¿Por qué carajos nos clavaron a Jesús en el himno? Ilustraciones: Juan Ruiz
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¿Por qué carajos nos clavaron a Jesús en el himno?

Santiago A. de Narváez - Abril 26, 2019

OPINIÓN | Jesús fue revolucionario al predicar el perdón y el amor. Y nuestro himno no es precisamente revolucionario (ni predica el amor o el perdón).

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Este texto hace parte de la columna: “Crónicas de la soberanía alimentaria”. Lea acá las otras entregas.

Voy a tratar de explicar con calma lo que pasó en semana santa. Lo que pasó y pensé. Hago el mayor esfuerzo por tratar de ser claro. Por ‘expresarme bien’. Pero entonces pongan ustedes algo de esfuerzo, ¿sí?

Gracias.

Es tradición que todos los viernes santos en este país, pero al parecer también en Jerusalén, llueva. No hay viernes santo que no llueva y eso es una verdad universal, tiene fuerza de ley. Este viernes no fue la excepción.

Salí de mi casa para la peluquería mientras mi prima tercera, católica ella, me hablaba sobre el Concilio Vaticano Segundo y sobre cosas de teología que yo, la verdad, no entendía muy bien. Pero entre sus palabras se alcanzó a colar algo que me atrapó antes de salir:

—…y fue así, con la teología de la liberación, que se metió en la Iglesia esa idea de que Jesús fue revolucionario y todas esas vainas que algunos creen hoy. Que Jesús predicaba el amor y todo eso…

Momento. Momento, momento. Si algo fue ese señor de chanclas galileas fue revolucionario. Alguien que predica el amor (y el perdón) con tanta insistencia, no me parece una figura menor. Ni poco rebelde.

¿Pero qué sé yo de lo que pudo haber dicho o no dicho un señor que hablaba arameo hace dos mil y punta de años?

A veces creo que uno de los más jodidos problemas heredados por nosotros es el de la pelea por la ‘lectura correcta’.  ¿Cuántas guerras no se han librado por cuenta del conflicto de las interpretaciones? Es difícil –o cuando menos, raro– ver a gente hoy en día defendiendo las guerras y las muertes, defendiendo el odio, por cuenta de un señor que predicaba el amor. Alegrándose de muertes al otro lado del Planeta por cuenta de un señor que predicaba el amor:

No fui capaz de contrariar a mi prima tercera (y además iba tarde para mi cita con el peluquero). Salí de casa y no volví hasta el domingo.

Al día siguiente, sábado, tenía planeado verme con unos amigos en la noche y así hice. (No hubo consumo de alcohol o marihuana a pesar de ser un día santo).

El sábado por la noche el hijo de Dios estuvo muerto, desde el viernes que había muerto en la cruz hasta el domingo que resucitaba. Lo que significa, por razones de la santísima trinidad, que Dios o parte de Dios estuvo muerto también. El hijo de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, ¿no es así que dice el credo que tantos rezan y repiten?

¿Qué significaba ese dato para la fe de un católico? ¿Qué significa para quienes creen en la resurrección de la carne que, al menos durante un día al año, el hijo de Dios no hubiera resucitado todavía?

Estaba yo en la casa de mis amigos –éramos unas doce personas– hablando de esto y haciéndoles estas mismas preguntas a ellos, cuando me topé con el infortunio de la mala expresión. Este texto habla al final sobre eso: sobre cómo a veces los malentendidos acaban con el amor. Sobre cómo a veces, cuando el lenguaje y el pensamiento se meten, fulminan al amor.

(Pausa para una información crucial, necesaria para que el argumento que viene tenga sentido: mi idea reciente del amor ha cambiado. Se acerca cada vez más al silencio, y a una experiencia –casi– mística que me sobrepasa. Tiene que ver cada vez menos con encontrar una persona especial y construir con ella conjuntamente un cambuche en el que resguardarse de la intemperie de la muerte. El amor se me expresa en las personas, sí, y hay amistades hoy en día que no me producen otra cosa mas que lágrimas de alegría. Pero tiene que ver, el amor, cada vez más con una experiencia que sobrepasa el lenguaje y a este párrafo inútil que no va a conseguir decir nada. Tiene que ver con la atención, la meditación y el silencio).

Yo estaba dándole vueltas a estas ideas en la noche del sábado y pensando qué significaba la ausencia de Dios en ese día. Y qué significaba –si Dios es amor, como muchos afirman– la suspensión del amor durante ese día y esa noche.

Estaba diciendo todo esto, pero me topé con un par de hermanos wittgensteinianos, para quienes las palabras son muy importantes. Cómo yo también creo que deben ser las palabras –esto es: precisas– aunque ese día pequé de traición al lenguaje. Lo que yo quería decir, ahora que lo pienso con perspectiva histórica, frente a mis amigos, era que no me parecía deleznable procurar por una vida no tan atiborrada de ruido.

Pero lo que salió de mi tersa jeta esa noche, en la que el hijo de Dios estaba muerto, fue esta linda joya:

—A lo que voy es que no pensar también es algo bueno. Y deseable, incluso.

Troya.

Fue troya.

Que cómo era posible, decían mis amigos, semejante ligereza ideológica. Que en el mundo contemporáneo es blando y tibio militar en la escuela del no-pensar, cuando lo que hay que hacer es pensar, y cada vez más, y de maneras distintas y nuevas. De maneras distintas, imaginativas y nuevas. Poderosas y salvajes y creativas. Enriquecedoras para el espíritu humano. Lo que significa también, entrelineas, narrar de maneras distintas y todo lo que se deriva de ahí, pero en fin.

