La guerra y un pincel | ¡PACIFISTA!
La guerra y un pincel
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La guerra y un pincel

Staff ¡Pacifista! - Febrero 23, 2015

La historia de un hombre que raspó coca, empuñó armas en la selva, padeció leishmaniasis en un batallón y, al final, encontró en la pintura el mejor pretexto para no volver a la guerra.

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Por: Mariángela Urbina Castilla

El valor de la coca

Si no hay plata, hay coca. En Solita, Caquetá, a seis horas de Florencia, esa es la regla. La mata, maldita para unos, bendita para otros, es la mercancía con la que sobreviven familias enteras como la de Jhon Jairo Camacho: 100 gramos equivalen a 100 mil pesos. Así se hace mercado. El efectivo, a veces, no existe en la zona. Él raspa porque fue el oficio que heredó, porque no se puede hacer más, porque hay que sostener la casa. Porque “toca vivir”.

Y es que todo se da muy fácil. El producto abunda en la región y algunos finqueros se dedican a producirla con unos ‘químicos’ que contratan para procesarla y dejarla lista. Camacho solo la raspa, de lo demás no sabe mucho. Se levanta a las tres de la mañana para aprovechar que el sereno mojó la planta. Le da duro hasta las ocho. Desayuna. Sigue hasta las doce. Almuerza. Después hasta las cinco. Ya no le dan las manos. Los callos se le reventaron y ya no aguanta. Igual, está tranquilo. Le pagan 5 mil pesos por arroba y alcanzó a recoger siete.

A veces, solo a veces, le toca vender un poco. Cuando el patrón no tiene, le paga con mercancía. Jhon Jairo ya tiene claro cuál es la movida. En Nariño están todos: las FARC, el ELN y las Autodefensas, todos compran. Hay que ir con cuidadito porque a ellos no les gusta que otros se metan en sus territorios. Pero lo sabe hacer bien, nunca tiene problemas con nadie. No fue difícil aprender a moverse.

Para otros sí. Para los que meten. “Es una contradicción porque ellos la producen pero no soportan al drogadicto”. A un amigo suyo lo mataron. Se pillaron que consumía y tenga. Las FARC le pegaron su pepazo. “A mí afortunadamente nunca me gustó meter”.

Pero cada vez está más solo. A todos sus amigos, con los que ha ido creciendo, ya prácticamente no los ve. Se fueron de guerrilleros. Cada tanto van y le dicen: “Oiga, métase con nosotros”, pero los espanta a punta de madrazos. Eso sí, le enseñan a manejar las armas y Camacho aprende, aprende rápido.

Convertirse en héroe

—Cámbiese de fila, hombre.
—No, no, hermano. A mí no me gusta eso –le contesta Camacho.
—Vea que el Ejército es bueno, eso la pasamos bien.

En un impulso nervioso, Camacho le hace caso a ese compañero del que no recuerda el nombre y se pasa a la fila del frente en Bogotá. Él estaba en la otra, en la que hacen los que pagan por la libreta. No sabe cómo, pero lo convencieron: va a entrar al Ejército.

Aprueba el examen médico por pura suerte, pues tiene un problema de visión y adivina las letras que le pregunta el médico. Una vez adentro se le viene la cara de su hermano a la memoria y quiere vengarse. Sí, vengarse.

Años atrás, allá en Solita, a Milton Camacho, uno de sus nueve hermanos, lo convirtieron en un falso positivo en San Vicente del Caguán. Lo disfrazaron de guerrillero para matarlo y Camacho nunca lo olvida. “Mi hermano sí hizo algo indebido, hacía parte del Ejército, la embarró, pero tampoco era para que lo mataran así sus propios compañeros”. No cuenta qué fue lo que hizo, porque, dice, es mejor así. Solo sabe que fue injusto. Por eso detestaba las Fuerzas Armadas de Colombia. Por eso estaba en la otra fila. Por eso la milicia era lo último que habría escogido para su vida. Pero terminó en ella.

En los entrenamientos algunos sospechan. “Este es como guerrillero”, dicen porque Camacho sabe agarrar el fusil. Sin embargo, él no hace caso, sigue en lo suyo; le va bien como soldado.

Hasta que se enferma en Araracuara, Caquetá. Agarra una enfermedad tropical y lo mandan derechito al Batallón de Sanidad de Puente Aranda, en Bogotá, que recibe a los soldados que requieren tratamiento médico y los aloja en cuatro pabellones dependiendo de sus síntomas. A Camacho le tocó en el D, que trata a quienes sufren de Leishmaniasis. “Estar ahí es sentir que uno entró a hacer parte de lo que no sirve, de lo que no importa. Algunos de mis compañeros se levantaban de dormir y se caían de la cama. Se les olvidaba que ya no tenían piernas. Casi todos ellos vienen del campo, son de una ingenuidad total y no saben cómo ponerse a pelear y meter demandas para que les respondan”.

