Acompañamos a una comunidad al entierro de su líder asesinado
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Acompañamos a una comunidad al entierro de su líder asesinado

Colaborador ¡Pacifista! - Mayo 8, 2017

¡Pacifista! estuvo en el Cauca durante el sepelio de Gerson Acosta, el líder asesinado número 31 desde que comenzó la implementación de los acuerdos de La Haba

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Por: Lise Josefsen Hermann

Son las ocho de la mañana y las sillas blancas de plástico todavía están esperando ser ocupadas dentro de un ambiente abierto con techo de lámina y piso de cemento. Es ya’t wala, la casa grande del resguardo indígena kitek kiwe, en el departamento de Cauca. En la mitad se ve una mesa vacía, a su alrededor flores de todos los colores. Unas señoras del resguardo indígena están sirviendo tinto y pan frito a los que van llegando.

Nos recibe Fernelly Acosta, hermano mayor del asesinado Gerson Acosta, razón por la que estamos todos aquí reunidos. Gerson tenía 35 años y fue gobernador, la máxima autoridad de este resguardo indígena. Dejó este mundo el día 19 de abril, un miércoles alrededor de las 5 de la tarde. No tenía edad para estar en este cajón, pero como fue un líder, su vida tomó otro rumbo. Cosas que pasan en Colombia.

Gerson fue el líder social número 31 asesinado desde el día D (1 de diciembre de 2016), en el que comenzó la implementación de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las Farc. El hecho de que haya un conteo y que hoy ya vaya en 33, habla por sí mismo. ¿Por qué parece que la vida vale menos en Colombia?

Ese miércoles, Gerson se había reunido con la Unidad de Víctimas en la vereda La Laguna, a pocos metros del lugar donde hoy se lleva a cabo su sepelio. Tras finalizar la reunión, se fue para su casa junto a su hijo Daybi Samuel, de 12 años. En el trayecto, un desconocido abrió fuego. Los primeros disparos tumbaron al líder. Daybi Samuel trató de levantarlo, pero la ráfaga de plomo no cesó. Mientras las balas atravesaban su cuerpo, Gerson alcanzó a decirle a su hijo que corriera, que huyera.

El niño hizo caso a las palabras de su padre y alertó sobre lo ocurrido, pero Gerson no sobrevivió. En el lugar del homicidio se encontró el estuche de una pistola 765.

Toda esta historia me hace recordar mi encuentro con los jóvenes pandilleros del barrio Potrero Grande, uno de los más peligrosos de la ciudad de Cali. Ellos me dijeron que por estos días sus actividades van en aumento, que muy a menudo los están llamando a sus ‘oficinas’. Admiten que son grupos paramilitares quienes los contratan. Que la vida  de una persona está tasada en unos 2 millones de pesos.

No obstante, hoy la realidad nos ha traído a esta casa grande en la vereda La Laguna. Nos saluda el hermano Fernelly Acosta: “Gracias por acompañarnos en nuestro dolor”, dice. Acaba de llegar de un viaje a Ecuador y lleva entre sus brazos la ropa de Gerson y el bastón que lo identificó como autoridad del pueblo indígena nasa. “Somos iguales mi hermano y yo… Éramos”, dice mientras mientras trata de sonreír, aunque quisiera llorar. Al fondo suena la música del pueblo nasa, que acompaña a quienes vienen a despedirse de Gerson. Finalmente llega el cajón con el cuerpo del líder, que va a ocupar la mesa hasta ahora vacía.

La guardia indígena del cabildo kitek kiwe, pueblo que lideraba Gerson Acosta. Patrullan la zona. Foto: Mads Nissen

Gerson contaba con  dos escoltas y un carro que le había asignado la  Unidad Nacional de Protección (UNP). La UNP había tomado esa medida porque la lucha de Gerson por los derechos de las víctimas kitek kiwe de la masacre del Naya (abril de 2001) le había valido un buen número de amenazas. El hecho, perpetrado por las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), dejó 27 muertos según la Fiscalía y ocasionó el desplazamiento masivo de su pueblo a otra región del Cauca.

“Nosotros no tenemos armas. No queremos vivir con ningún grupo armado. Solo queremos poder estar aquí, poder vivir en paz”

Pese a que ahora la muerte de Gerson se investigue como si se tratara de un caso aislado, para Fernelly no hay duda de que existe sistematicidad en el asesinato de líderes sociales. “Quieren apagar los voces de los líderes. Mi hermano seguramente estaba en esta lista de los que tenían que morirse”, asegura.

Gerson Acosta luchó para que su comunidad tuviera de nuevo su propio territorio. Un lugar donde los kitek kiwe pudieran vivir bajo sus propias costumbres y educación. “Nosotros no tenemos armas. No queremos vivir con ningún grupo armado. Solo queremos poder estar aquí, poder vivir en paz”, dice Fernelly Acosta.

