Esta es la historia de Rider Ramírez, víctima de la masacre de Los Guáimaros y El Tapón
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Esta es la historia de Rider Ramírez, víctima de la masacre de Los Guáimaros y El Tapón

Colaborador ¡Pacifista! - Agosto 31, 2018

Dejusticia recopiló las voces y los testimonios de 46 familiares de los 15 campesinos asesinados. Por: Dejusticia

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Los días 30 y 31 de agosto de 2002, 15 personas fueron asesinadas el en las fincas Los Guáimaros y El Tapón, ubicadas en zona rural del municipio de San Juan Nepomuceno, Montes de María. El primer día fueron torturados y masacrados ocho campesinos de la región, reconocidos por su laboriosidad en los trabajos del campo y la ganadería. El segundo día, un grupo de siete personas, entre familiares, compadres y amigos de las primeras víctimas, partieron de la cabecera municipal de San Juan en búsqueda de los cuerpos. En el camino encontraron la muerte.

Esta masacre es la tercera con mayor número de víctimas en el departamento de Bolívar, después de las ocurridas en los corregimientos de El Salado y Macayepo, también en la subregión de Montes de María. En su más reciente libro, Los Guáimaros y el tapón: la masacre invisible, Dejusticia presenta las historias de 15 víctimas, reconstruyendo sus historias de vida a través de la mirada de sus familiares.

A continuación les presentamos la historia de Rider Ramírez Cantillo 

Rider Ramírez Cantillo era alto, de contextura delgada y elegante. Usaba un bigote corto, que cuidaba con esmero. Se vestía con ropa clásica y siempre se encajaba la camisa. Le gustaban mucho las gorras y tenía de todos los estilos. Antes de salir de su casa se bañaba en colonia; no salía sin ella a ninguna parte y decía que lo protegía de los males del mundo.

Nació sietemesino, el 20 de julio de 1966, en el corregimiento de Arroyo Grande, en Cartagena de Indias. Fue el segundo de los ocho hijos que tuvieron Ramón Ramírez Méndez y Casta Isabel Cantillo Roa. Era un niño educado y aplicado en el colegio. Tuvo buenas notas durante todo el bachillerato, que terminó en Luruaco (Atlántico). No pudo seguir estudiando porque su familia no tenía con qué. Sus amigos y familiares le decían ‘el Popy’.

Se distinguía de los otros niños porque ahorraba cuanto peso ganaba ayudando al papá en las labores del campo. Nunca fue travieso, como muchos niños, por eso siempre sus parientes recordaban una ocasión en que Ramón lo regañó y después de eso desapareció. Todos lo buscamos durante un día y una noche por todo el pueblo, pero no lo encontramos. A la mañana siguiente apareció. Estuvo escondido todo el tiempo encima de una troja de madera que se usaba para depositar alimentos y resguardarlos de los animales rastreros.

La familia Yepes Barrios, de San Juan Nepomuceno, lo adoptó desde el primer momento de sus amores con Carmen Sofía Barrios. Era un miembro importante. A Carmen Sofía la conoció en la estación de buses del mercado de Bazurto, en Cartagena. Ella viajaba con su cuñada y una sobrina a visitar a su papá, Adalberto Barrios, que estaba trabajando en Arroyo Grande. Desde que se vieron en medio el bullicio se gustaron. Resultó que ambos tomaron el mismo bus y conversaron durante todo el camino. Fue amor a primera vista.

Esa primera noche en Arroyo Grande, el padre de Carmen Sofía organizó una fiesta por la llegada de ella. El pueblo era pequeño, todo el mundo se conocía y era costumbre que la gente llegara a las celebraciones incluso sin estar invitada. Así fue como Rider terminó en esa fiesta. Llegó a las siete de la noche. En cuanto la vio, le estiró la mano, le preguntó si bailaba con él y en toda la noche no pararon de bailar. A Rider le gustaba mucho el vallenato, además de la música jíbara. Esa noche sonó “La Chinita” de Diomedes Díaz, y Rider se la cantaba: “Ay, qué muchacha tan bonita, para que ustedes la vean, se parece a una chinita, de esas de allá de Corea”.

