Hablamos con el artista que pinta murales de paz desde los días de la guerra
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Hablamos con el artista que pinta murales de paz desde los días de la guerra

María Rodríguez - Noviembre 20, 2018

Su firma en las obras es "Somos". No busca lucrarse, por eso su trabajo está lejos de las grandes galerías de Bogotá o Medellín.

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Si fuera posible resumir a Edison Reina en tres pensamientos, diría lo siguiente: olor a palo santo, humor elocuente y altruismo. Nació en Cali. En esta ciudad, la de Andrés Caicedo y Luis Ospina, Reina aprendió a ser subversivo desde el arte. Viajó, se instaló varios meses en comunidades indígenas campesinas, leyó sobre política y tomó un camino alejado de las galerías y los premios en las capitales. 

Conocí a Edison en Sumapaz. El Centro de Memoria, Paz y Reconciliación estaba recuperando una casa antigua en la vereda Concepción.  El artista estaba ahí para ayudar a plasmar la belleza según la entienden los habitantes locales. El resultado fue una fachada iluminada con flores, páramos, ruanas, frailejones y conejos. Mientras caminaba soltaba algunas frases:  “es importante dar sin pedir nada”; “todo lo bueno se regresa”.

A pesar de que trabajó durante años con las comunidades étnicas de Colombia, Venezuela y Ecuador, su nombre es difícil de rastrear en Internet. Vive a la antigua. No tiene Whatsapp o correo electrónico, viaja a todas partes con una mochila wayúu blanca, en la que guarda otra más pequeña con medicinas indígenas ancestrales. 

Esta fue la conversación que sostuvimos con Edison en Sumapaz.

Somos en Sumapaz.

¿De dónde nació ese gusto por el arte? ¿Estudiaste algo relacionado con eso?

Desde muy pequeño me gustó el dibujo, desde los ocho años estaba participando en concursos de pintura. Luego, cuando entré a bachillerato me seguía gustando pintar y dibujar. Los maestros me decían que me quedara con los estudiantes explicándoles cosas y luego ellos me contrataron para hacer carteleras.

Ya para los últimos dos años de bachillerato, me di cuenta que quería vivir de la pintura y viajar y hacer muchas cosas con el talento que tenía; eso hace parte de buscar tu horizonte para la vida y la libertad. Hice un curso de dibujo publicitario de dos años, estudiaba en el colegio en la mañana y en la tarde dibujo publicitario.

Me iba muy bien y empecé a ganar dinero a muy temprana edad. Ahí empecé a viajar y a gastarme la plata porque no todo es trabajo en la vida. Pero cuando regresaba del viaje los clientes ya no estaban y tampoco estaban dispuestos a esperarme durante mis viajes.

Hasta ese momento no habías trabajado de la mano con comunidades, ¿cuándo y por qué empezaste tenerlas en la mira?

Entré en una decadencia en el trabajo y decidí irme de Cali hacia Bogotá a buscar una plaza más grande y aprender nuevas cosas, eso fue a los 23. Allá conocí unas personas que tienen un periódico llamado Desde Abajo y otro llamado Le Monde Diplomatique, trabajé 10 años allí como diseñador gráfico y empecé a trabajar con comunidades desde ese momentos. Fue entonces cuando se despertó en mí el tema de trabajo social y el altruismo.

En 2002, después de 10 años en el periódico, decidí irme de los computadores, de las oficinas; quería volver a la calle. Y me mudé a Venezuela. Quería conocer la revolución que Hugo Chávez estaba haciendo. Conocí a muchas personas a través del arte, empecé a hacer graffitis y conseguí hacer trabajos para PDVSA y otras empresas más.

¿Cómo fue tu recorrido por Colombia?

Luego de estar en Venezuela unos tres años, regresé a Colombia y empecé a explorar el camino de las comunidades, de los ancestros de Colombia; en realidad no conocía muchos lugares de mi país. Quería recorrer el país y estar en territorios inhóspitos: Putumayo, Amazonía, el interior del Cauca, Chocó, entre otros.

Esa relación con las comunidades resulta a través de ese trabajo de haber pintado en Venezuela, ya tenía trabajo social y político que tenía que ver con el servicio social hacia los demás. No me interesaba si había dinero de por medio, solo quería pintar. 

¿En qué momento empezaste a ser reconocido en las comunidades indígenas?

Empecé a recibir invitaciones de comunidades que trabajan de la mano con el Estado, porque querían pintar sus casas para recuperar el territorio. 

Un día recibí una invitación de Toribío en el Cauca y me gustó tanto que me quedé más de un año allí. Nos surgió la idea de hacer una minga con murales y se la propusimos a la comunidad. Fue la primera minga de muralismo del Norte del Cauca, en 2013.

Con ese referente encima, apareció la comunidad Embera Katio por un retorno que hicieron a la Andagueda, e hicimos una intervención en la comunidad de Agua Sal. Este fue otro gran momento en donde me di a conocer en las comunidades ancestrales del país.

