El cura que escuchan en el bajo mundo de Medellín | ¡PACIFISTA!
El cura que escuchan en el bajo mundo de Medellín
Leer

El cura que escuchan en el bajo mundo de Medellín

Juan David Ortíz Franco - Abril 19, 2015

¿Qué tiene que ver este hombre aficionado al fútbol y a Pink Floyd con la histórica reducción de homicidios en la capital paisa?

Compartir

En la casa del padre Juan Carlos Velásquez suena “Calle 13” a un volumen que haría quejar a los vecinos. “En el mundo hay gente bruta y astuta, hay vírgenes y prostitutas. Ricos, pobres, clase media. Cosas bonitas y un par de tragedias”. Mezcladas con la música, se escuchan las voces de un grupo de muchachos que revolotean como si la casa cural no fuera la del cura. Hacen tareas, juegan en los computadores o no hacen nada. Simplemente están ahí, como si fuera su casa.

“Sí, es que salen del colegio, se van a cambiar y se vienen para acá. La casa cural se convirtió en la casa de ellos”, dice el padre Juan Carlos.

Empezó a mojar prensa hace años. Cuando su nombre apareció entre los miembros de una comisión de notables que facilitó el acercamiento de los máximos jefes de los combos de Medellín. El objetivo era acordar un pacto de no agresión entre las estructuras armadas del Valle de Aburrá.

Fue un trabajo silencioso, de varios meses. La tarea del padre consistía en “mapear” el conflicto urbano, hacer contactos, tejer la red que permitiera llegar a los cabecillas para proponerles una tregua.

Empezaba el año 2010 y para entonces era el párroco del barrio Alfonso López, en el occidente de la ciudad. Llevaba varios años trabajando con los combos de la zona y se había ganado su confianza. “Me decían: vea padre, si usted quiere la paz, hable con tal persona en tal parte. Así logramos el primer pacto”.

Entonces, organizó en su iglesia lo que denominó el Rosario por la Paz. Llegaron integrantes de combos de diferentes zonas de la ciudad y uno de ellos llevaba un comunicado, pidió autorización para leerlo: “Nos satisface el hecho de poder informar públicamente la terminación de las hostilidades entre nosotros y pedimos el apoyo de la población, con la esperanza de que podamos, en un futuro cercano retomar los canales de la civilidad y la democracia”. Lo remitían Maximiliano Bonilla, alias “Valenciano” y  John Erickson Vargas, alias “Sebastián”, las cabezas visibles de dos facciones enfrentadas de la “Oficina de Envigado”, los responsables de la guerra entre cerca de 140 combos que para la época se disputaban el control ilegal del Valle de Aburrá.

Así se acabaron los rumores y se ratificó la existencia del pacto al que se atribuía la reducción de homicidios desde días atrás. Pero la iniciativa fue desautorizada por el Gobierno y solo duró un par de semanas más. “Se cayó porque no hubo voluntad política. No hubo cómo sostener las mediaciones”, dice hoy Velásquez.

Pero ahí no terminó la historia de su trabajo por la paz que había comenzado mucho antes. Aun sin ordenarse, siendo diácono en La Loma, una vereda en límites entre la comuna 13 y el corregimiento de San Cristóbal, organizó un proyecto para cambiar armas por marraneras. Fue en 1999 y todavía faltaban algunos años para la época de mayor confrontación en esa zona de la ciudad que terminó con la Operación Orión en 2002.

En octubre de 2010 firmó junto a Francisco Galán, Jaime Jaramillo Panesso, Jorge Gaviria y Aníbal Palacio, una carta que fue entregada al presidente Juan Manuel Santos en la que se expresaba el interés de desmovilizarse de por lo menos mil pandilleros.

“Actualmente en Medellín más de mil personas involucradas con combos y bandas nos han manifestado su disposición a dejar las armas, pero no encuentran garantías jurídicas ni sociales para reincorporarse a la legalidad. Es urgente una legislación para responder a esta problemática así sea de justicia transicional”, decía la propuesta. Tampoco fue escuchada.

Entonces el padre se concentró en su comunidad, pero al tiempo se transformó en una voz autorizada para analizar el conflicto urbano en Medellín. No ha dejado de ser un puente entre los combos y los gestores de paz que desde diferentes posiciones intentan poner freno a la violencia en la ciudad. Hoy dice que está en curso un nuevo acuerdo de no agresión, se refiere al denominado “pacto del fusil” que ha sido negado por la Policía Metropolitana y por los alcaldes del Valle de Aburrá que atribuyen la marcada disminución de homicidios durante los últimos años a la gestión de las instituciones.

