Así luchó Lucho, el pescador | ¡PACIFISTA!
Así luchó Lucho, el pescador
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Así luchó Lucho, el pescador

Staff ¡Pacifista! - Marzo 3, 2015

Hace seis años los pescadores de Barrancabermeja recibieron el golpe más duro de sus vidas. "Los Rastrojos" asesinaron a Lucho Arango, su principal líder. Desde ese momento, ser pescador se convirtió en una profesión de alto riesgo. Esta es la historia de un defensor de la ciénaga del Magdalena Medio.

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Por: Pedro Correa*

Regresan los pescadores / Con su carga pa’ vender / Al puerto de sus amores / donde tienen su querer**

—Oíste, Lucho, ¿por qué le pusiste ‘Mil amores’ a tu nave?

Imagino que mi pregunta le sacaría una sonrisa amplia —como esa que encuentro en sus fotografías—, encomillada por los surcos de las mejillas anchas y curtidas por el sol que calienta la ciénaga. Entonces, seguramente, miraría fijamente y echaría el cuento con ese parlamento pausado que lo caracterizaba, con ese acento particular de los habitantes del Magdalena Medio, con ese tono de líder natural.

De cualquier manera, es ya tarde para preguntárselo: el 12 de febrero del 2009, en el barrio La Victoria de Barrancabermeja, se escucharon los dos disparos que acabaron con su vida. Pero todos los que lo conocieron dan fe de su amor caprichoso: el que profesaba por la ciénaga. Ese mismo amor y convicción por defenderla fue lo que provocó su asesinato.

Luis Alberto Arango Crespo heredó los conocimientos de la pesca artesanal. Desde hacía varios años, Lucho había emprendido una lucha frontal contra el uso del trasmallo, un método de pesca conocido en la región del Magdalena Medio como liso, deslizado, manta o peludo. Se trata de redes que se instalan de lado a lado del río o del caño. Es una trampa que captura de todo: peces pequeños, peces a punto de desovar, peces que se comercializan, peces que no. Una práctica que amenaza a los mismos pescadores, pues pone en peligro los recursos naturales de los cuales sacan provecho ellos y sacarán las generaciones que vienen. Lucho venía defendiendo su ciénaga desde años atrás. De los palmeros, los ganaderos, las compañías petroleras, los bufaleros. Ahora el trasmallo era el nuevo enemigo de la ciénaga.

En 1998 el protagonista de esta historia se unió a un grupo de quince pescadores que se propuso recorrer la región para identificar cómo se podría organizar su gremio y evaluar el estado de la pesca artesanal. Para ello, recibieron el respaldo del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio —PDPMM.

El río Magdalena es una arteria vital que irriga a distintos territorios colombianos. El paso de ese caudal tejió esa manta territorial llamada Magdalena Medio, la región colombiana que incluye a 29 municipios de cuatro departamentos aledaños al río: Santander, Bolívar, Antioquia y Cesar. Todos ellos diversos socialmente, marcados tanto por su gran riqueza, como por las desigualdades y un cruento conflicto armado.

Dos años después, en el 2000, Lucho ya había logrado el liderazgo suficiente para ser elegido presidente de la Asociación de Pescadores Artesanales y Acuicultores de El Llanito —APALL—, que se había formado desde 1992 y de la que Lucho era ya integrante. El Llanito es un corregimiento del municipio de Barrancabermeja, en el departamento de Santander. En el 2008 se inventariaron allí 100 canoas y 30 lanchas de motor largo, la ‘Mil amores’ de Lucho, fue una de éstas. Su ciénaga es hogar para cuatro mil personas y unos 350 pescadores, se nutre del río Sogamoso y tiene casi 10 mil metros de caños.

Lucho conocía ese entramado como la palma de su mano. Desde niño fue pescador artesanal y, eso, sin duda, lo llevó a consolidar una relación estrecha con ese medio natural. Navegaba en su ‘Mil amores’ guardando en sus ojos los paisajes diáfanos de El Llanito y sus jornadas de pesca eran musicalizadas por el dulce canto de los pájaros que vigilaban su travesía.

II

La luna espera sonriente / Con su mágico esplendor / la llegada del valiente / y del alegre pescador

 

—¿Te sientes en peligro, Lucho?

Se lo preguntaría yo, una vez más, si lo tuviera enfrente. Diría, seguramente, que “no”. Lucho era un hombre valiente. El día que sus asesinos lo citaron, uno de sus amigos lo llamó al celular.

—Lucho, di sí o no —le dijo, con la voz acongojada temiendo por la suerte de su amigo—. ¿Tú vas con ese tipo Bryan?

—Sí

—¿Tú sientes miedo?

—No

—¿Te sientes en peligro, Lucho?

—No

—Porque si toca mover lo que sea… —recalcó su amigo, con la esperanza de hacer algo para evitar lo que todos presentían.

—No —dijo finalmente, luego colgó su celular.

No era la primera vez que se manifestaban esas fuerzas oscuras que se escondían detrás de la benevolencia de su liderazgo. Tres años antes, en diciembre del 2006, habló de la persecución que desde entonces sentía. Lo hizo frente a miembros del CTI, la Policía, la Personería, el Concejo Municipal y Cormagdalena. “Hay pescadores que no tienen conciencia, pero otros si quieren cuidar la ciénaga. Aunque les da miedo, no podemos dejarnos amedrantar por las amenazas, porque hay trasmalleros que han amenazado que van a matar a una de las personas que ejercen la vigilancia”. Su intervención quedó consignada en el Acta 010 del archivo de la Inspección Rural de Policía El Llanito, durante una reunión que habían convocado para socializar los parámetros dados por el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural —Incoder—, respecto a la normatividad existente sobre la pesca y la exposición de las funciones de la Inspección.

