“Mi padre se habría reunido con las víctimas”, dice el hijo del “Mono Jojoy”
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“Mi padre se habría reunido con las víctimas”, dice el hijo del “Mono Jojoy”

Colaborador ¡Pacifista! - Septiembre 22, 2016

"En la guerra el tema de la seguridad no era fácil, y sé que en la vida civil tampoco será", afirma.

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El hijo del “Mono Jojoy” dice que también está preparado para hablar con las víctimas de las Farc. Foto: Juan Arredondo
Por: Juan Camilo Maldonado

Durante muchos años, la imagen de Victor Julio Suárez , el “Mono Jojoy”, se convirtió en uno de esos rostros temidos de nuestra guerra. Como comandante del bloque Oriental de las Farc, el “Mono” –o “Jorge Briceño”- se ganó la reputación de liderar el ala más dura y militarista de la guerrilla. Fue el responsable, además, de custodiar a cientos de soldados y policías secuestrados, que cayeron en manos de ese grupo armado durante los años en que este dio sus más grandes golpes militares.

El “Mono Jojoy” murió en septiembre de 2010, en un operativo del Ejército que lanzó sobre su campamento 600 toneladas de bombas. En la guerrilla se dice que fue por cuenta de un chip electrónico que la inteligencia militar logró implantar en sus botas (“Briceño” sufría de diabetes y acudía a un solo proveedor de calzado). Lo que pocos saben es que en la selva quedó su hijo, Jorge Suárez, o “Chepe”, como lo bautizó su padre en honor al ‘Che’ Guevara.

Chepe es hoy uno de los 250 delegados de las Farc que esta semana se reúnen en los Llanos del Yarí para discutir y aprobar los Acuerdos de Paz de La Habana. En un pequeño receso, nos sentamos con él a conversar sobre su vida en Bogotá, donde creció en un colegio de clase alta, manteniendo en secreto su origen, para luego unirse a las Farc y acompañar a su padre hasta el día en que murió en su búnker bajo las bombas.

 

Chepe, ¿usted donde nació?

En un campamento de las selvas del Caquetá, en 1984. A los tres meses me llevaron a Bogotá, con una familia de la que aún no puedo dar detalles. Allá estudié hasta los 16 años, la primaria en el Claretiano y el bachillerato en el San Viator.

¿Y por qué no terminó el colegio?

En 1999, cuando iba para décimo, comenzaron las amenazas paramilitares. Nos llegaban notas. También comenzaron los seguimientos. Yo me montaba en la ruta del colegio, y veía cómo arrancaban a seguirnos siempre carros en el mismo punto. Así que no pude seguir estudiando. No tenía garantías.

¿Cuándo se entera usted de que su padre era líder guerrillero?

Yo creo que desde que tuve uso de razón. Ya a los cinco o seis años me contaban en la casa que mi papá era “Jorge Briceño”, que era un guerrillero. Me hablaban de su lucha y de sus ideales. Y desde entonces empecé a entender todo este proceso que estamos viviendo ahora. Durante esos años, tuve la oportunidad de venir unas cinco veces a su campamento. No fueron muchas las veces, por cuestiones de seguridad.

Debía ser difícil escuchar esas historias en la casa, ver cómo se vivía en los campamentos, y luego llegar a un colegio de clase alta bogotano a escuchar clases de sociales…

Sí, no era fácil. Además tenía que mantener todo en total secreto. No se lo conté ni a un solo amigo. Yo me dediqué a estudiar. A hacer lo que hacían mis compañeros. Y aunque ya para ese entonces yo tenía ideas socialistas, nunca fui el revoltoso del salón.

Usted llegó a la guerrilla siendo un adolescente, ¿qué fue lo que más le impactó de la guerra al llegar al monte?

La guerra no es fácil, pero uno se va adaptando. Durante estos 16 años me la pasé en medio de operativos, moviéndonos de aquí para allá. No podía uno ni ponerse a estudiar, cuando ya estaba escuchando al avión (bombardero) dando vueltas. La guerra para nadie es fácil. Es verraco. Pero desde el comienzo me sorprendió mucho el carisma de los guerrilleros, ver que en medio de las dificultades se unían para seguir adelante. Eso es muy bonito.

A su papá yo lo conocí a través de los noticieros. Nunca se me va olvidar la imagen del “Mono Jojoy” caminando entre los militares y policías encerrados en los corrales con alambre que armaron en el monte…

Tal vez los medios han hecho de él una figura violenta, pero él era una persona muy jovial, afable, siempre compartía con todos y buscaba el bienestar para la gente. Mucha gente se pregunta qué habría ocurrido si él hubiera estado vivo durante este proceso de paz. Yo estoy seguro de que si él estuviera hoy acompañándonos en la X Conferencia, estaría de acuerdo con la paz. En el Caguán, no hubo otra persona que pensara en la paz en Colombia como él: cuando las discusiones en la mesa se ponían tensas, él siempre estaba al tanto de que se lograran distencionar las cosas para poder sacar adelante el proceso.

Ser comandado por el papá es una experiencia singular, ¿qué aprendió de él durante los años antes de su muerte?

