2020: el Paro Nacional vuelve de vacaciones | ¡PACIFISTA!
2020: el Paro Nacional vuelve de vacaciones Ilustración: Juan Ruiz
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2020: el Paro Nacional vuelve de vacaciones

Santiago A. de Narváez - Enero 17, 2020

El Comité de Paro dice que las jornadas más intensas están previstas para los días de marzo. Hay algo que no cuadra en esta burocrática manera de dirigir las protestas. Los temas por los que se convocó a Paro el 21N de son urgentes y necesitan por eso mismo urgentes medidas para contrarrestarlos. No calendarios ahuecados que estipulen fechas gloriosas cada mes y medio.

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Este texto hace parte del Diario del Paro, una serie de textos sobre lo que está pasando en Colombia en estos días escritos en clave de diario personal. Para leer el resto de entregas haga clic acá.

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Diciembre 43

No ha habido año nuevo. No existe.

El Paro Nacional no conoce de vacaciones, de planes que impliquen la destrucción de las formas ajenas al amor.

Este mes está largo y aquí seguimos. Por no decir que aquí estamos, como diría Juanes (ya presentado previamente).

¿Para cuándo es que es la próxima marcha?, preguntan los desesperados.

Los cuerdos.

Los que saben que esto tiene que seguir y va a seguir si o si a costa de nuestra vida y nuestra libertad.

A costa de nuestro sentido real por la palabra democracia, etcétera.

¡Viva el Paro Nacional, el sentido de la historia y las formas propicias al amor, es decir, las formas de vivir juntamente sin hacernos daño, que es lo mismo a decir sin matarnos en este país que se llama patria y tiene forma de mapa de Colombia, etcétera!

¡O qué!, ¿creyeron que iba a bastar con lo de noviembre? ¿Que era suficiente apenas lo de golpear cacerolas? ¿Nos íbamos a quedar en la bulla cada vez, por cierto, más controlada por los sentidos clásicos de interpretación del país?

¿Cómo y bajo qué términos vamos a empezar a leer el nuevo país que queremos?

Diciembre 44

12: 17. Volver a ver Apocalypse Now (esta vez en cine) me rescató ese interés olvidado por la guerra de Vietnam. Mientras veía la escena en la que Robert Duvall esparce napalm a diestra y contra diestra sobre los árboles costeros, al mismo tiempo que sus helicópteros hacen eco de Wagner, ¡con el único objetivo de ver surfear a sus soldados!, pensaba en esa película también como una película de vaqueros. La reinterpretación hollywodeense del descenso al corazón de las tinieblas es también una interpretación de la paranoia del comunismo en el sudeste asiático en clave del viejo oeste.

Las películas de vaqueros –otro género de exportación gringo, al igual que las películas de Vietnam– ponen en escena el traumático proceso de construcción Estado en Estados Unidos. El ferrocarril es símbolo de ese proceso.

Quizás acá, en esta película, en este escenario, en esta guerra, en este país que fue colonia, no se trata de la dominación del territorio en términos de imponer el monopolio de las armas, la justicia y los impuestos. Charlie, el enemigo, el Viet Cong, es la proyección imaginada de estos gringos enloquecidos que ven en la diferencia una amenaza. (Recordar la escena en la que los protagonistas se detienen a requisar a unos comerciantes que se cruzan sobre el río y recordar el desenlace letal para esos vietnamitas que les hablaban a los gringos en un idioma ilegible).

Ahora que estoy viendo un documental de diez capítulos, de hora y media cada uno, sobre la Guerra de Vietnam, sus causas y sus efectos en la psique norteamericana, hubo otro dato que me desconcertó: esta fue la primera guerra peleada por los americanos en las que no hubo un claro frente de batalla. A diferencia de las dos guerras mundiales en las que se medía el éxito militar en términos de posiciones (el frente de guerra occidental y los infinitos campos de trincheras en la Primera Guerra, por ejemplo; o el frente oriental, disputado entre la URSS y la Alemania nazi en la Segunda Guerra), en Vietnam no hubo manera de registrar el desempeño bajo ese indicador. La estrategia de guerra de guerrillas impulsada por el Ejército de Vietnam del Norte y el Viet Cong le hicieron imposible a los gringos ‘asegurar’ un territorio que siempre estuvo abierto y a la merced de ataques relámpagos o de emboscadas.

Los gringos decidieron medir sus resultados con un indicador que se volvería común en lugares donde empezaría a haber guerras de este estilo. Con estas características. El body counting fue la forma de medir los resultados en un escenario de guerra de guerrillas. Esto, por supuesto, y dicho por el mimo ejército gringo en retrospectiva, aumentaría de manera exponencial las muertes de personas que no tenían nada que ver en el combate, de personas inocentes.

