El grito por la paz de las mujeres indígenas de la Sierra Nevada
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El grito por la paz de las mujeres indígenas de la Sierra Nevada

Colaborador ¡Pacifista! - Junio 15, 2018

Esta la historia de un grupo de  mujeres que, además de preservar la cultura indígena, lucha sin cesar para sostener lo alcanzado con el Acuerdo de Paz.  Por: Santiago de Narváez

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Fotos: Sebastián Comba

La Escuela

El salón es grande. Cada vez que se abre la puerta de vidrio, alguien pide que la cierren rápido para que no se escape el frío. La temperatura está regulada por seis aparatos blancos –seis máquinas de aire acondicionado- que con disciplina han enfriado el lugar para que el encuentro siga. A esta hora del día, la ciudad expulsa a la gente a las casas, a las tiendas, las expulsa a los rincones de sombra donde, ojalá, un ventilador permita que la vida continúe. A esta hora las calles están vacías.

Acá, mientras tanto, en la Cámara de Comercio de Valledupar, hay más de setenta mujeres indígenas reunidas para discutir la implementación de los Acuerdos de Paz.

Falta una semana para las elecciones presidenciales.

Cada comunidad pasa al frente del salón, agarra el micrófono y se presenta. Hay cinco etnias indígenas acá reunidas. Muchas de ellas no se conocen. Y van a estar en un mismo espacio durante dos días haciendo parte de talleres que buscan fortalecer las capacidades de las mujeres líderes indígenas.

Están acá porque fueron invitadas por la Escuela de formación política regional que organiza la Cumbre Nacional de Mujeres y Paz con el apoyo de la Unión Europea. El objetivo de la Escuela es que las mujeres tengan herramientas para llevar a cabo acciones de incidencia en sus comunidades a partir de lo establecido en los Acuerdos de Paz, desde un enfoque de los derechos de las mujeres. Desde el 2017, la Escuela ha contado con la participación de mujeres de más de 19 departamentos.

Ahora mismo, en el salón, hay líderes campesinas, niños, mujeres líderes indígenas, está la prensa regional, periodistas que vienen desde Bogotá a cubrir estos dos días de talleres.

–¿Qué acciones han adelantado ustedes en temas de paz? ¿Qué han hecho como organización para apostarle a la paz?  –pregunta Nelly Velandia, presidenta de ANMUCIC, una de las ocho organizaciones que conforman la Cumbre de Mujeres y Paz y una de las talleristas para estas jornadas.

–Bueno, ¿qué hemos hecho por la paz?  –responde una de las indígenas Kankuamo, mientras las demás la escuchan–. Lo primero que creo que hemos hecho es unirnos como mujeres.

El dolor que se convierte en llanto que se convierte en risa que se convierte en rostro

La Maye tiene la cara bonita de tanto llorar, aunque mientras hablamos no suelta ni una queja ni una lágrima ni un reclamo, solo la voz costeña y dulce de matrona vieja. Es indígena kankuama. “Te voy a contar la historia de mi vida”, dice como disculpándose y cuenta que se casó a los 18 años, en 1974, y que es madre de 10 hijos. “Yo entré a La Asociación Nacional de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas de Colombia (ANMUCIC) en el 86. En ese momento no había en nuestro territorio asociaciones de mujeres. Nosotras estábamos apenas conformadas como mujeres artesanas en la comunidad de La Mina. Entonces en esa época, cuando ya estábamos de artesanas, nos llegó ANMUCIC allá. Vieron que teníamos la asociación de artesanas y nos decían que nos uniéramos. Yo acepté que ellas nos ayudaran a formar la organización allá. Hicimos entre todas tres galpones de pollo, tanques de agua, nos dieron 106 chivos y empezamos desde ahí a trabajar con ANMUCIC”.

Luego llegó la guerra, dice La Maye. “Los pollos nos los robaban los paramilitares que llegaban, la guerrilla también. A las representantes de la organización les tocó irse porque las amenazaron. Una se fue para Canadá. Y ANMUCIC quedó desamparada. Eso hacia el año 2000. A mí me dio duro el conflicto. Cuando estaban los paramilitares nos mataron como 300 y pico de personas. Y yo me le enfrentaba a la guerrilla, a los paramilitares: les hacía sentir de que ellos también son seres humanos, de que ellos también tienen mamá, también tienen papá, tienen sus hijos. Les decía a ellos: ustedes no nacieron de la manga de una camisa, ustedes salieron de la parte de una mujer. Me le enfrentaba y gracias a Dios nunca fui amenazada”.

