‘Es un error pensar que los niños no tienen noción de la muerte’ | ¡PACIFISTA!
‘Es un error pensar que los niños no tienen noción de la muerte’
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‘Es un error pensar que los niños no tienen noción de la muerte’

Colaborador ¡Pacifista! - mayo 7, 2017

Lo dice Anais Vaugelade, la reconocida ilustradora francesa que habló con !Pacifista! sobre “literatura infantil contra la guerra”.

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La ilustradora francesa Anais Vaugelade en la FilBO. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Desde un príncipe solitario que detesta la guerra, hasta una niña amiga un lobo. La ilustradora francesa Anais Vaugelade trata de romper los estereotipos para cambiar los valores de los más pequeños. Una “literatura contra la guerra” repleta de animales que escapan de su modelo tradicional como para enmendar los males que otros causaron en unos cuentos clásicos, a menudo marcados por la violencia. A sus 44 años, mantiene una enorme vitalidad para dibujar a uno de sus personajes: Trac, un cocodrilo que pinta en cada uno de los libros que sus lectores le piden firmar. Fue una de las invitadas a la Feria del Libro que termina el lunes.

¿Por qué es importante hacer ilustración infantil contra la guerra? ¿Qué le llevó a dedicarse a ello?

Por mi vida y mi convicción, por mis actividades militantes, siempre he luchado contra la guerra. Mis libros me dan la posibilidad de verter todo lo que puedo entender como individuo. Jamás he hecho un libro para transmitir mis ideas. Hay autores que lo hacen bien, pero yo no trabajo así. Alguna vez me han pedido hacer dibujos para prensa y no lo sé hacer. Es malo, burdo, no es mi manera. Necesito digerir y luego ir al punto preciso de lo que quiero decir. Seguro que el resultado es porque estoy contra la guerra, como todos los autores seguramente, pero no es un objetivo consciente.

El hecho de que las ilustraciones sean para la infancia en lugar de para adultos, ¿es una cuestión de estilo o de convicción de la necesidad de educar a los niños?

Cuando comencé era demasiado joven para decir que iba a hacer libros para niños por convicción. Tenía apenas 19 años. Pero encontré que hacer cosas para adultos me interesaba menos porque tenía la impresión de que era más obligado y ya había muchas cosas. Cuando te diriges a un niño es como poner un pie sobre nieve virgen. Es otro impacto. Es cierto que cuando llego a transmitir a un niño algo de mi corazón, es evidentemente una doble satisfacción.

La literatura infantil tradicional ha empleado a menudo la guerra, las batallas, la violencia en sus historias. En tus ilustraciones tomas esos estereotipos de historias y personajes y les das otro significado. ¿Consideras que tú propuesta actual rompe con esa tradición?

Toda esa literatura tradicional como Caperucita Roja o de los hermanos Grimm son cuentos más para adultos. Es una tradición oral recopilada. Cuando se reunió esa tradición oral no fue un trabajo para niños, sino un trabajo de antropología para conservar la tradición. Si hay una intención de dirigirse a los niños es para transmitir una idea moral. Por ejemplo en 1780 se ilustró el primer cuento infantil, verdaderamente con esa idea moral de dar miedo a los niños. Pero Caperucita Roja se inventó para decir “si no haces caso a tu madre, el lobo te va a comer”. No para que alguien dibujase un lobo comiéndose a una abuela. Es muy diferente. Ese primer libro ilustrado en 1780 utilizaba dibujos muy explícitos, sangrientos, que hicieron que la sociedad rechazara el cuento.

Portadas de ‘Una sopa de piedra’ y ‘Zuza’, de Vaugelade.

Se puede decir que en cada país y en cada época, el libro ilustrado paraniños ha ido evolucionando de manera diferente. Por tanto, no se puede decir que yo haya hecho una ruptura. Por ejemplo, en mi libro El niño que no conoce el miedo es una adaptación de un cuento de los Grimm que es atroz. Cuando era pequeña me impresionó y ahora creía que tenía algo que decir a través de ese cuento. Cojo un lobo malvado e ilustro lo que para mí significa ese lobo. Ese es mi estilo.

Aseguras que cada país tiene su literatura infantil. Pero los valores literarios, como los males de la guerra, con frecuencia son universales. ¿Se entiende igual uno de tus libros en Francia que en un país que vive un conflicto, o lo ha vivido recientemente, como Colombia?