“La gente en estas comunidades sabe que si aún hay paz no es por la Policía sino porque los actores del conflicto pactaron unos mínimos de agresión. Esa disminución de homicidios no es un milagro y la gente en los barrios lo reconoce. Fue un pacto desde las cúpulas porque hay un interés de entrar en procesos, de tener una ciudad en paz. Lo que pasa es que el Estado no ha sabido leer esos pactos. En lugar de combatirlos, deberían aprovecharlos en el buen sentido de la palabra, y acoger a tantos jóvenes que están buscando alternativas”, dice el padre.

Lo cierto es que 2014 en Medellín fue el año con menos homicidios en los últimos 35 años y en el primer semestre de 2015 los casos fueron un 43 por ciento menos que el año anterior. Eso significa que la tendencia sigue a la baja. Con ese escenario, son muchos los sectores que reclaman como suyo ese logro y bastantes los que tratan de encontrar una explicación creíble.

Romper las fronteras invisibles

El padre Juan Carlos desarrolla dos programas de atención a niños y jóvenes del barrio El Guayabo de Itagüí. Foto Rafael Jaramillo

Juan Carlos Velásquez tiene 40 años. A los 27, cuando trabajaba en una parroquia de El Poblado, la Arquidiócesis de Medellín ordenó su traslado para Alfonso López. Se dejó crecer la barba para lucir de más edad y que la gente le creyera. Vivió el contraste de pasar de la comuna más rica de la ciudad, a una violenta, con problemas sociales y de convivencia. Empezó a trabajar y allí permaneció durante 10 años.

“Llegué durante la Donbernabilidad. (Así se le conoce en Medellín al periodo en el que alias “Don Berna” tenía el control absoluto de las bandas en la ciudad. También fue una etapa de reducción marcada en los homicidios) Había una paz tensa y empecé a tener cercanía con los muchachos porque jugaba fútbol con ellos después de misa de 12”, cuenta Velásquez.

Recuerda que en su primera Semana Santa representó a los 12 apóstoles con los jefes de los combos del barrio. “Ahí me le adelanté a Francisco con el tema de la inclusión –dice el padre entre risas- Era un mensaje, se trataba de decirle a la gente que estos muchachos eran parte de la comunidad. Se trataba de explicar cómo a través de lo religioso se puede hacer tejido social y sembrar movilización y conciencia para la paz y la convivencia”.

Y ese ha sido su discurso. Insiste en que los integrantes de los grupos armados en las ciudades no son extraños, sino miembros de las mismas comunidades, No habla solo de dificultades económicas, sino de carencias afectivas, de lo que ocurre en las casas de puertas para adentro. Esa ha sido su apuesta, entender que los “pillos” nos son solo “pillos”. “Es que no son extraños. Yo aprendí a ser sensible al sufrimiento de la gente. Por eso me gané la legitimidad y me cuidaban los legales y los ilegales”.

Por eso contó con el apoyo suficiente en el barrio para organizar torneos de fútbol en que los combos se enfrentaban en la cancha, era una forma de trasladar a un juego las disputas que persistían por fuera. Pero también un mecanismo para demostrar que podían cumplir reglas y llegar a acuerdos.

Del fútbol pasó a las carreras de carros de rodillos y así, atravesó las fronteras invisibles, esos lugares que marcaban el dominio territorial de los combos. El irrespeto a esas fronteras, pasar a los dominios del grupo enemigo así no se fuera integrante de una banda, cobró muchas vidas en el Valle de Aburrá. “Hicimos que la carrera atravesara las fronteras y todo el mundo salía a las calles. Era la excusa para poder salir, para poder pasar por donde no se podía pasar”.

El duelo

El padre fue trasladado a Itagüí después de 10 años de trabajo con los integrantes de combos en el barrio Alfonso López de Medellín. Foto Rafael Jaramillo

En 2012 la Arquidiócesis de Medellín ordenó el traslado de Juan Carlos Velasquez de Alfonso López a la parroquia María Madre de la Iglesia, en el barrio Los Guayabos, en Itagüí. El padre relaciona esa orden con un reportaje publicado en el diario El País de España que hacía una radiografía de los combos en la ciudad e incluía parte de su historia.

La publicación, no las declaraciones del padre, generaron rechazo entre las autoridades de Medellín porque decía, por ejemplo, que en la ciudad había más de cinco mil sicarios y algunos de ellos estaban dispuestos a matar por cinco mil pesos. Velásquez cree que detrás de su traslado, que se ordenó apenas dos meses después de publicada la historia, pudo haber algún interés político. Lo cierto es que tuvo que salir del barrio en el que trabajó por 10 años. Se despidió con una misa multitudinaria, con llanto y mariachi.