La Maye.

A mi esposo y mi hijo sí me los agarraron, dice Maye.

“Cerca de La Mina, en el río Badillo, hay un puente, y cuando sonaba ese puente y uno sentía los burros pasar ya sabíamos que eran los paramilitares que venían. Y muchos ancianos con sus bastones corrían la loma, muchos niños gateando salían detrás de su mama, corríamos todos hacia la selva para que no nos mataran. Porque a las 4 de la mañana los paras ya estaban tocando la puerta matando la gente. Muchos de nuestros maridos que salían a buscar el pan de comer para darles a sus hijos volvían en hamacas a la serranía: muertos. Muchos de nuestros hijos quedaron en la carretera. Nos dolía mucho cuando teníamos que pisar la sangre de nuestros hermanos en la carretera. Fue teso, nene, teso”. Y en estas últimas dos palabras a La Maye se le sale todo lo honesto que hay en su voz.

Hace como cinco años se nos presentó Nelly. Se nos presentó Nelly, dice La Maye, pero no se sabía en ese momento quién de la organización estaba muerta, quien se había ido, a quién habían matado. Nelly se acordaba de La Maye en el Cesar. “Llegó acá y le dijo al Alcalde que necesitaba que la contactaran con La Maye. De eso hace cinco años. Enseguida el Alcalde llamó a mandar a La Maye, dice La Maye en tercera persona, a decirme que me necesitaban urgente. Ahí fue que conocí a Nelly. ‘A usted era la que buscaba’, me dijo Nelly. Y eso fue la alegría más grande.

Cuando Nelly se reunió conmigo yo ya fui a Bogotá, nos encontramos cada representante de cada departamento. Llorábamos porque hacía tanto tiempo que no nos veíamos y eso era una alegría muy grande para nosotras. Y echamos a recordar las que se fueron, las que murieron, las que mataron. Ya después fue que llegaron los Acuerdos de Paz y le dimos potestad a Nelly para que nos representara en La Habana.

Empezábamos a hacer ese descargo entre nosotras de todo lo que habíamos llorado”.

Nosotras tenemos una historia, dice La Maye. “Y nos sentamos a contarnos las historias y esas historias nos dan duro porque en parte lloramos, en parte nos reímos y en parte nos da mucho dolor. Empezamos a capacitar las mujeres acá. Yo capacité 60 mujeres en el territorio, donde encontramos muchos muchos muchos dolores. Y hay gente que dice que gracias a La Maye yo ya superé esto. Pero no es fácil. Tenemos que prepararnos mucho para llegar a un perdón”.

Yo le pregunto a las mujeres: ¿tú eres víctima? Sí yo soy víctima, dice La Maye que le responden las mujeres cuando les pregunta. Y por qué eres víctima, les pregunta Maye. Pues porque me mataron a mi hermano, le responden a ella. ¿Qué te hace recordar a tu hermano? Cuando éramos niños y nos íbamos para el rio y mamá nos regañaba, y muchos recuerdos. Y yo le digo, dice la Maye: y sí yo fuera para allá, mañana, ¿qué le mandarías decir a tu hermano? Y se van en llanto. Que lo quiero, que lo recuerdo, cuando íbamos al río, cuando nos tirábamos, cuando mamá nos regañaba, le responden a la Maye mientras ella dice que las consuela. Son cosas que las mujeres dicen y esas mujeres loran y lloran y lloran. Y cuando las hago llorar todo eso, ya viene otra dinámica que ellas se van a reír a reír y a reír y ayudar a subsanar todo ese dolor. Y hoy en día ellas echan el cuento y no lloran. Pero ellas dicen: gracias a La Maye nosotras no. No seguimos llorando.

“Entonces nosotras hablamos con ellas, les ayudamos a subsanar ese dolor ayudándolas a que boten todo eso. Porque el Gobierno nunca ha llegado a decirnos: aquí estamos nosotros para apoyarlos psicológicamente, párense. Nosotras ahora echamos el cuento y ya no lloramos”, dice La Maye. “Es más bonito reír”.