A partir de ahí fue a visitarla todos los días. Después de una semana, ella se devolvió a San Juan Nepomuceno y, durante los dos meses siguientes, él la llamaba frecuentemente al teléfono fijo de la casa de una prima. Carmen buscó la manera de convencer a su familia de regresar a Arroyo Grande y ahí retomaron su historia de amor. Sin embargo, no podía durar para siempre y a ella le tocó regresarse a San Juan. Un mes y quince días más tarde, él se presentó para quedarse y nunca más se fue. En San Juan hicieron su vida juntos.

Rafael Benito, hermano de Carmen, se hizo muy amigo de Rider y de inmediato comenzó a buscarle trabajo. Rider estaba decidido a trabajar en lo que fuera. Salieron juntos una mañana y en la tarde nos trajeron la noticia de que había conseguido trabajo en una carpintería. Allí empezó lijando la madera, pero al poco tiempo ya podía armar una silla y un mes más tarde estaba armando mecedoras y haciendo muebles. Hasta el fin de su vida ese fue el oficio al que se dedicó para sostener a su familia.

En 1989, un año después de haberse conocido, Carmen Sofía y Rider se fueron a vivir juntos. En esa época ella trabajaba en una droguería y él se había estabilizado económicamente. Al principio, vivieron en la casa de Amira Serrano, la mamá de ella, pero poco tiempo después, el padre de Carmen les regaló un lote en el barrio El Edén y allí construyeron su casa.

En 1990 nació su primer hijo, a quien llamaron Rider. El papá eligió el nombre justo en el momento del registro. Había repasado muchas posibilidades pero ninguna le pegaba, hasta que al final se decidió a nombrarlo como él. Dos años después nació Liz Karina, a quien también le escogieron el nombre después de nacida, de un listado que la futura madrina de la niña le había enviado a Rider.

Él estaba dedicado totalmente a su familia. En la época en que nació Rider hijo, los partos eran sucesos recatados, que se hacían en la intimidad de las casas o del cuarto del hospital, con la sola presencia de los médicos, como en este caso. Los esposos no podían entrar a la habitación durante el trabajo de parto. Conservando esa tradición, pero inconforme con ella, Rider se mantuvo detrás de la puerta; sin em- bargo, cuando oyó el primer llanto de su hijo, no soportó y entró corriendo a quitarle el niño de las manos al médico. Le pidieron que saliera porque Carmen ni siquiera había expulsado la placenta. Él salió, pero con el niño en sus brazos para mostrárnos lo a quienes estábamos afuera. Cuando nació Liz Karina, actuó con igual devoción. Apenas le dieron los dolores a Carmen Sofía, él la subió a la parrilla de su bicicleta y la llevó al hospital. Estuvo al pie de ella todo el tiempo mientras nacía su hija.

Siempre participó de la crianza de Liz Karina y de Rider, a quienes por cariño llamaba ‘la Male’ y ‘el Porri’. Antes de irse a trabajar les dejaba preparado el primer tetero del día. Él patrocinó que Liz Karina siguiera tomando diariamente un tetero hasta los nueve años. Se lo preparaba bien caliente a las seis de la mañana y lo ponía en una mesita de noche al lado de la cama. Ella tomó tetero hasta el último día de la vida de su padre.

Rider era una persona noble, cariñosa, trabajadora, humilde, de pocas palabras; un padre consentidor que sacrificaba su bienestar por el de sus hijos, pero con mano firme para la crianza. Era muy ordenado y asignaba las tareas para ayudar en la casa. Siempre iba a las reuniones del colegio. No pasaba por alto un irrespeto, una gro-
sería o el desaseo de la casa. Cuando quería reprenderlos, les prohibía ver televisión. No le gustaba pegarles y, cuando lo hacía, era porque ya habían pasado los límites de su paciencia.

Tampoco le gustaba que sus hijos estuvieran mucho en la calle. Les daba todo lo que le pedían para que jugaran en el patio: tenían columpios y casitas de madera de dos pisos. Incluso, a ‘la Male’ le hizo una casita con muebles y todo lo de una casa normal. Él trataba de fabricar los sueños de sus hijos con sus manos de artista. Al ‘Porri’ lo apoyaba en el fútbol; se esmeraba porque tuviera su uniforme y sus guayos en buen estado y lo acompañaba a cada entrenamiento y partido que tuviera. A ‘la Male’ la llevaba a la casa de la cultura para que participara en un grupo de danza folclórica.

