El torero que amaba a los perros Jonathan Moreno Muñoz en las oficinas de UNDETOC. Foto: Sebastián Comba
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El torero que amaba a los perros

Santiago A. de Narváez - Febrero 28, 2019

Jonathan Moreno Muñoz es conocido por haber toreado a los 18 años en Las Ventas y por recoger perros y gatos de la calle.

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A Jonathan Moreno Muñoz  sólo se le empañan los ojos de lágrimas dos veces durante la entrevista: cuando recuerda cómo tuvo que sacrificar a su perra Kenya y cuando habla de su profesión como torero.

—Si me van a acusar de antropocentrista, pues lo soy —dice antes de empezar la conversación—. Yo respeto más tu vida, que te acabo de conocer, que la de un conejo. Yo creo en el ciclo natural de la vida, en un amor sin egoísmos.

Minutos antes, Moreno Muñoz nos hacía gestos con el brazo a lo lejos. Estábamos –fotógrafo y el presente servidor– perdidos frente a la Santamaría. Nos había dicho que la oficina quedaba justo en frente de la Plaza de Toros, sobre la carrera sexta. Pero aún no encontrábamos la dirección.

Vista de la Santamaría y las Torres del Parque desde la Presidencia de UNDETOC. Todas las fotos: Sebastián Comba

 

—Muchachos —grita Jonathan a unos cuantos metros.

—¿Jonathan?

—Sí, mucho gusto. Sigan por acá.

—Gracias —le decimos y seguimos su humanidad que entra en un edificio gris y oscuro.

—Vienen conmigo —le dice Jonathan a la recepcionista y ella se ríe:

—Buenas tardes, Matador. Claro. Sigan.

Nos montamos en el ascensor los tres: fotógrafo, torero y el presente servidor, rumbo a las oficinas de la Unión de Toreros de Colombia (UNDETOC).

Abren la puerta de las oficinas. Moreno Ñuñoz nos presenta y le pregunta a la secretaria:

—¿Hay alguien en Presidencia? —pregunta Moreno Muñoz a la secretaria una vez nos abren la puerta.

—Nadie, Matador.

—Entonces voy a hacerme allá para que me hagan la entrevista.

Seguimos, él se acomoda en el escritorio y dice que de un tiempo para acá ha empezado a calar un discurso que pone en el mismo nivel a todas las formas de vida. Un discurso que equipara la vida de un árbol, o la de una cucaracha, con la de un ser humano. Y eso es absurdo, dice.

—¿Cómo reaccionaría un animalista frente a una plaga de cucarachas o de ratones en su casa? ¿Será que va a querer respetarle la vida?

*

Moreno Muñoz tiene 29 años. Es hijo de torera; sobrino y nieto de torero. A los nueve años decidió dedicar su vida entera al mundo de los toros. A los 14 años ya había toreado en la Santamaría. A los 18, ya lo había hecho en Las Ventas, en Madrid (quizás la Plaza más importante en el mundo del toreo). Esa tarde el toro lo corneó dos veces: un cacho le atravesó el mentón y el otro, el testículo derecho.

A pesar del contratiempo, en la enfermería de la Plaza recibió la noticia feliz: había cortado una oreja en la mítica Plaza de Las Ventas. A los 20 años, Moreno Muñoz recibió la alternativa de parte de Enrique Ponce, como su padrino, y de “El Juli”, como testigo. Tres años después se quedó sin trabajo, cuando el entonces alcalde, Gustavo Petro, prohibió las corridas en la Santamaría. Fueron, dice, años muy difíciles. Entró en bancarrota. Y perdió la casa.

—Mira, Santi…perdón, Santiago. Mira, Santiago, lo que pasó durante esos cinco años, luego de que Petro prohibiera las corridas, es como si a ti, a ustedes periodistas, de un momento a otro el gobierno los censura y les impide ejercer su profesión. Ojalá no fuera así, pero es de ese estilo.

—Sí.

—Nadie quisiera que eso pasara con ustedes, pero eso fue lo que pasó con nosotros.

Y cuenta cómo durante esos años tuvo que buscar la manera de ganarse la vida. Entró al mundo de las tablas. Trabajó en varios teatros, de la mano de famosos directores. “Pero no vibraba con eso. Si uno no está haciendo lo que le apasiona, no tiene sentido”, dice. Y dice que aunque alcanzó a ser coordinador de un importante teatro en Bogotá, su corazón no estaba con eso.

—Mientras tenía que cuadrar las funciones, las entradas, estaba al mismo tiempo peleando en el Congreso, dando el debate por las corridas.