 ‘La paz es que las mujeres tengamos garantías de nuestros derechos’: Nelly Velandia

Nelly Velandia es, desde hace más de 30 años, una líder campesina que lucha por los derechos de las mujeres y la mejora de las condiciones de vida de las mujeres rurales. Desde hace más de 30 años está vinculada a ANMUCIC y acompañó proyectos de ley que permitieron, entre otras cosas, la titulación para mujeres cabezas de familia o el derecho a estar en la junta del Incora. En años recientes apoyó, desde la organización, la Ley de víctimas y de restitución de tierras. Participó en la comisión de mujeres expertas en temas de género que estuvo en los diálogos de La Habana y que fue determinante para que los Acuerdos incluyeran un enfoque de género transversal a todos los puntos. En mayo de este año también viajó a La Habana para presentar propuestas, como representante de la Cumbre de Mujeres y Paz (hace parte del comité político de la Cumbre), en este caso en los diálogos con el ELN. Estos dos días fue la tallerista en la Escuela de formación con mujeres indígenas acá en Valledupar.

Jackeline, mujer indígena wayúu.

Nos sentamos a hablar en el lobby del hotel cuando ya la Escuela ha terminado.

– ¿Cuál es la función de estas Escuelas? ¿Para qué sirven?

–Yo creo que es un poco precisar algunas cosas que tienen los acuerdos, aunque algunas habrán leído, pero también hay que precisar el objetivo de los acuerdos. Que ellas comprendan qué fue lo logrado para las mujeres y que ellas también tengan herramientas para incidir en sus comunidades. Que se devuelvan a sus comunidades con elementos políticos y técnicos para que en esos espacios puedan hacer un buen trabajo.

– ¿Cómo viste al grupo de mujeres que vino a participar en la Escuela?

–Yo noté que saben bastante de los acuerdos. Me siento muy contenta con el resultado de la escuela. Porque vinieron muchas y vinieron las que debían venir. Y sorprendida de esa capacidad de análisis, de cómo han avanzado, de ese compromiso, que no comen entero, que están dispuestas a seguir luchando, que tienen un compromiso con sus comunidades, un compromiso a trabajar en equipo.

– ¿Desde la Cumbre de Mujeres y Paz, ¿cuáles son los principales retos que hay en la implementación de los acuerdos?

–Retos hay muchos, el problema es que todo esto está de un hilo. Y de hoy en ocho, la decisión que tome el país va a ser fundamental. La angustia es retroceder. Eso sí nos tiene muy angustiadas: el retroceso frente a lo avanzado. Todo lo que se ha sufrido en 50 años y llegar a los Acuerdos para tener que regresar. Y no tener la capacidad de defender los acuerdos y quedar en manos otra vez de mucha gente que promovió la violencia, el saqueo de los recursos, que promovió también que las tierras pasaran a otras manos.

– ¿Se han sentido oídas por parte de algún candidato?

–Yo creo que con Petro un poco. Porque además él está del lado de estos acuerdos de La Habana. Y Ángela María que le ha trabajado mucho al tema de las mujeres. De Duque no sé. Pero veo que no, que no está en la línea de respetar los Acuerdos y habla de hacerle unas reformas, pero reformas ¿en qué? Cualquier reforma que le hagan, tiene un impacto. Nos preocupa el retroceder en algunas cosas como la justicia, la JEP, lo que están planteando de las Cortes. Entonces uno dice entonces esto en manos de quién va a quedar. Hay mucha incertidumbre.

– ¿Crees que se puede construir paz con el modelo económico actual?

–Para nosotras la paz no es solamente acallar los fusiles. La paz es también que se logre y se garantice los derechos de las comunidades y las mujeres en el sector rural. Por ejemplo: va a haber un proyecto de extracción minera ¿qué impacto tiene ese proyecto en los jóvenes, en lo social de las comunidades? Sabemos que con la extracción minera viene el dinero fácil, la prostitución, muchas cosas. La paz es muchas cosas. La paz también es que se tengan garantías de nuestros derechos. Si las mujeres necesitan participar políticamente y no hay esas garantías, ¿de qué paz estamos hablando? La paz tiene que ser integral.

–Por eso te preguntaba, el modelo económico…

–No, no no. Digamos, es un modelo extractivista, un modelo de los mega proyectos, no es un modelo que asegure que haya una soberanía alimentaria, un modelo agro exportador pero de grandes capitales, de grandes producciones. Pero no es un modelo donde haya una equidad social, equidad con el ambiente, que busque una justicia social, económica. Al contrario, se aumenta la pobreza. El tema del hambre.

–¿Hay que replantearse el modelo?

–Claro, claro. Y eso es un punto donde el Acuerdo de La Habana no quedó claro.