Como pudo, Rider se independizó de la carpintería para la que trabajaba y montó su propio negocio en el garaje de su casa, para estar más cerca de su familia. Los compañeros de trabajo, por la confianza y la hermandad que los unía, siempre le decían ‘Socio’. Su jornada laboral comenzaba a las ocho de la mañana, para que el ruido no despertara temprano a sus hijos y pudieran descansar tranquilos.

A Rider le gustaba sobre todo el pescado frito con arroz de coco y patacones. Los fines de semana salían a dar vueltas por el pueblo, todos juntos. Él siempre les compraba algo, aún si la plata sólo alcanzaba para un heladito. La misa de los domingos era obligatoria y los cuatro asistían juntos a la ceremonia de las ocho en la mañana, en la Parroquia de San José. La familia también hacía parte del grupo de catequesis de la iglesia y, con otros matrimonios amigos, asistían a retiros espirituales en Sincelejo y Corozal.

Viajaban siempre en vacaciones. Eran muy pocas las veces en que se separaban. A veces, Carmen visitaba a su papá, con sus hijos y sobrinos, en la finca en la que trabajaba, cerca de Santa Catalina y próxima a Cartagena, o Rider cogía para Arroyo Grande. Aunque decía que no le gustaba ir al monte, cuando estaba en Arroyo Grande, trabajaba el campo con el papá y en ocasiones se llevaba a Rider José, su hijo.

Como Rider era un miembro más de la familia de Carmen, él siempre estaba pendiente de sus cuñados y suegros, como si fueran sus hermanos y padres. Una vez, el papá de Carmen tuvo un grave accidente y él se hizo responsable de la situación. Tenía una estrecha relación con su cuñado Rafael; desde el principio hubo un gran afecto entre ellos y hasta para morir se fueron juntos.

Cuando el 31 de agosto de 2002 Rider vio a ‘Rafa’ embarcado en un carro, en el que iban a buscar a unas personas que habían asesinado el día antes en la finca Los Guáimaros, dijo que él lo acompañaba. Entre los muertos estaba Manuel, un tío de su esposa.

Después de que cayó la noche y no regresaron, Carmen quedó hundida en la depresión. No quería saber nada de comida. No cocinaba. No lavaba. No podía cuidar a sus hijos. Una cuñada suya se enteró de la noticia y se vino enseguida a hacerse cargo de los niños. Cuando Liz Karina lloraba porque quería a su papá, ella se tiraba en la cama a llorar con ellos. Después de que se confirmó la muerte de su esposo, Carmen no fue capaz de levantarse por mucho tiempo.

Solo con el paso de los días reaccionó y fue consciente de la gran responsabilidad que le quedaba. Su papá estaba en silla de ruedas y su mamá, Amira, también estaba enferma. Con la muerte de Rider y Rafael, además de la de Manuel, quedaban solamente ella y un hermano para hacerse cargo de la familia. Un antiguo jefe de Carmen la volvió a llamar para trabajar y allí ocupó todo su tiempo.

A pesar de estos 16 años sin Rider, la familia ha logrado salir adelante tratando de estar juntos cada vez que se pueda. Carmen continua trabajando para apoyar a la familia, y Liz Karina y Rider José han seguido estudiando y están comenzando a definir sus propias vidas.

El parecido físico de los dos hijos con su padre es impresionante. Además, Rider José heredó su nobleza y es de pocas palabras; Liz Karina sacó su carácter y muchos de sus gustos. Para ellos Rider no ha muerto, siempre está presente en cada momento de su vida y cada día crece el amor por él. Todos esperamos que algún día podamos volver a encontrarnos, para que la historia de la familia pueda tener por fin un final feliz.

*Este testimonio es el resultado de entrevistas a Casta Isabel Cantillo Roa, madre; Carmen
Sofía Barrios Serrano, esposa; Rider y Liz Karina Ramírez Barrios, hijos; José Joaquín
Barrios, cuñado; y Luis Yepes, tío de la esposa de Rider Ramírez Cantillo.