Puedo contar una anécdota sobre Alemania. En mi libro titulado Una sopa de piedra pensaba en mi abuelo, que decía: cuando eres viejo, las cosas no son como quieres, sino como puedes. En ese libro el lobo, ya viejo, hace las cosas como puede. Si el lobo no se come a las gallinas no es porque no quiera, sino porque no puede. Al final, se acaba haciendo amigo de los animales de la aldea, que antaño se hubiese comido. En Alemania todavía sienten miedo de la vuelta del nazismo. Está esa idea de observar a los vecinos para que no vuelva a generarse un extremismo. En Alemania ese libro tuvo mucho éxito porque se entendió como que el lobo quería comerse a las gallinas, pero heroicamente aparecieron los gallos e impidieron la catástrofe. Un cuento universal es aquel que está perfectamente compactado para que cada lector entienda lo que quiera. Trato de hacer libros como una pastilla de caldo y cuando uno lo mete al agua, se convierte en la sopa que quiere. Esa sería la metáfora.

Y entre esas diferentes interpretaciones, ¿cuál sería la diferencia de lectura entre un niño francés, que nunca ha vivido una guerra en su mayoría, y un niño colombiano que sí ha vivido un conflicto?

Me avergonzaría de dar una opinión de cómo un niño que ha vivido una guerra puede entender mis historias. Por anécdotas sé que hay niños en Francia que han vivido experiencias difíciles que adoran mis libros. Una animadora que trabajaba en un orfanato que me contó que había un niño que no quería guardar mi libro en la biblioteca, sino que lo quería todo el tiempo a su lado. Dormía encima de mi libro. No puedo decir qué pasa por la cabeza de ese niño.

“A un niño nunca le extrañaría ver un personaje rubio de nombre árabe, a los adultos sí”

Por el momento actual en Colombia, ¿es todavía más necesario este tipo de literatura infantil enfocada contra la guerra?

Los niños tienen el mismo sentimiento que los adultos. Es un error pensar que un niño no tiene noción de lo que es la muerte. Nos resistimos de hablar de cosas sensibles con los niños. Y si no hablamos de eso, los estamos dejando solos. Los adultos creemos que porque han vivido cosas difíciles tenemos que distraerlos con juegos. Lo hacemos por la creencia de formar a un niño animado. Pero no le hacemos ningún servicio a ese niño: solo ante los verdaderos problemas.

¿Se puede comparar a tu gran protagonista, la pequeña Zuza, con Mafalda?

No, porque Mafalda tenía una intención política, mientras Zuza es sólo una niña explosiva. No hay ninguna sátira ni mensaje para los adultos. Zuza está llena de emociones, pero sin ese pensamiento político tan articulado como Mafalda.

Para escribir para niños, habrás tenido que comprenderlos primero. ¿Qué significa la palabra ‘guerra’ para un niño?

Nunca les llamo niños. Creo que cada niño es diferente. Adoro hablar con ellos. En ocasiones he leído mis libros en clases y luego hemos debatido sobre la muerte, el conflicto y cualquier otro tema. Eran niños de tres años y han surgido las respuestas más abstractas y metafísicas que podamos imaginar. No encontraría una de ellas para destacar.

En esas lecturas en colegios, has trabajado a menudo en barrios periféricos de París donde hay mucha inmigración. En tus libros, empleaste en una ocasión un niño protagonista llamado Amir (nombre árabe) y era rubio. ¿Cómo funcionó esa propuesta? ¿Por qué la literatura infantil no refleja todavía esa diversidad?

Ese libro no tuvo mucho éxito y la primera explicación que me dieron fue que era extraño un niño con nombre árabe y rubio. Yo tengo amigos árabes y rubios. A un niño nunca le extrañaría ver a un niño árabe y rubio en sus cuentos, pues tienen un gran poder de abstracción, pero al final los que compran el cuento son sus padres.

¿Ha resultado difícil vender al público esa nueva propuesta de literatura infantil?

En la editorial donde trabajo, L’école des loisirs, tiene una política muy particular en Francia: tiene dos editores, uno artístico y otro comercial. El editor artístico hace exactamente el libro que le gustaría. Y luego el editor comercial se rompe la cabeza para vender ese libro que no  necesariamente tiene una vocación muy popular. Este editor comercial decidió vender los libros a un precio no muy caro y que permite una difusión enorme. Es un libro de autor con una difusión popular.