Volví a Bogotá y me invitaron a los Llanos (en Chámeza) para trabajar alrededor de las masacres y desapariciones que ocurrieron allí. La idea era hacer un trabajo de memoria y derechos humanos. Y así, subversivamente, fueron apareciendo otras comunidades que querían trabajar por la memoria y el reconocimiento. En esas jornadas comencé a invitar amigos míos, artistas.

Foto: tomada por Somos / Amazonas, Ecuador.

¿Tu arte cambió con el proceso de paz?

Antes de que hubiera un proceso de paz, ya se estaba hablando de paz por medio de los murales. Cuando el proceso de paz empezó yo ya tenía una gran experiencia en ese discurso sobre la paz y las mismas comunidades ya sabían que el camino no era la guerra.

El discurso de paz lo aprendí de los Nasa, que tienen una lucha social que parte de la recuperación de tierra. Ellos tienen bastones de mando y no armas, desde los 80 ya habían hecho un acuerdo de paz con la guerrilla en el territorio. Ellos fortalecieron mi visión. 

¿Cuál es la manera de llegar a una comunidad para ofrecerles murales?

Hay un camino que es hacer el contacto con la comunidad, hacer un enlace y la idea es que apenas llegue la persona a la comunidad, se relacione uno con sus líderes, que permanezca unos días conociendo para saber qué es lo que se quiere conocer e intervenir.

Si son comunidades indígenas que son diferentes por ser ancestrales recibe uno la información de los mayores y luego interviene. Por ejemplo, los afro que tienen su cultura pero son tienen sus raíces en África. En el arte tratamos de rescatar esa ancestralidad. 

Es mucho más fácil representar a los afros en un mural que a las comunidades indígenas que tienen un misticismo que difícilmente uno puede interpretar.

Tu firma en los graffitis y murales es Somos, ¿por qué?

Desde 2008 vengo usando esa palabra que me parece muy fuerte. Es un palíndromo o capicua, no tiene género y es neutral. También he estudiado acerca de la palabra en otras lenguas y tiene que ver con el ADN y la esencia del ser humano. Algunos filósofos e iluminados relacionan esta palabra con el fluir de la sabiduría y la naturaleza.

Además, el reconocimiento del ser es muy importante. El ser humano no se conoce y quiere separarse de la naturaleza, la gente no se reconoce como es, el indio no quiere ser indio, el negro no quiere ser negro. La palabra Somos ayuda a ese reconocimiento, eso te genera en tu interior una pregunta sobre qué será eso de quién soy yo, o qué será eso de somos.

Al final, el loco es la persona que está localizado, entonces si estoy loco, voy lento y seguro. He tenido mucha receptividad en las comunidades con esa palabra, en la calle cuando lo pinto. A veces me preguntan y me quedo callado y digo que es una sola palabra.

Somos de rojo.

Y en la actualidad, ¿te invitan las comunidades o vas por tu cuenta?

Diría que las dos, pero es más por iniciativa propia. Ha habido un reconocimiento de algunas instituciones que conocen el trabajo que hago,eso sí, soy directo, soy claro y no me dejo enredar. No creo mucho en las instituciones y en el Estado, cortan el trabajo del artista y se lucran de él, no reconocen el trabajo fundamental que hacemos. Por eso, prefiero hacer algo más directo con la comunidad, así no haya un reconocimiento económico.

¿Por qué no crees en el Estado? ¿De hace cuánto viene eso?

Lo del Estado es algo más inherente a mí desde muy pequeño; he sido rebelde y anarquista, no creo mucho en lo que hemos creado como seres humanos. Nos hemos inventado un cuento para someter, desde la educación y el trabajo; hemos creado un Estado para esclavizar, eso me quedó claro en algún momento de mi vida y decidí no hacer parte de eso juego del Estado, de trabajar para pagar impuestos, el agua, por ejemplo, es un derecho, la educación igual. Me tocó pagar por muchas de esas cosas, pero consciente de que no tenía que ser así.

Es casi que imposible desprenderse del Estado que tiene todo agarrado, es como un pulpo, te dicen todo lo que tienes que consumir y comer, y eso enferma. Lo hace para que luego compres medicina que es otra enfermedad. Las personas son esclavos del consumo, el Estado es dueño de todo y la gente se lucra de los esclavos: consumimos, trabajamos y nos enfermamos. Voy tratando de liberarme y hacer de mi vida otra cosa.

Y el trabajo del artista, ¿por qué dices que es desacreditado por el gobierno?

El trabajo del artista es un trabajo de corazón, si eres artista se necesita que haya una transformación en un lugar. En mi caso, si no hay un incentivo no importa, todo se paga de alguna manera. El que da, recibe, es una ley natural, todo lo que haces en ayuda o en pro de los seres vivos te lo van a retribuir, de pronto no al instante, pero puede ser en años o se lo va a dar a tu familia. Por mí está bien si esa retribución se le da mi hija, a mi mama o a mi padre. Hay que dar sin pedir nada a cambio, tengo una visión altruista de la vida.

Foto: tomada por Somos / Toribio, Cauca.