Con mi padre compartimos cuatro años. Siempre supimos manejarlo, porque nunca hubo preferencias. Yo era simplemente un guerrillero más. Eso no quita que no me diera consejos; muchos de ellos me han servido para llegar a este momento tan importante de nuestras vidas.

¿A qué momento se refiere?

A la paz. Y recuerdo que dos días antes del bombardeo en el que murió, estuvimos en el lugar donde él estudiaba: un búnker que tocaba hacer para poder tener luz en la selva, en medio de esos momentos de guerra. Ese día él me mostró una revista y empezamos a leer. Era 2010. Entraba la presidencia de Santos y salía Álvaro Uribe. Aquella vez me dijo que era muy importante que lográramos la paz en Colombia. Ahora que está llegando este momento, me parece muy importante que se pueda concretar eso.

¿En qué circunstancias estaba usted cuando ocurrió el bombardeo en el que murió su padre?

Nosotros estábamos en el mismo campamento, a unos cien metros de él. Ese día yo tenía que ir a su búnker a las 2:00 a.m. a leer con él la prensa, pero no me levanté. Cuando me desperté estaban ya cayendo las bombas allá. De haber ido, hubiera muerto con mi padre.

¿Qué efectos tuvo en la guerrilla la muerte del Mono Jojoy?

Fue bastante duro. Pero en las Farc siempre ha habido una línea de mando, y cada generación trae sus cuadros.

Ahora que la guerrilla ha comenzado a reunirse con las víctimas para pedirles perdón, ¿con qué víctimas cree usted que se habría reunido su padre?

Realmente no sé. Pero estoy seguro de que él hubiera ido a hablar con las víctimas. El problema de la guerra es tan complejo, que no ha habido otro acuerdo en que las víctimas sean el centro del proceso. Y nosotros tenemos que hablar con ellas. Lo que ha ocurrido recientemente (la reunión de Pablo Catatumbo y otros guerrilleros con los familiares de los diputados del Valle, en La Habana) es muy importante. Hay que generar esos espacios de reconciliación, porque es allí donde se valoran los sentimientos de los otros. Es ir más allá del odio. Si no se abre ese espacio, seguramente va a ser muy difícil este proceso.

Y usted, ¿con qué víctima querría reunirse para pedirle perdón?

No sé. Es muy importante hacerlo, pero no sabría decirte con quién.

¿En el curso de la guerra, nunca ocurrió algo de lo que hoy quisiera pedir perdón?

No, porque en estos 16 años yo estuve en las unidades donde se estudiaba y se andaba entre los operativos (del Ejército).

Usted pertenece al Bloque Oriental, la cual tuvo buena parte de la responsabilidad en la ejecución de los secuestros que realizó la guerrilla ¿Nunca estuvo involucrado con alguna unidad que cuidara secuestrados?

No.

¿Reconocerán las Farc a todos los secuestrados –”económicos”, políticos y militares– como víctimas?

Para eso es la Jurisdicción Especial para la Paz. Ahí es donde las ellas expresarán las dificultades que han tenido, y ahí se tendrá que hablar con las víctimas de los hechos.

¿Usted está preparado para hablar con las víctimas de las Farc?

Pues sí, de lo contrario la reconciliación es muy difícil.

¿Cómo se siente ahora que estamos cerca de la firma de la paz?

La paz es muy importante. Claro, no es tan fácil, pues durante mucho tiempo los medios deshumanizaron a las Farc. Se hablaba de bombardeos, de cinco, diez muertos, y esto se nos volvió normal. Ahora estamos pudiéndole dar la cara a Colombia. Nuestra cara, que no había sido vista antes. Y hemos podido interactuar con ellos. Eso a su vez ha facilitado que lleguen los familiares de muchos guerrilleros a esta zona. Es muy bonito ver estos reencuentros. Ver a los guerrilleros tomarse fotos con sus hermanos, primos, y ponerlas en su Facebook…

¿Así que los guerrilleros ya están abriendo cuentas en Facebook?

Algunos. Ahí poco a poco vamos con las redes.

¿Cómo se imagina su vida de cara a un año?

Bueno, por ahora iremos a las zonas transitorias. Esto va a ser un proceso largo. Hay que capacitar a los guerrilleros para que puedan reincorporarse a la vida civil: es importante que la gente tenga asistencia técnica y les homologuen sus conocimientos para los trabajos que se vayan dando dentro de los proyectos que tenemos. Por ejemplo, las cooperativas con las comunidades. Yo, por mi parte, quiero continuar con mis estudios, aunque no sé aún qué quiero estudiar.

Y en materia de seguridad, ¿se siente tranquilo?

En la guerra el tema de la seguridad no era fácil, y sé que en la vida civil tampoco será.

¿Le preocupa que le pase algo?

Sí, pero es que yo desde que nací estoy preocupado porque me pueda pasar algo. Cuando yo estaba en Bogotá, vivía pendiente de que llegaran a tumbar la puerta. Pero pues hay que asumir esos eventos para poder sacar adelante todo esto.