– ¿Ni si quiera en el punto de tierras?

–No, hay cosas importantes de avance. Pero el modelo como tal, falta mucho más. Y mientras no haya un cambio sustancial de los gobernantes comprometidos con un cambio estructural va a ser difícil.

– ¿Cómo ves el futuro de esto?

–Las mujeres somos paz. Y eso debemos promoverlo. Y tenemos temores de que esto se vuelva a atrás. Y que las mujeres vuelvan a perder a sus hijos. Así, ¿qué futuro puede haber?

–Nelly, ¿para ti qué significa ser líder?

–Uigh. Líder es mucho. Para mí, líder tiene que ver con una misión, tienen que ver con un compromiso político, tiene que ver con deponer muchos intereses personales, con ser arriesgada a servir, es tener un compromiso político con la gente, con el territorio. Para mí líder tiene que ver con entregar mucho de uno mismo, que no es fácil, con ser comprometida, ser responsable. Líder es mucho.

– ¿Estas mujeres que estuvieron estos dos días son líderes?

–Claro. Sí. Son líderes en sus comunidades, son líderes que están dispuestas a hacer el cambio, son líderes que buscan verdaderas transformaciones, que les duele el dolor de la gente, que no están dispuestas a ceder, que buscan verdaderos cambios para superar las causas del conflicto. Ser líder es un compromiso, una responsabilidad y una misión.

La palabra como poder

Por ser la que mejor se expresaba en español, la comunidad arhuaca envió como delegada a Leidy Karina Izquierdo a Valledupar para participar en estos talleres. “Yo aprendí a hablar español a los doce años y tengo 19”, dice. “No llevo tanto tiempo hablándolo. Saber español es muy importante porque en general en Colombia cualquier cosa para reclamar, o pedir o estudiar es básico. Sin el español es muy difícil. Imagínese para reclamarle al Estado sin saber español, ¿cómo hace uno?”, pregunta Leidy retórica en el idioma que ella y yo conocemos. Es, desde hace medio año, delegada encargada en representación de las mujeres arhuacas de la Sierra Nevada y lideresa del municipio de Pueblo Bello, Cesar.

“Nuestra participación como mujeres en la comunidad ha sido desde el año 2015, antes de eso nunca hubo esa participación”, dice Leidy. Y dice que  vienen enseñando la capacidad que tiene cada mujer y cuál es su rol dentro de la comunidad. Enseñarle cómo debe ser la participación. “Hemos reunido más de 800 mujeres y el trabajo es enseñar cuál es el acuerdo y dónde y cómo debemos aportar como mujeres. Somos el equilibrio de los hombres. Los hombres no pueden hacer lo que ajá, lo que a ellos les conviene. Porque si nosotras no les damos esa fuerza, no va a ser igual. El equilibrio lo trabajamos tanto en hombre como en mujer. Porque las mujeres también necesitan del hombre para el equilibrio”.

Leidy, indígena de la Sierra.

Leidy es menuda y maciza pero no se asusta fácil si le toca hablar en público. Tiene la fuerza en su voz que a su vez se apoya en el conocimiento de los principales problemas de su comunidad. “Yo decía que el liderazgo no es tanto el que hable más sino el que conozca su pueblo y defienda sus derechos. Uno que ya tiene más o menos idea pues puede ayudar y trabajar mejor”, dice Leidy y me dice que lo que han buscado en estos últimos años es que las mujeres tengan la misma oportunidad, con la misma toma de decisión como lo tienen los hombres. “Que las mujeres también tengamos esa oportunidad”, dice.

Y dice que de unos años para acá han venido participando en política y ya tienen mujeres que son gerentes de los puestos de salud, o delegadas o magistradas. Y que están con la iniciativa de lanzar una candidata arhuaca para la alcaldía de Pueblo Bello el próximo año. Porque a pesar de que la población del municipio es 85% arhuaca, desde que se conformó como municipio, hace 19 años, Pueblo Bello no ha tenido un alcalde arhuaco. “Antes como que no nos interesaba tanto el tema político. Éramos muy alejados de eso. Ya nos interesa un poco más. Nos dimos cuenta de que sí era necesario participar en temas de política relacionado con el Acuerdo de Paz. Porque si no conocemos nuestro municipio políticamente ¿cómo le vamos a aportar al municipio?”.

Le pregunto por el tema político a nivel nacional. ¿Se han sentido oídas por alguno de los dos candidatos que competirán en la segunda vuelta?

