100 días en coma: ¿Duque enterrará o reanimará la negociación con el ELN? Foto: Víctor de Currea Lugo
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100 días en coma: ¿Duque enterrará o reanimará la negociación con el ELN?

Colaborador ¡Pacifista! - Noviembre 14, 2018

OPINIÓN| Es cierto que el ELN persiste en una práctica éticamente condenable, violatoria del DIH y políticamente indefendible como es el secuestro, pero reducir el conflicto armado al secuestro no solo es erróneo sino perverso.

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Por: Víctor de Currea Lugo 

La Mesa entre el ELN y el gobierno cada vez se parece más a un paciente moribundo, y las partes deben decidir rápidamente si lo reaniman o si lo entierran.

Ningún proceso de paz es lineal, todos tienen obstáculos y retrocesos; pero este en particular se ha convertido en una larga cadena de partos de mula. Así lo vimos después de cada traspiés: en 2016 se anunció la Agenda, pero no se instaló la Mesa; luego liberaron unos secuestrados, pero no a Odín Sánchez; en 2017 hubo instalación de la Mesa, pero pocos avances; en 2018 la tregua terminó en una nueva escalada militar, y finalmente nos quedamos esperando una evaluación del gobierno Duque que nunca llegó.

La crisis actual de la Mesa de La Habana no empezó el 7 de agosto de 2018 con la llegada de Duque, sino que tiene que ver más con la noción de paz del Gobierno y la errónea percepción reinante de lo que es el ELN. No se sabe exactamente qué piensan Duque y su equipo, porque tampoco sabemos qué pasó con la cacareada evaluación, pero todo indica que la arrogancia del poder les impide ver la realidad de país.

Los invitados a la evaluación serían la iglesia, la ONU y, por supuesto, los que han sido negociadores oficiales. Esto excluye a la sociedad civil que ha apoyado el proceso y lo ha defendido, así como a la contraparte: el ELN. Evaluar más de 4 años de esfuerzos por la paz requiere una responsabilidad que vaya más allá de la mezquindad que impone el inmediatismo.

Además, en relación con las FARC, los vientos de paz no han sido capaces de mover adecuadamente los vetustos molinos de la guerra. Uno de esos molinos, llamado incumplimiento, es una larga sombra que va desde Colombia hasta La Habana, pasando por Quito. Cumplirle a las FARC no es entregar el país sino, al contrario, lanzar un mensaje a todos los demás grupos armados de que el gobierno habla en serio.

Con relación al ELN, Duque ha decidido congelar la Mesa, cuestionar la Agenda acordada, retirar los negociadores, hacer por lo menos 17 peticiones diferentes al ELN, rechazar cualquier gesto bilateral y negar el DIH. Nada que huela a Santos le parece válido y para inventarse un nuevo formato, retrocede varias décadas al proponer un modelo de DDR (Desarme, Desmovilización y Reinserción).

Es cierto que el ELN persiste en una práctica éticamente condenable, jurídicamente violatoria del DIH y políticamente indefendible como es el secuestro, pero reducir el conflicto armado al secuestro no solo es erróneo sino perverso. De hecho, hasta parte de la comunidad internacional que dio un espaldarazo de apoyo a la Mesa, hoy se pliega al discurso de Duque.

Hasta hace pocos meses, António Guterres, Secretario General de la ONU, mencionaba su respaldo a los diálogos con el ELN. Incluso, el tema de la paz con los elenos fue motivo de debate en el Consejo de Seguridad, lo que no es poca cosa. Durante los últimos 27 años, el ELN buscó la paz, algunas veces con el apoyo de México y de Cuba, y la Mesa actual se ha desarrollado con una red de países garantes y acompañantes, a los que quiere sumarse España. Pero una parte importante del conjunto de embajadas que venía acompañando la paz ha tenido un giro luego del triunfo de Duque.

Volviendo al tema del secuestro, la retención de personas son hechos complejos en un contexto de guerra, pero la detención de personas que no participan directamente en las hostilidades es sin duda un crimen de guerra. Y recordemos que parte de la derrota política de las FARC se asocia con la campaña “No más FARC”. Esta derrota llegó, entre otras cosas, fruto de una reducción del conflicto armado al secuestro. Así, el ELN debe tomar una decisión e ir más allá de posiciones principalistas sobre un tema que no lo es.

Lo importante ya no es solo lo que el ELN hace, sino lo que la sociedad cree que hace. Y eso no se resuelve solo en los medios de comunicación sino en la realidad. Sacar la violencia de la política es urgente y eso implica no solo una decisión negociada sino, ante todo, una decisión convencida.