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El departamento del Cauca encabeza la lista de asesinatos a líderes sociales en Colombia. Esa región del país, cuyo saldo de afectados por el conflicto armado -según el Registro Único de Víctimas- es superior a 250 mil personas, se ha visto inmersa en una ola de violencia durante el transcurso del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.

“Es muy preocupante. Es parte de la extinción de los líderes indígenas. No es un caso aislado”, expresa Aida Quilcue a quien me encuentro durante el sepelio de Gerson en el cabildo kitek kiwe. Ella es la consejera de Derechos Humanos y Paz de la Organización Indígena de Colombia (ONIC). Quilcue también es del Cauca y, después del asesinato de su esposo en 2008, cuenta con protección del Estado.

“Este año hay muchas más amenazas y panfletos. Casi todos los líderes en Cauca están amenazados”, cuenta Quilcue.

Andrés Rivera, de 14 años, fue amigo de Gerson Acosta. Foto: Mads Nissen

En el sepelio del líder hay un ambiente de nostalgia. Me encuentro con el padre de Gerson, Oscar Marino Acosta. “Mira todo lo que mi hijo construyó y ahora se nos lo llevaron. Apenas estaba empezando a vivir ¿Qué hacemos? Resignarnos y esperar a que llegue la justicia, ojalá”, comenta.

Los asistentes, uno por uno pasan al cajón  y ven a Gerson desde la pequeña ventana que separa al muerto de los vivos. Todos se despiden de su hijo, primo, compañero y líder.  “Tú nos lo enseñaste todo”, dicen unos. “Vamos a seguir adelante. A seguir con lo que tú empezaste”, prometen otros mientras lloran.

El entierro de Gerson Acosta fue en la parte más alta de la vereda La Laguna. Foto: Mads Nissen

Una pequeña mariposa blanca sobrevuela entre las personas, el cajón y las flores. Como sembrando una esperanza pequeña.

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Después de las lágrimas, los seres queridos llevan el ataúd de Gerson hasta un carro negro y brillante. Muchos portan sus bastones, bufandas rojas y verdes que representan al pueblo nasa. El rojo es la sangre, el verde la esperanza. Una multitud sigue el féretro en una caravana larga de chivas, motos y carros. Veo el dolor transformándose en las caras de esa gente. Con sus bocinas y voces quieren gritar a todo el municipio de Timbío, a todo el mundo, que la lucha de Gerson no morirá con él.

Personas de la comunidad kitek kiwe montados en la chiva de la caravana de Gerson. Los bastones representan el pueblo indígena Nasa. Foto: Mads Nissen

“Nos asesinan y la lucha continua. Nos amenazan y la lucha continua. ¿Hasta cuándo? Hasta siempre.” Gritan. ¿Pero quién les escucha? o ¿quién les contesta?

En la cabecera municipal de Timbío se asoman algunos desde sus casas a mirarnos. ¿Cómo sería la reacción si esto hubiera pasado en otro país y no en Colombia?

En el lugar más alto del resguardo se hará la siembra, como la llama el pueblo nasa. Porque enterrando su cuerpo, se siembra la memoria del líder, la esperanza. Pocas veces en mi vida había estado en un lugar tan cargado de belleza y tristeza a la vez.

El féretro de Gerson llegando al lugar de la siembra, como el pueblo indígena Nasa llama al entierro. Foto: Mads Nissen

A lugar llegan también representantes de la unidad de víctimas con sus chalecos grises. Sus ojos se llenan de lágrimas. Muchas entidades del Estado han expresado rechazo frente al asesinato de Gerson. Él era de un pueblo víctima de una masacre y luego del desplazamiento. Y ahora él está siendo enterrado porque lo mataron aún teniendo protección. ¿De qué valen entonces las garantías de seguridad si al final todo terminará con una tumba en la tierra?

“Hoy día no estamos enterrando a Gerson. Lo estamos sembrando para que siga creciendo dentro de cada uno de nosotros”, asegura Edwin Collazos, autoridad del cabildo indígena, quien acompaña la última parte de la despedida de Gerson.

El cajón con Gerson estaba envuelto de la bandera del pueblo Nasa. Foto por Mads Nissen

Mi último recuerdo de la siembra de Gerson son algunos globos blancos perdiéndose en el horizonte, tratando de llamar la esperanza. En la tierra, veo los colores de la bandera nasa. Ya pasó la parte de la sangre y ahora está comunidad ansía que pronto llegue el capítulo de la esperanza.

 

Mads Nissen, quien acompañó este recorrido con su cámara, es un reconocido fotógrafo y documentalista danés. En 2015 obtuvo el premio World Press Photo of the Year, uno de los más importantes reconocimientos internacionales. Para ¡Pacifista! es un honor contar con sus imágenes.