“Pueblo indígena sin tierra, no es indígena”, responde Leidy y parece que se desvía. Pero sigue: “una de las cosas que sí tenemos claras es que Iván Duque dice no más resguardo indígena en Colombia, eso es grave. También la Minga que hubo el año pasado, cuando hubo más de 2.000 arhuacos aquí en Valledupar, pedía que se declarara la Sierra Nevada libre de minería. Usted sabe que en ese tema Iván Duque no lo apoya. Entonces nosotros vamos con Petro. Él reconoce y ve que los pueblos indígenas y campesinos son el que mantiene el país, no son los bunachi (el hombre blanco). Pero otros candidatos no reconocen eso. Vamos a votar con Petro, no digamos para cambiar el país, pero sí para aportar un grano de arena que sostenga y mantenga los Acuerdos de Paz. Porque también Petro va ligado a la paz. Y eso toca defenderlo, porque la paz nos costó”.

Lo que el hombre a veces no entiende

“En el 93 el EPL nos mata un líder”, dice Ana Iris Lopenera, indígena wiwa de la comunidad Marokaso. “Varios líderes nos mataron allí. Yo cuando ese entonces tenía ocho años y recuerdo cómo mataron a ese líder, dice ella. Porque uno de niño recuerda. De ahí ha venido el desequilibrio. La persecución que tienen con los líderes. El temor de algunas mujeres a hablar. Temor porque les vayan a hacer daño. Cuando salió lo de la Represa Ranchería, por ejemplo, nosotras nos opusimos. Y nos mataron a un líder que se oponía a ese proyecto. Según parece, dicen que fueron los paramilitares aunque no hay todavía claridad. Y empezaron a matarnos a los líderes. Eso fue muy tenaz para nosotros”, dice Ana Iris.

“Nos secuestraron y nos mataron a los líderes”.

Las mujeres entonces tuvimos que salir, dice. “Las mujeres tuvimos que salir para guardar a nuestros líderes. ¿Qué hubiera sido si no hubieran estado estas mujeres fuertes?” Tuvieron que salir a liderar, dice Ana Iris, porque la persecución era hacia los hombres. “Entonces la estrategia nuestra fue: si nos están persiguiendo a los hombres, pues salgamos nosotras. Y comenzamos a despertar. Y hoy en día eso nos ha servido. A la consejera nuestra, Alejandrina Pastor, yo la admiro mucho. Porque cuando hubo esta matazón y esta persecución ella cogió los pantalones de hombre y asumió todo esto”.

Ana Iris, indígena Wiwa.

Y les ha servido, por ejemplo, para luchar por el uso de su territorio. Para salir y decirle al Gobierno que no están de acuerdo con el uso que el Gobierno le da a su territorio, porque el territorio es, a la final, de ellos. Y ellos lo cuidan. “Tanta minería…”, dice Ana Iris. “¿Por qué los pueblos indígenas nunca vamos a ser partícipes de la minería? Porque si en mi territorio hay un proyecto petrolero y llegan y nos sacan porque ahí hay petróleo, es como si tú me sacaras la sangre a mí. La tierra queda debilitada. Era tan valioso para nosotros este territorio que quedó inundado por la Represa Ranchería. Esto era tan valioso”, dice Ana Irisis con la mirada mojada. “Teníamos una diversidad de agua, de flora, de todo. Y hoy en día todo se nos acabó. Todo. ¿Y por qué? Por culpa de la represa”.

“Para el Estado la minería y el petróleo es desarrollo, para nosotros es pobreza. A veces esto es lo que no entiende el gobierno. Para ellos un cerro, una loma, no significan nada, pero para nosotros sí. El agua para nosotros es mujer. O la coca: para los cuatro grupos de la Sierra la coca es muy importante. Porque ahí está representado el hombre. Si el hombre y el Estado se dieran de cuenta cuando arrancan la coca, si se dieran cuenta que cuando hacen la cocaína es el mismo hombre el que se está destruyendo. Es como si le arrancara el pene al hombre. Eso es lo que ellos no entienden”, dice Ana Iris. “Lo que el hombre a veces no entiende”.

¿Quién cuenta la verdad?