—La guerra es un negocio de bienes raíces —dice uno de los marines que combatió en Vietnam, casi 50 años después. —Nuestro objetivo era sacar al enemigo de la propiedad (real estate) y negarle su acceso a ella.

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13:01. El Paro Nacional retoma sus actividades este 21 de enero, se puede leer en las noticias. Y leo que el Comité de Paro ha hecho un llamado a las calles retomando los reclamos de finales del año pasado. ¿Terminó el 2019? Dicen también que las jornadas más intensas están previstas para los días de marzo. Hay algo que no cuadra en esta burocrática manera de dirigir las protestas, de pensar el tiempo. Los temas por los que se convocó a Paro el pasado 21 de noviembre son urgentes y necesitan por eso mismo urgentes medidas para contrarrestarlos. No calendarios ahuecados que estipulen fechas gloriosas cada mes y medio.

El sistemático asesinato de líderes sociales sigue siendo el común denominador de la violencia luego de casi cuatro años de que se firmara la paz. Vamos 14 días del año y ya hay unas cuentas que hablan de 18 líderes comunitarios que fueron asesinados. Es una verdadera cachetada al sentido común que el Gobierno siga negando la sistematicidad.

El consejero presidencial en Derechos Humanos y posible futuro Fiscal General, Francisco Barbosa, ha dicho que es un error catalogar estos asesinatos como sistemáticos: “aquí no hay una política de exterminio, ni hay una política sistemática, aquí lo que existen son razones diversas que se producen contra nuestros líderes sociales, atadas a fenómenos de delincuencia”.

La anterior frase podría entrar en el índice del libro de historia sobre la infamia universal. Aunque quién sabe, Borges tuvo siempre en buena estima la inteligencia.

Uno quisiera que el uso de gafas de esa carita redonda y con pelitos en la frente y en la calva fuera un símbolo de la lectura atenta, que es como decir de la lectura en perspectiva. Pero resulta que las gafas de Barbosa –futuro Fiscal– son en cambio símbolo de la lectura miope, de la lectura que se estrella con las cosas y no logra poner la distancia suficiente para entenderlas dentro de un contexto histórico y territorial. Por supuesto que las razones para asesinar a líderes sociales son diversas (como son diversos los territorios en donde los asesinan: ¡Colombia, Barbosa, es diversa!), pero es evidente que la lectura que hace el Gobierno de esta situación sólo puede dar tumbos si no la lee como parte de un proceso que responde a los efectos del Acuerdo de paz. Pero es que este Gobierno ni se ha tomado la tarea de leer esos putos Acuerdos.

Pregunta: ¿habrá leído en algún momento como congresista o candidato presidencial Duque esos Acuerdos hasta el final? ¿Los habrá leído Barbosa? ¿Sabrán de qué se tratan y qué implican?

Creo ahora –es apenas una intuición naciente– que el desprecio del actual Gobierno y su partido por esos Acuerdos le está costando al mismo tiempo la capacidad de leer una realidad política distinta de la que tienen ellos metida en sus cabezas rellenas.

Pregunta: ¿Cuál es la voluntad de lectura del actual Gobierno? ¿Existe algo así como wishful-reading?

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13:29. No quería seguir con este diario. Entre otras cosas porque desconfío cada vez más de la estrategia conjunta entre escritura y publicación. Es demasiado volátil la escritura-en-presente como para que encima se publique de manera casi inmediata. Pero bueno, contra la cercanía de los hechos, el sano escepticismo.

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13:49. ¿Cuál es la necesidad de registrar las horas y las fechas de estos apuntes? ¿La cronología para qué? Juliana en algún momento dijo algo que me sigue haciendo eco todavía: las fechas son un invento positivista. Y así nos va.

A propósito del tiempo, ayer hablábamos con Peter sobre eso; sobre la escala de los tiempos. ¿Qué significa comparar la vida de una nación –y dentro de esa vida su historia, sus guerras, sus masacres, sus líderes asesinados, sus candidatos presidenciales abaleados, sus mundiales de fútbol perdidos, sus paros nacionales, sus luchas campesinas y negras e indígenas, su buena literatura, su literatura mediocre, sus periodistas chambones y etcétera–, comparar la vida de una nación con, por ejemplo, la escala de tiempo geológico de la tierra en la que esa nación se asienta?