Sin embargo, Sandra Rubio, trabajadora social del Batallón de Sanidad, que trabaja en todo el proceso de rehabilitación de los soldados, cree que “los muchachos aquí lo tienen todo. Todos ellos o la mayoría de ellos se rehabilitan y se van para sus casas. Depende del apoyo familiar que tengan”. Y Elizabeth Gutiérrez, doctora que trabaja en el proceso de rehabilitación de los soldados, agrega: “La parte emocional de los chicos que están en el pabellón C, el de los amputados, llega muy afectada. Pero con el tiempo lo superan. De aquí salen a sus casas con una pensión”.

En total, entre 60 y 70 soldados al mes recibe el Batallón de Sanidad de Puente Aranda, asegura Faiber García Montoya, quien ya lleva tres años alojado allí tras perder una pierna por cuenta de una mina antipersonal. Entre 5 y 10 muchachos llegan en promedio al pabellón C porque han perdido alguno de sus miembros, según García. Cuando esté recuperado, una junta médica estudiará su caso y seguramente le asignará una pensión.

Jhon Jairo Camacho vive una situación muy distinta, pues la guerra no lo dejó mutilado para siempre. Su sensación es muy distinta. “Allá iban unas señoras: las Damas Protectoras del Soldado. Eran las esposas de los altos mandos. Nos llevaban galletas y hacían unos actos ahí. Una cosa mas bien ridícula”.

Al recuperarse, Camacho se encontra con que no tiene adonde ir. Un capitán le permite quedarse unos días más, mientras se ubica. Gracias a eso, conoce a Juan Manuel Echavarría, artista visual y director de la fundación en la que hoy trabaja, quien da talleres en el batallón para esa época. A Camacho nada lo sacaba de los camarotes hasta que observa cómo sus compañeros pasan por los pasillos con pinturas. Él se antoja y se da rienda suelta. Desde el primer taller, sabe que eso es lo suyo. Empieza a combinar colores, a jugar con témperas y vinilos. Descubre que puede hacer catarsis con un pincel.

Raspando lienzos

No para de sonreír. A sus 29 años habla y sonríe todo el tiempo. Tal vez es un tic nervioso muy extraño que le quedó de la guerra. Tal vez, simplemente, es el gesto de su tranquilidad, de su nuevo estado de paz; su cuerpo sonríe tras la catarsis. Está sentado frente al computador de la oficina, un iMac en el que hace su trabajo: organizar pinturas, cuidarlas y arreglarlas en la Fundación Puntos de Encuentro que busca narrar la guerra desde lo artístico. Gracias a su talento se ganó el puesto. “La persistencia es muy importante. Yo demostré que podía llevar otra vida”. Allí trabaja desde que salió del Batallón de Sanidad. La silla le molesta a ratos, lo obliga a estar muy quieto. No hay actividad física, no hay afanes. Y a veces, solo a veces, le hace falta el campo, el movimiento.

Repasa cada una de sus pinturas, que esconden una historia, un universo. Tal vez él no lo sabe, pero Camilo González Posso, director del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, cree que “el momento artístico es una síntesis de muchas acciones, es una ruta de reivindicación”. Y que él, ahí, desde esa silla, ha construido un relato. Porque como dice Lucas Ospina, maestro en artes pláticas y profesor de la Universidad de los Andes, “un recurso terapeútico inevitable es contar”.

Ahora se queda perplejo frente a la obra que más le gusta. Una composición de dos cuadros que cuentan una historia que aún no termina: su tío, ese que tenía una finca cocalera importante en la zona, despertó la envidia de los guerrilleros por su prosperidad. Lo amarraron a un árbol mientras violaban a su hija de 14 años frente a él. No fueron capaces de matarla, así que le pidieron llevarla donde la mamá, en Florencia. Al regreso, lo estaban esperando y lo mataron. La niña, al enterarse de lo sucedido, decidió suicidarse. “Yo sé donde está enterrado mi tío y he querido ir a sacarlo para la familia, pero es muy peligroso”.

Entonces prefirió pintarlo y así darle vida y rescatarlo y recordarlo. Porque a la guerra no vuelve. En casa lo esperan su esposa y su hijo de dos años. Esa es la familia que construyó en la paz y que sostiene con arte. Eso es lo que quiere para siempre.