Yo hablaba, en cambio, del silencio. Y que uno es apenas un testigo de sus pensamientos. Y un testigo con compasión ojalá. (Y que ojalá Wittgenstein me perdone la vaguedad de esto que escribo).

Que la vida con silencio es también interesante y creativa y mágica.

Pero entablar un debate taxonómico a las tres de la mañana –lisérgicos hasta las tetas– sobre lo que significa la palabra “pensar” no es una batalla que se libre sin muertos ni rasguños.

El caso es que ahora, reposadas las ideas, me mantengo en esa inquietud: la del silencio para nuestras vidas cada vez mas frenéticas y ruidosas y olvidadizas. Porque también es eso. En el fondo de todo esto (amor, lenguaje, silencio y pensamiento) también está la pregunta por la memoria: quién jijueputas se va a acordar el día de mañana que un finquero legitimó las masacres en frente de todo un país. Quién se va a acordar de que la portada de una infame y famosa revista fue alguna vez un titular que decía “La batalla del siglo”. Quién se acuerda hoy o se acordará mañana que hubo alguna vez un país, rinconcito del mundo, en el que se libró una batalla, que además fue centenaria. Y quién se acordará, para colmo, de quiénes fueron los protagonistas de esa batalla y por qué. Quién se va a acordar de algo, no digamos en cinco o diez años, sino mañana mismo. Dura muy poco la memoria en estos días que nos tocaron en suerte.

(Recodemos, por ejemplo, que la palabra “recordar” quiere decir en sus raíces latinas volver a pasar por el corazón. ¿Quién se acuerda hoy en día de una historia de Instagram a la que le dio un corazoncito de aprobación?)

¿Pero de qué estábamos hablando?

Hablábamos del amor. Y sobre el amor, dijo alguna vez una poeta clandestina: “soy de las que milita en el amor, si y solo si el amor es una fuerza creativa y no muerta (que lo es), desbocada como un caballo vertiginoso a velocidades de planeta (que lo es también y a toda mierda) y que nos pone en un lugar –o en un camino, mejor: la idea de movimiento es importante– que nos pone en un camino que es más, quizás, como una aventura”.

Decía entonces que frente a los pensamientos inquisidores que me venían, cual flechas envenenadas el sábado en la noche, yo defendía esa idea, la del amor como impulso creativo y poderoso y sobrecogedor. Y que esto no era nada nuevo. Que esto es algo que ya había descubierto Depeche Mode y también Jesucristo –mal leído el pobre– pero también Dante y Cervantes y los putos Rolling Stones. Y los Beatles. Y todos los grandes maestros de la vida que ya lo habían entendido todo de manera tan clara.

(Me impresiona y me asusta a veces la claridad de ciertas personas para agarrar el espíritu de su tiempo y para expresarse de manera precisa al mismo tiempo. ¡Cuánto quisiera yo ‘saber expresarme’!).

Nada es tan simple como parece, ni tan claro como se ve. Nada de lo que acabo de escribir arriba pudo salir cristalino de mi boca esa noche de sábado –quizás porque Dios andaba muerto, quizás porque el lenguaje no hace sino entorpecer la vida. Volví a casa el domingo con un sabor amargo por la expresión. Somos lo que expresamos y cómo lo hacemos.

Sobra decir que después de esa noche de excesos del sábado, sólo pude conciliar el sueño hasta bien entrada la noche del domingo.

Mi cabeza sólo daba vueltas y tuve que recurrir a varios inventos para tratar de quedarme dormido: me bañé, almorcé dos veces, me metí entre la cama, me puse a leer, empecé dos series de tv, sintonicé la radio, pero nada me hacía dormir.

Supe que ya iba siendo de noche cuando sonó el himno nacional. Seis de la tarde, Jesús resucitando.

La humanidad entera,

Pram, pam.

que entre cadenas gime,

Cuerdas, trompetas, prapa pa pam,

comprende

pram pa pam,

las palabras

del que murió en la cruz.

Chan chan-chan.

No podía ser. No puede ser, pensé al borde del delirio y la vigilia. (¿Cuánto podrá soportar una mente despierta antes de entrar directo a la locura?) No puede ser que celebremos como canción nacional, cada día, dos veces por día, la idea de que la humanidad gima entre cadenas. La idea de que el bien sólo germina entre campos de dolor. ¿Dónde está el amor en este país? ¿Por qué celebramos el sufrimiento con trompetas y tambores?

La estrofa primera del himno lleva escrito el verbo comprender. Pero –y me perdonarán los que defiendan todas las posibles interpretaciones de un texto– creo que no hemos comprendido nada. Como nación, como humanidad, como simples lectores del verbo.

No hemos comprendido las palabras del que murió colgado en el madero. Porque Jesús tenía la talla de un héroe y de un rebelde. En ese espíritu ardía la llama mística del que está predestinado a la liberación de un pueblo del yugo del dolor y de la muerte. Él era un poeta del poder y de la libertad.

Enseñó, si es que algo enseñó el predicador de alpargatas, que no hay que buscar la tierra prometida fuera o lejos de la patria en la que se vive. Porque todos sabemos que la tierra prometida es la tierra que amamos, la nuestra, la que cada día santificamos con el amor y la creación, la que también se llama Patria cuando somos dignos de ella: ésa de la que estamos desterrados hace ya largos años, en la que vivimos cautivos y muertos y a la que esperamos un día volver cuando ya no haya minas entre surcos de dolor.

Amé-n.

***

Santiago aparece por acá.

Y el video de la quincena: