspendido e inhabilitado para ejercer cargos públicos. Espera que se resuelvan de fondo los procesos penal, administrativo y disciplinario que avanzan en su contra por lo que ocurrió esa mañana del 27 de mayo, hace poco más de un año.

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-Es un asco mi memoria

-¿Pero siempre ha sido así?

-No, qué tal, yo tenía una memoria prodigiosa. Ya necesito andar con un cuaderno para apuntar hasta lo más simple.

Sara cuenta la historia sin sobresaltos en una mesa del restaurante de sus amigos, el lugar al que iba el día del disparo. Su pelo, que cortaron a ras para las cirugías, está cada vez más largo. Pero su memoria aún no se repone, es una de esas cosas que cambiaron luego del disparo. También cambió su forma de ver a la Policía, o por lo menos a los policías, a los hombres que enfrentó cerca de una plaza de toros, en una marcha o en muchos otros escenarios.

“Esa institución a mí no me gusta para nada, yo no me la trago. Pero es cuestión de quitarles el uniforme a las personas. Él podría decir: ‘Es una muchacha que me escupe y me tira piedra cuando me ve, ¿por qué no le voy a disparar?”, dice Sara.

Recuerda que, después de salir del hospital, la primera vez que vio al hombre que disparó el arma fue en una misa que celebraron en su honor en el comando de la Policía Metropolitana de Medellín. Ahora se ríe cuando recuerda la incomodidad que le causó encontrarse sentada en una silla de ruedas, en medio de policías y en una celebración religiosa.

“Dizque una misa, imagínese. Lo conocí ese día y fue un cruce de sentimientos. No había tanta rabia porque uno en una situación como esa está lleno de optimismo y eso no deja salir el rencor”.

Pero la historia ha tenido matices. Aunque la recuperación física contradijo los pronósticos, después de varios meses empezó a sufrir decaídas en su estado de ánimo. “En enero empecé Literatura en la universidad. Pero la carrera demandaba mucho y yo no tenía esa capacidad. Empecé a sufrir de depresión, todo eso viene de mi cicatriz, por eso no dejo que casi nadie me toque la cabeza”.

Aunque canceló varias materias, siguió estudiando y en eso invierte hoy la mayoría de su tiempo. “Fue el estrés postraumático. Me ardía la piel, tenía dificultades para respirar y para caminar. Fui donde el psiquiatra y me mandaron unos medicamentos que todavía tomo”.

Eso también se lo ha dicho al patrullero. A veces responde sus llamadas con rabia y no quiere hablarle. “Pero es que del conflicto surgen los cambios –dice Sara-, el conflicto como un intercambio de diferencias para luego construir algo bonito”.

“La Policía es para los que queremos estar en ella”

“No me acuerdo claramente de ese 27 de mayo, prefiero no acordarme de ese momento porque de pronto en el recuerdo se me llega a morir”, dice el patrullero de 26 años, ocho de servicio en la Policía.

Nació en Caquetá, pero su vida como policía la ha hecho en Medellín. Sirvió en la comuna 13 en la etapa de transición de una de las épocas más complejas de la violencia en esa zona. Cuando ocurrió lo de Sara estaba asignado a la estación del barrio Laureles.

“Medellín es una ciudad conflictiva y violenta. Roban, matan, atracan, hay cualquier tipo de situaciones que se pueden presentar. Yo estoy plenamente convencido de que todos los policías, o por lo menos la mayoría, salimos con la convicción de ayudar a las personas”, explica ahora separado de su cargo y de su uniforme. Tiene claro que cumplirse el pronóstico de sus superiores, nunca volverá a ser policía.

Sobre eso Sara responde con serenidad, sin rabia. Dice “que toda acción tiene su reacción”. Las palabras varían, pero él lo asume de una forma similar: “Yo acepté haber disparado convencido de lo que estaba haciendo. Pero la Policía y la familia me inculcaron que uno debe responder por sus actos. Yo no podía decir: prendamos la moto y vámonos, no, había que recoger a la muchacha y llevarla al hospital”.

Durante varios meses la Policía asumió el costo de los traslados a las citas médicas. Luego, la institución desapareció. Hoy todo corre por cuenta de la familia de Sara y de la ayuda que puede darle el patrullero por su propia voluntad. Pero esa bala salió de un arma de Estado, ella lo sabe y por eso hay una demanda en curso.

Él, por su parte, espera volver a la institución y regresar a Medellín. Eso no le preocupa. “La Policía es para los que queremos estar en ella y para los que estamos decididos a pensar en un mejor país, no importa donde sea. Bajo ese uniforme también somos personas y el Estado nos da sus armas para defender a Colombia. Pero así como nos las entrega también nos las quita de la noche a la mañana”.

Sara estudia literatura, quiere escribir la historia y hacerse un tatuaje que represente un poco de lo que vivió. “Lo que ella quiere es una imagen de algo que sea como un renacimiento. Yo le dije que lo diseñara, que Dios mediante yo se lo pago”.

-¿Y a usted le gustan los tatuajes?

El patrullero se ríe al otro lado del teléfono. Luego construye una respuesta diplomática:

-Para mí no, pero cada quien, si quiere, puede ponerse eso en su cuerpo. Todo el mundo tiene derecho a expresarse como le parezca.