Moreno Muñoz –pelo engominado, camisa blanca y cinturón Louis Vuitton, gafas Ray Ban, chaleco de plumas, zapatos sin cordones, medias de color– hace por un momento una pausa dramática. Se queda en silencio.

Dice que la profesión que escogió desde niño fue la de torero. Que por esa razón no tuvo estudios universitarios. Su vida es el toreo. Su vida está en las plazas y es muy duro cuando desde afuera –desde la política– se le coarta la libertad a alguien de decidir por su futuro, por su profesión, por seguir sus sueños.

Para Moreno Muñoz debe haber respeto y tolerancia frente a las preferencias de los demás. Todas las fotos: Sebastián Comba

 

Desde que era pequeño Moreno Muñoz recoge perros y gatos de la calle. Actualmente tiene seis perros y nueve gatos. Y pone cara de muchacho emocionado cuando se pone a hablar de ellos –la cara de un niño que habla con asombro de su película favorita. Recoge perros y gatos porque en distintos casos se trataba de animales que necesitaban ayuda. Animalitos indefensos de la calle que necesitaban abrigo y cariño de una familia.

Cambia de cara rápidamente cuando se le pregunta por las manifestaciones antitaurinas frente a la Plaza en días de corridas. “Con la violencia no voy”, dice. “¿Cómo es posible que nos traten a los seguidores de la fiesta brava de asesinos? ¿Cómo es posible que usen la violencia? Cuando reabrieron la Plaza me agredieron físicamente, a mí y a mi padre. Tiene que haber tolerancia: no se puede uno sentir tan egocéntrico de creerse poseedor de la verdad”.

El fotógrafo se acerca a menos de un metro de distancia y lo encañona con la cámara. Moreno Muñoz no se arrincona con la presencia del lente, pero tampoco se molesta.

—Mira, Santiago, es ridículo decir que los taurinos vamos a la Plaza a ver sufrir a un animal. Es ridículo que digan que nos gusta ver sangre. Si eso fuera cierto, si quisiéramos ver al toro sufrir, ¿qué necesidad habría de un torero arriesgar su vida? ¡Es que los toreros estamos arriesgando la vida en la Plaza!

—Pero el toro muere.

—No siempre. Hay veces que se le indulta la vida al toro. Pero en todo caso, la naturaleza del toro de lidia está hecha para salir a enfrentarse al torero. Esa es su naturaleza. Morir en el enfrentamiento de la corrida porque es un animal bravo.

—Su naturaleza.

—Sí. Además piensa una cosa: el toro de lidia tiene una calidad de vida mucho mejor que la de cualquier toro de engorde que se cría para el consumo de carne. Un toro de lidia puede vivir cinco años, cuando un animal que va al matadero, vive apenas año y medio o dos.

*

¿Cuál es la naturaleza de un animal que los humanos ponemos a participar en espectáculos que normalmente terminan en sangre y muerte?

*

Moreno Muñoz dice desde la silla de la Presidencia de UNDETOC –con vista a la Santamaría, más arriba las Torres del Parque y más arriba los cerros, el cielo, las nubes– dice que la naturaleza de un perro no es morir peleando en una pelea de perros. Y recuerda cuando rescató a su perra Kenya, una pitbull que sacó de las peleas. Tenía heridas por todas partes, cicatrices. Tuvieron que curarla durante varios días.

—El perro es un animal doméstico. Están para hacerle compañía al humano. No para pelear a muerte en un corral contra otros perros.

—¿Según esto las peleas de gallos tampoco serían espectáculos justos con el animal?

—Mira que con los gallos pasa una cosa distinta a los perros. Esos gallos, los gallos de pelea, sí están hechos para pelear. Son animales que requieren de un cuidado especial: no el mismo al que se le da a los pollos en un galpón. Son animales delicados, difíciles de criar, cuya naturaleza es como de pelea.

Para Moreno Muñoz no se le debe coartar a alguien la libertad de escoger su profesión.

 

Moreno Muñoz recuerda –cada vez más pausadas sus palabras– cuando tuvieron que…sacrificar a Kenya…luego de que le encontraran un tumor en la panza…que poco a poco…fue creciendohasta que un día…luego de que Moreno Muñoz volviera de Perú de un viaje de trabajo…la perra se mordiera de la emoción e hiciera explotar el tumor. La llevaron al veterinario que les dijo que desde que descubrieron el tumor, la perra no iba a sobrevivir.

Moreno Muñoz recuerda –ojos cada vez más claros, iluminados– que la perra murió en sus brazos viéndolo a los ojos.

—Fui la última persona que ella vio. Mi Kenya. Y supe, cuando ella me veía, que me estuvo esperando a que volviera de mi viaje para despedirse.

