CoronaBlog | Día veintiuno: en periodo de prueba | ¡PACIFISTA!
CoronaBlog | Día veintiuno: en periodo de prueba Ilustración: Juan Ruiz
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CoronaBlog | Día veintiuno: en periodo de prueba

Melba Escobar - Abril 6, 2020

Esta 'batalla' no ha llegado para dividirnos. Al contrario, ha venido a mostrarnos hasta donde nos necesitamos los unos a los otros. Nos recuerda que este es un momento para actuar como colmena.

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Este texto hace parte del CoronaBlog, una serie escrita por periodistas, escritor@s, artistas y bloguer@s que intentará registrar el día a día de la pandemia, de la cuarentena y de las noticias alrededor desde una mirada muy original en primera persona. Para leer otras entregas de esta bitácora, haga clic acá.

 

No recuerdo un momento en mi vida donde la conversación girara en torno a un único tema con tanta vehemencia como ahora. El coronavirus que, pudo haber comenzado con un apretón de manos, ha venido vaciando las calles, cerrando museos, tiendas, peluquerías, escuelas. Nos hemos ido escondiendo, bien sea por miedo, solidaridad o, sencillamente, porque es una obligación impuesta de manera cada vez más estricta.

Primero me sorprendió la relativa obediencia de las masas para acatar una norma. Nunca pensé que como ciudadanos podíamos ser tan obedientes. Sin chistar, nos recluimos en las casas, cancelamos los viajes, congresos, clases y hasta procedimientos médicos. Porque “todo puede esperar”, porque “primero la vida”. 

Fue así como hace unas semanas empacamos una maleta con mi esposo y mis dos hijos y nos vinimos a la casa terracota que construimos en las afueras de Villa de Leyva, en Boyacá. Tener un niño de tres años y una niña de seis durante la cuarentena se hace más llevadero si hay un monte a donde mirar. 

Hasta hace solo tres semanas íbamos con tanta prisa. Pedíamos la cuenta tres veces al mesero porque llegaríamos tarde a una reunión, nos pegábamos a la bocina porque el semáforo ya estaba en verde y el de adelante no se dignaba a arrancar. Supongo que es desde ese ángulo desde donde la enfermedad que lleva decenas de miles de muertos en unas semanas, esa que “parece una gripa” pero no lo es, nos ha llevado a hacer un salto mental como humanidad: “¿Cómo carajos está pasando esto?”.

Es así como la pandemia nos cae encima como si fuese un meteorito, una fuerza natural, contundente y demoledora, con sus más de 70.000 muertos al día de hoy, para mostrarnos que todavía podemos tener un interés común como humanidad, más allá de lenguas y fronteras: la vida. 

La preocupación por la civilización se hace viral, así como el miedo y la obediencia. 

La gran pregunta pasa a ser entonces si este paréntesis definitivo nos convertirá en sociedades más solidarias y cooperativas, o nos llevará a encerrarnos en nacionalismos totalitarios. ¿Aislamiento y vigilancia o empoderamiento ciudadano y solidaridad global? That is the question

En América Latina, más de la mitad de la población no tiene seguridad social, tampoco un sustento asegurado a menos que salga a vender los tamales del diario, a embolar zapatos o a hacer una carrera de taxi. Y, sin embargo, hasta ahora, excepto unos casos aislados de saqueos a súper mercados y acosos barriales, ha primado la obediencia por encima de la necesidad económica. 

Es cierto que los gobiernos buscan esquemas para aminorar el golpe. En el caso de Colombia, hay alivios en la cuenta de los servicios públicos, congelamiento de arriendos y se están entregando aportes económico a cerca de cuatro millones de familias en la pobreza. Aun así, la necesidad está muy por encima de la capacidad de reacción estatal. Una observación que nos lleva a pensar en la fragilidad de un modelo económico basado en la inmediatez de salir a la calle a ofrecer un producto o servicio para garantizar el sustento. 

 

Guerra sin culpables, religión sin Dios 

En los artículos que he leído sobre la Covid-19 es frecuente encontrar expresiones como ‘fin del mundo’, ‘Apocalipsis’, ‘redención’, ‘comunión’ o ‘mesías’. También aparecen términos bélicos. Los médicos como ‘un ejército’, para ‘eliminar al enemigo’. ¿Será porque al volver sobre lo fundamental como seres humanos, los referentes primarios vuelven a ser la religión y la guerra? 

El punto es que esta ‘batalla’, contrario a lo habitual, no ha llegado para dividirnos en nuestro ya polarizado país. Al contrario, ha venido a mostrarnos hasta donde nos necesitamos los unos a los otros. Nos recuerda que este es un momento para actuar como colmena. 

En palabras de Yuval Noah Harari, estamos frente a una prueba de ciudadanía. La gran pregunta es si conseguiremos aprobarla a través de acciones globales coordinadas y solidarias, donde prevalezca el empoderamiento ciudadano, o si, por el contrario, ganarán los liderazgos autoritarios basados en la tecnología de la vigilancia y la ‘viralización’ del miedo. 

 

Entrecasa 

Paso la mañana construyéndole una casa a Batman y Superman con mi hijo menor. Cuando terminamos, mi hija está en un ‘receso’ de su colegio virtual y viene a saludarnos. Pregunta cuándo vamos a volver a casa. Dice que quiere ver a sus compañeros de colegio. Añade que no sabe si la van a reconocer: “Pero tampoco ha pasado tanto tiempo”, le digo. “Ni siquiera llevamos tres semanas”, añado. “Puede ser, pero siento como si lleváramos toda una vida aquí”.

Entiendo a qué se refiere. La convivencia ininterrumpida y sin salir, durante tres semanas, nos ha revelado otras capas de la identidad de cada uno. Es como si también en casa, como afuera, estuviéramos a prueba. Como si hubiera llegado la hora de evaluar qué tan equipados estamos para concertar acuerdos en beneficio de la mayoría. En mi caso, la prueba no ha resultado sencilla. Y eso que hago parte de una minoría de colombianos con mercado en la nevera y plata en el banco. Mi problema no es saber qué pondré en el plato de mis hijos mañana. Mi problema, más existencial que de primera necesidad, es no saber si como humanidad sabremos inclinar la balanza a la solidaridad y la compasión por encima del autoritarismo y el aislamiento. Y este es, por desgracia, el menor de los problemas. Para muchos, ya empieza a ser qué poner en su plato. Necesitaremos de la multiplicación de los panes y los peces, o de la redistribución para que alcance para todos. Solo entonces conseguiremos haber ganado la batalla. Amén.

 

Melba es escritora y periodista. La pueden seguir leyendo acá.