¿Qué le importa a la Cordillera Central y a su lenta formación de sedimentos que un presidente vaya y diga esto, entregue por aquí unos dulces, ponga los cachos por acá, sufra de ataques de pánico por allá o de depresión por acullá? ¿Qué le importa a un valle la violencia que ha sufrido la gente que por años lo ha habitado? La indiferencia de la geología con respecto a procesos tan extremadamente cortos (como la vida de una persona o la historia de sus amores) en una escala de millones de años es tremenda.

Pero ¿cuál es el sentido de poner en comparación estas escalas abismales si al final lo único que tenemos es nuestra pequeña y calva perspectiva de sapiens colombianos?

Diciembre 46

Hoy amaneció desgastado el cielo, estaba cansado de tanto sol. Los primero días de enero, en Bogotá, siempre son como una hermosa primavera que intenta arrancar pero no termina de cuajar nunca. Son los días más bellos y más limpios del año. Los más puros. Hoy, 16 días después de iniciada la década, el mes, la eterna vuelta al astro, la mañana retomó su trágica y gris normalidad. El frío vuelve a ser la constante.

Recuerdo el día de posesión del presidente, 7 de agosto de 2018. Parecía que el viento iba a arrancarle a la tierra los árboles. Recuerdo que ese día soñé por primera vez, después de muchísimos años, con los paramilitares. Fue un sueño muy intenso. Ellos llegaron a la escuela en dónde nos encontrábamos y amenazaron, es decir señalaron con sus uñas negras y sus dedos de la muerte, a todos los que estábamos vestidos de rojo. (Sabrá su madre por qué estábamos en una escuela) (sabrá la suya por qué íbamos de rojo).

Ese día –o esa noche, más bien– empezó no sólo este invierno que sólo amaina en enero, sino también una forma enrevesada del sueño. A veces pienso que es como si el discurso político, el discurso oficial, se hubiera adueñado también de las antenas oníricas de transmisión. Cheap Trick cantaba en los setenta que la policía del sueño vivía dentro de su cabeza y que los iban a arrestar a todos etcétera. ¿Cómo soñamos distinto?

Suena rocambolesco, o cuando menos cursi, este argumento y este recuerdo.

No tendría ninguna importancia, ninguna razón de existir en estas hojas, si no recordara también lo que me dijo en 2018, dos meses antes, un líder comunitario (¿social?, ¿territorial?, ¿defensor de derechos?, ¿defensor de la vida? ¿cómo nos referimos adecuadamente a ellos sin caer en la etiqueta mediática que normaliza sus muertes?), lo que me dijo un líder social en Valledupar.

Faltaban dos semanas para la segunda vuelta. La esperanza de que en la capital del Cesar –uno de los bastiones de las AUC en su momento– ganara Petro, es decir, ganara el único de los dos candidatos que se había comprometido verdaderamente con la implementación de los Acuerdos de paz, era real.

A medio día las calles se calcinaban por el sol del valle bajo la mirada panóptica de la Sierra Nevada. Las casas y los comercios estaban inundados de propagan política que decía: “Yo voto por el que diga Poncho [Zuleta]”.

Larry –llamémoslo Larry– me dijo mientras hablábamos a la sombra de un cañahuate de hojas sueltas y encendidas:

—La gente en los pueblos está preocupada. Sabe que si llega el otro [el que diga Poncho] los grupos se van a rearmar.

—¿Cómo?

—Sí, eso es lo que se rumora. Que apenas gane él, van a volver a armarse las estructuras.

Piglia decía que existe una tensión entre los modos de narrar. Si por un lado están los relatos construidos por el Estado o el mass media, por el otro lado está un ejército en retirada (el de la narración literaria) que produce acciones de hostigamiento.

Si el Paro Nacional fuera un ejército (o mejor, un movimiento), habría pelotones batallando en el terreno de la organización, escuadras tomándose las antenas radiodifusoras del sentido común, militantes repartiendo propaganda del baile y de la fiesta, batallones aéreos bombardeando las centrales hidroeléctricas que represan el movimiento de la vida, misiles tierra aire de pensamiento crítico, guerrillas que disparan sus fusiles de ternura aterradora, fuerzas jungla con el único objetivo de tomarse el Ideam y hacer sus pronósticos del clima verdaderos.

Diciembre 46. Mediodía

Apocalypse Now es, por cierto, y antes que una de vaqueros, una película de humor. Y no creo que esa haya sido la intención de Francis Ford.

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Santiago aparece por acá en caso de que quiera ver o leer o escuchar lo que retuitea o comenta en estos días de Paro Nacional.