*

¿Cuál es la diferencia entre la muerte de un perro a la de un toro?

Moreno Muñoz me mira con cara de no entender.

—No te entiendo la pregunta.

La repito usando palabras distintas. Él responde:

—La diferencia creo que está en la empatía: uno es más empático con un animal con el que ha compartido toda su vida que con uno que no. Un animal doméstico le va a generar a uno más empatía que un pollo frito que está en el plato y uno se va a comer. Cuando se muere tu papá o tu mamá, tú vas a sentir más dolor por la muerte de uno de los dos, porque hay más empatía con alguno de los dos. Lo mismo con los animales.

—En ese sentido no habría entonces empatía con el toro de lidia, pues el torero se encuentra con el toro solamente en la Plaza. ¿No?

—La relación nuestra con el toro es de respeto. Para nosotros el toro es un animal totémico. Lo tratamos como un semi dios, es un animal casi perfecto porque combina dos cosas aparentemente incompatibles: la bravura y la nobleza.

*

Moreno Muñoz dice que cuando lo conocen, la gente suele pensar que es una persona soberbia y prepotente. Él no lo ve así. Dice que quizás se deba a que los toreros por naturaleza son muy histriónicos, muy viscerales: y cuando pronuncia la palabra se lleva la mano a la panza y hace como si se revolviera las tripas.

Luego saca su celular. Nos muestra un video: un documental de 10 minutos que le hicieron hace poco más de un año. En el documental aparece la actual casa de Moreno Muñoz en el barrio Kennedy, aparecen sus perros, sus gatos y aparece su cuarto.

En el cuarto, la pantalla del computador. En el fondo de pantalla está su perra Kenya.

A lado y lado de la pantalla, banderines. Dos banderines de League of Legends, el popular juego en línea por equipos. Moreno Muñoz dice que es fanático del juego. Que incluso va a ir con sus amigos de LOL –que conoció en ‘vida real’ hace muy poco– a ver la final latinoamericana que tendrá lugar en el mes de abril en Bogotá.

También se declara seguidor del youtuber venezolano Dross. Youtuber se podría definir como un minucioso investigador de temas extraños.

Los últimos segundos del documental de 10 minutos son llenados por las palabras del torero: “mi sueño es hacer historia. Que el día de mañana cuando yo no esté en este mundo, y los niños estén empezando, que esos niños digan: quiero ser como Moreno Muñoz”.

*

El Matador recuerda a su perra Kenya.

 

Yo lo que aprendí, lo aprendí de mi madre, dice Moreno Muñoz y recuerda la vez que casi queda cuadripléjico cuando un toro lo levantó por los aires y cayó de nuca en el suelo. No tenía más de 20 años y quedó en cama, en el hospital, varios días sin poder mover los pies. Recuerda que le pegaba, preso del desespero, con fuerza a la camilla, pidiendo recuperar la movilidad.

—Mi madre, que es la que me ha enseñado todo, me dijo: “Cálmese que usted sólo lleva días acá. A su tío le pasó lo mismo y él duró no días, sino meses. Y él, a diferencia de usted, no podía ni siquiera golpear la camilla con las manos porque él perdió toda la movilidad. Así que se calma” —dice Moreno Muñoz que dijo su madre.

*

—¿Qué entiende usted por naturaleza?

—Llevar la vida lo mejor que se pueda. La naturaleza de las cosas es dejar vivir con plenitud.

—¿Y la del ser humano?

—Ser recordado. Trascender.

La vida no es un mundo perfecto, dice Moreno Muñoz. La vida tiene momentos difíciles y hay que saber enfrentarlos. En eso se parece al toreo. Es que las corridas, el toreo, es una forma también de aprender lo que es la vida, dice Moreno Muñoz.

*

CODA Y CUCHARADA:

Quisiera agregar mí argumento naturalista –ya que nos estamos moviendo en el plano esencialista para justificar las cosas: nuestros sueños, nuestra idea de libertad, nuestra profesión– a esta discusión. En el momento en el que uno, dos, tres o treinta y cinco policías deciden multar a un ciudadano por comerse una empanada en la calle, se le está negando la naturaleza a la empanada. Y se le está coartando la libertad al comedor de empanadas callejeras.

La naturaleza de una empanada –es de conocimiento popular– es ser comida en la calle empapada de grasa. Y si el Código de Policía empieza a negar este dato básico –el dato básico de que existe una naturaleza de empanada– pues está atentando contra el despliegue y la plenitud de la empanada. Hay que hacer un llamado para que las autoridades no coarten la libertad de quienes comen gustosos empanadas en la calle. Un llamado para que no nieguen de tajo y desconozcan la naturaleza.

*

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