Llegó a El Guayabo en agosto de 2012 con la intención de no involucrarse tanto, dice que enfrentó cerca de cuatro meses de duelo por la salida de su antigua parroquia. Pero en diciembre de ese mismo año, una familia lo buscó en su casa. “Como seguía mojando prensa, llegaron con conocimiento de causa”. Llevaban a su hijo de 14 años, tenía problemas académicos y de consumo de drogas.

“Empezamos un trabajo de escala de valores y de estructuración de proyecto de vida. A los días me dijo que si podía traer a un amigo y eso se volvió una cadena. Cuando ya eran 12 montamos un programa que se llama La Forja. Yo digo que es un antiproyecto porque es contrario a lo que usualmente hacen las políticas. La gente usualmente quiere resultados, aquí queremos ver el proceso”, explica el padre.

Ese “antiproyecto” apunta a los jóvenes en alto riesgo, pero no a aquellos que ya están involucrados y comprometidos con las  organizaciones armadas. Para Velásquez, la estructura de un combo incluye “cachorros”, “parces” y “cuchos”. Los primeros son los más pequeños, quienes tienen alguna cercanía, pero no son los directos responsables, los segundos son jóvenes que ya tienen algún reconocimiento como integrantes de las bandas, y los terceros, los más antiguos, son aquellos sobre quienes usualmente recae el mando.

El trabajo de La Forja apunta a los “cachorros”. “Nos pusimos una meta a cuatro años –dice el padre-. Queremos lograr una transformación humana integral y para eso nos pusimos en la tarea de aprender a hablar su lenguaje. La idea era que vinieran dos días a la semana y empezaron a aparecer todos los días”.

Algunos empezaron a pedirle que los invitara almorzar. “Estaba convencido de que venían con la idea de que las monjas y los curas comen muy bueno”, cuenta el padre. Pero en realidad, se trataba de una necesidad, muchos de ellos tenían carencias alimentarias. Entonces Juan Carlos, costal en mano, se fue para la plaza de mercado para alimentar a sus muchachos.

Así sostuvo su comedor comunitario improvisado durante algunos días. Luego consiguió el apoyo de la Fundación Coltejer y hoy, con los alimentos que le donan a la parroquia, la empleada de la casa cural hace almuerzo diario para 45 jóvenes.

Ellos, y los que integran otro programa, La Tercera Orden, que apunta a los muchachos que no están en un riesgo manifiesto, pero necesitan cuidados y atención, son los que toman como suya la casa del padre Juan Carlos. Son los que le ponen música a la casa del cura. “En el mundo hay gente bruta y astuta, hay vírgenes y prostitutas. Ricos, pobres, clase media. Cosas bonitas y un par de tragedias”.

“No podemos hablar de paz sin un proyecto de país”

El padre Juan Carlos está cursando una maestría en Estudios Políticos y quiere hacer su tesis sobre movilizaciones sociales, quiere hablar del caso del Eln y de un eventual proceso de paz con ese grupo. Por ahora, es crítico frente a lo que ocurre en La Habana entre el Gobierno y las Farc.

“No podemos hablar de un proceso de paz cuando no tenemos un proyecto de país. Si persiste la desigualdad social y crece la economía, pero no el nivel de vida de la gente, siempre va a haber grupos insurgentes que encuentren razones para tomar las armas”.

Además, dice que es necesario preguntarse por la violencia en las ciudades. No solo porque se trata de un fenómeno diferente al de las guerrillas, sino porque considera que no se ha planeado con seriedad un proceso de regreso a la civilidad de los combatientes de las Farc para evitar su incorporación a las bandas criminales y a grupos armados urbanos.

“Es que en las ciudades también enfrentamos una dialéctica violenta que nos llevó a ser violentos – dice Velásquez-. Hoy el 75 por ciento de la población de Colombia es urbana y nos venden la paz con las Farc como si fuera la panacea. Pero la gente en las ciudades en la cotidianidad de su vida no va a experimentar esa paz. Así como hoy no experimenta la violencia de la guerrilla”.

Y es que esa violencia, la de las ciudades, lo sigue tocando, por eso dice que aprendió a ser sensible con el dolor, sin importar de dónde venga. Habla de la comunión, esa que entregan los curas, como la renovación de su entrega como ser humano. Aprovecha que habla de su propio esfuerzo para agradecer a quienes conspiran con él por sus comunidades. Un profesor de matemáticas, uno de inglés, “hasta una señora de El Poblado viene y nos da clase de etiqueta y glamour. Por eso es que esta casa no es para mí solo – dice el padre- es una casa para la gente”.