Pero, en honor a la verdad, nada me hace pensar (y ojalá esté equivocado) que, si el ELN renuncia al secuestro como lo sugieren muchos sectores, eso sería suficiente para reanudar los diálogos, porque el número y la naturaleza de las condiciones mencionadas por Duque plantean, más o menos, que negociará con el ELN cuando éste se rinda incondicionalmente. Esto no significa de ninguna manera que el ELN no debe dar un paso sobre el secuestro: al contrario, creo que debe darlo de cara a la sociedad y no a la negociación con el Gobierno.

A este debate se suma la estrategia mediática de fusionar al ELN con Venezuela, lo que es más bien una excusa para torpedear la Mesa. Incluso, Francisco Santos, embajador de Colombia ante Estados Unidos, planteó que el ELN era un grupo paramilitar del Gobierno de Maduro (¡sic!), mientras el opositor venezolano Javier Tarazona sostuvo que hay 50.000 guerrilleros del ELN solo en Venezuela, lo que sería chistoso sino fuera porque muchos creen ese tipo de análisis.

En la misma línea, hay voces del Gobierno que proponen excluir a Venezuela como garante y hasta trasladar la Mesa de Cuba. Eso implicaría que los tres países propuestos por el ELN (Ecuador, Venezuela y Cuba) quedarían fuera de juego, con lo cual el ELN perdería las garantías internacionales necesarias para avanzar. De nuevo se confunde un diálogo con una encerrona. Lo cierto es que el ELN está en Venezuela desde mucho antes del triunfo de Chávez, y el Gobierno venezolano ha facilitado la construcción de paz en Colombia desde la época en que gobernaba la que hoy es la oposición venezolana. El ELN está en frontera porque allí creció, en zonas como Catatumbo y Arauca, donde los dos Estados no han tenido una política de frontera.

Otros mitos que persisten y que para nada ayudan a la Mesa es que el Comando Central no manda, que quieren hacer la revolución en la Mesa, que los exguerrilleros de las FARC hacen fila para entrar al ELN, que la Agenda es etérea sin verla como un punto de partida y no de llegada, y un largo etcétera.

Algunos opinadores insisten, erróneamente, en que no puede haber un proceso exitoso hasta que todos y cada uno de los miembros del ELN no estén convencidos de entregar las armas. Al comienzo de la negociación con el M-19, se calcula que el 80% de los guerrilleros estaban en contra de la entrega de armas. A los expertos se les olvida una cosa: los procesos de diálogo también transforman a las partes que dialogan. Pero para bailar tango se necesitan dos, para hacer la guerra basta con uno.

Para resumir (y con todos los matices que se quieran adicionar) creo honestamente que el ELN está unido, aunque haya tendencias en su interior; no está ni se siente derrotado; no considera que la negociación sea solo una “táctica para reorganizarse”; y sí quiere dialogar, pero no a cualquier precio.

En cualquier proceso de negociación, poner condiciones absolutamente inaceptables para el contrario es tanto como patear la mesa. Duque no rompe la Mesa, pero tampoco la reabre. Ese limbo le permite mantener al ELN en una especie de desescalamiento unilateral. Lo que sí es una prueba de cómo ve los problemas del país y sus soluciones es, por ejemplo, la ampliación de la presencia militar en Catatumbo. Y como si fuera poco, el lenguaje de Duque apunta a que legalidad es paz; DIH es secuestro; negociación es DDR, como si se tratara de una versión del “newspeak” de la novela “1984”, en la que “guerra es paz”.

Al tiempo, el Comisionado de Paz “amenaza” con judicializar a los miembros de la sociedad civil que busquen caminos para contribuir a la paz; incluso amenaza con judicializar a quien hable con la Delegación del ELN, como si el Código Penal colombiano fuera aplicable en La Habana. Detrás de esa estigmatización (a la que se han sumado algunos medios como La Silla Vacía o voceros del Centro Democrático como Samuel Hoyos) está un miedo latente de las élites a la participación, el punto fuerte del ELN en el proceso.

Hoy solo veo una opción, pesimista por demás: devolvernos 25 años y retomar las banderas del DIH y de la humanización de la guerra, a la que el ELN está comprometido según sus propias normas y el Gobierno colombiano según la Constitución Política, aunque trate de negarlo. En 1998 se firmó el “Acuerdo de Puerta del Cielo” en Alemania, que buscaba precisamente aplicar ciertas normas del DIH. En 2017, la primera sede del ELN en Ecuador se llamó “Rancho del Cielo”. Tocó esperar 19 años para pasar de la Puerta al Rancho ¿cuántos años más para firmar la paz?