“A nosotras no nos interesa, después de haber vivido la barbarie, de haber perdido familiares, hijos y madres, no nos interesa tanto el tema de las garantías y de la no repetición, como el de la reparación. Lo de las garantías y no repetición sigue siendo fundamental y la bandera de esto, pero ¿cómo nos reparan? En ultimas a nosotras como mujeres indígenas, como mamas, abuelas, nos interesa saber el porqué y el dónde. Y nos interesa saber esa verdad que se nos ha ocultado. Entonces, si hay los mecanismos –como la JEP o la Comisión dela Verdad–, nosotras tenemos la oportunidad de recabar esa información y poder encontrar esas historias en que nos vulneraron, en que usaron nuestros cuerpos, nuestros territorios y nuestras familias como parte de la guerra. Se trata un poco contar eso”.

La que habla es Jakeline Romero, de la organización Fuerza de mujeres wayúu. Jakeline tiene un tío desaparecido desde hace más de 25 años. Su abuela murió esperando a su tío. Y para su abuela, para toda la familia, la única reparación que hubieran querido era darle sepultura. Enterrar sus huesos. Poder hacerle su segundo velorio como pueblo wayúu. Y eso, dice Jakeline, es algo que les duele. Porque no tienen verdad. “No tenemos verdad”, dice.

Pero ¿quién narra la verdad?

Jakeline dice que una de las cosas que les preocupa como organización, de cara a la implementación de los Acuerdos, es el desbalance en la participación. “Para que realmente haya verdad, se tiene que tener condiciones claras y criterios concretos para que todos los sectores participemos. Que las indígenas participemos. Que las campesinas estén ahí. Que las mujeres afro participen. Pero todas desde su mirada de mujer. Nos gustaría que en estos mecanismos que se han creado pudiera haber esta mirada particular, que pudieran escuchar la voz de las mujeres. Y que hubiera las condiciones y facilidades para que nosotras podamos acceder a presentar esos informes. A contar la verdad”.

¿Crees que el conflicto se ha narrado principalmente desde la voz del hombre?, le pregunto.

“Sí, yo creo que sí. Y lo hemos vivido en todos los sectores, desde las mujeres indígenas que hemos parido hijos para la guerra, somos nosotras quienes hemos quedado viudas. Pero el conflicto se muestra como eso: como la confrontación de dos actores y los que estamos en el medio somos los pueblos, las zonas campesinas, pero nunca se ha contado de cómo ha afectado esto. Digamos que no ha habido la intencionalidad institucional de decir que se tienen que crear estos espacios para nosotras. A pesar de que la Corte lo ha dicho. Hay jurisprudencia sobre eso. Pero el gobierno quizás no le ha dado la suficiente importancia  que se cuenten las cosas desde la voz de las mujeres. Desde la mujer. Eso sigue siendo creo como una deuda ¿no?

El tema de la verdad va a depender mucho de qué es lo que vamos a contar. Porque de ahí también saldrá de quien o de quienes se va a contar la verdad. Y ahí va a primar quién. Tiene que haber esos dos componentes para poder contar la verdad: qué se cuenta y quién cuenta”.

Jakeline suelta una risa auténtica, de carcajada pura (y ternura conmigo) cuando le pregunto si se han sentido oídas como mujeres indígenas por alguno de los candidatos.

¿Por qué te da risa?, le pregunto.

No, es que el tema político…no…

Pero esto que me estabas contando de la verdad es al final un tema político también ¿no?

Bueno sí. Yo sí creo, responde Jakeline resignada, “que Colombia está frente a una oportunidad. Porque la gente sí tiene que hacer un análisis de lo que es el modelo político del país ahora. La gente en un escenario que el candidato de la derecha gane, siento que va a ser nefasto. Por toda la historia y el antecedente en los territorios de lo que ha sido el conflicto. Porque la estrategia de la derecha está muy clara en las regiones y es ¿cómo se ha agarrado el poder nacional en los micropoderes regionales? Entonces en caso de La Guajira, el candidato de la izquierda tuvo una altísima votación y ganó en La Guajira. Pero el candidato de la derecha tuvo la segunda votación y para mí es impresionante que tenga esa votación en donde hay tantos muertos, tanta corrupción, donde hay minería. Entonces uno hace el mapa y si ve que hay unos amarres muy concretos de las pequeñas oligarquías locales que se mantienen y son quienes sostienen el paramilitarismo en nuestras regiones y claro, eso genera miedo.

Pero yo sí creo que estamos frente a una oportunidad y en nuestras comunidades estamos como organización hemos dicho nuestro apoyo al candidato de centro izquierda porque representa el anhelo que hemos tenido como organizaciones y movimiento indígena. Como mujeres”.

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Twitter: @CalvodeNarvaez