Las amenazas podían venir de cualquier sector, pues su voz se había convertido en la punta de lanza para defender la ciénaga del irrespeto de los empresarios que sembraban palma hasta en la orilla del río Magdalena; de la modificación de los caños por cuenta de los ganaderos para ampliar sus potreros; y del uso de medios externos para inundar terrenos que sirvan para la cría de búfalos.

Sin embargo, su principal queja era contra el trasmallo. Al cuestionar sobre esto a sus vecinos y colegas, se convirtió en antagonista de los intereses egoístas de algunos de ellos. Pero era férreo su propósito, por eso acompañado por otros 15 pescadores, en sus propias canoas, salía a patrullar el río. Las sanciones habían sido aprobadas en el Salón Comunitario de El Llanito. Algunos hablaron de dañar a hachazos las canoas que descubrieran pescando ilícitamente; otros aprobaron que las quemaran. Y a pesar de que en varias actas, como la citada anteriormente, hay evidencia de que la Policía se había comprometido a hacer esa vigilancia, su negligencia obligó a que fueran los mismos pescadores los que ejercieran el patrullaje.

“El Llanito ha sido un pueblo neutral en cuestiones de guerrilla y muchas cosas, sin embargo, quien utiliza un arte ilícito se va para el sol que más caliente”, reconoció un funcionario de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca —Aunap—. Por ello los pescadores que insistían en el uso del trasmallo buscaban el respaldo bien fuera de la guerrilla o de los paramilitares. Y lo conseguían.

 

Foto: ©Unidad de Comunicaciones Programa Desarrollo y Paz del Magdalena Medio

III

Y esta cumbia que se llama / “el alegre pescador” / La compuse una mañana / una mañana de sol

 

—¿Por qué te fuiste esa mañana, Lucho?

Esa es la pregunta que aún les arruga el corazón a su esposa, hijos, amigos y compañeros de lucha. Por esas paradojas de la vida, fue justo en el billar nombrado La Libertad, en Barrancabermeja, donde se fraguó el plan para tomarlo prisionero hasta su último respiro. Unas horas antes, cuando todavía no despuntaba el sol sobre El Llanito, una mujer —“bajita y gordita”, contarían luego los asesinos—, se reunió con alias El Trinche y le aseguró que Luís Arango era el que estaba sapiándolo con el Ejército y la Armada. Trinche era el jefe de Los Rastrojos, la banda criminal que trataba de imponer su poder en el corregimiento.

Desde mediados del siglo pasado, el Magdalena Medio se convirtió en un botín de oro: se instalaron allí compañías petroleras extranjeras; y casi simultáneamente se asentaron agricultores y pescadores pobres. Luego, los terratenientes se empezaron a interesar por ese potencial agrícola y, valiéndose de amenazas y artimañas jurídicas, se adueñaron de buena parte de las tierras y las convirtieron en extensas fincas ganaderas; los nuevos hacendados también sembraron palma africana, proyectando éste como un jugoso negocio.

Esa constante pugna económica, desde luego, ha sido también un imán para los grupos armados. En la década del sesenta llegaron allí el Eln y las Farc. Las condiciones de injusticia y exclusión, favorecieron para que las ideologías revolucionarias y exigencias sociales de estas guerrillas, calaran en la población.

Los grupos guerrilleros empezaron a cobrar altas ‘vacunas’ a los ganaderos y también a comerciantes, campesinos y empresas. Ello propició el nacimiento del paramilitarismo en la zona de Puerto Boyacá, que estuvo respaldado por políticos, empresarios, fuerzas armadas del Estado, ganaderos y miembros de organizaciones sociales. Pero ese presunto proyecto de ‘defensa’ se salió de madre, cubrió casi todo el Magdalena Medio, tiñó de sangre el río y vistió de horror la memoria de la población civil, víctima de la persecución sangrienta no sólo a guerrilleros, sino también a campesinos, líderes sociales, activistas de derechos humanos, líderes políticos y sindicalistas.

Parecía que ese circo de barbarie había terminado con el criticado proceso de desmovilización de los paramilitares, que se dio a través de la Ley 975 del año 2005 y que en el caso particular del Magdalena Medio dejó unos 6 mil desmovilizados, según el Observatorio de Paz Integral Magdalena Medio —OPI—. Sin embargo, tras esa dejación de armas, se desplegó en todo el país una nueva modalidad de acción armada ilegal llamada Bacrim. Se trata de bandas criminales —de ahí la combinación de su nombre—, en las que hay una estrecha relación con el narcotráfico y en las que se ha comprobado la participación de algunos desmovilizados. Los Rastrojos, autores del asesinato de Lucho Arango, hacen parte de ese resurgimiento del poder armado.

En octubre del 2008, tres meses antes del asesinato, apareció en el El Llanito un grupo de hombres que buscaba imponer su ley. Héctor Bedoya, alias Trinche —oriundo de El Llanito, moreno y con apenas pulgar y meñique en cada una de sus manos—, convocó a la comunidad y le explicó a los asistentes que él y sus hombres no eran paramilitares. “Que a ellos les pagaba la mafia, que ganaban buen sueldo, que venían a acabar con los ladrones de gasolina y los roba tubo; a controlar la pesca con trasmallo, y que ya tenían identificados los nombres de las personas involucradas”, recordó ante la Fiscalía Segunda de Barrancabermeja uno de los testigos en la investigación del asesinato.

Lucho, sin embargo, les advirtió a sus vecinos y colegas que no era APALL la que había traído a esa gente, lo cual marcó claras diferencias entre líderes comunitarios y los miembros de la banda criminal. A pesar de la imposición de esa nueva fuerza del orden, dos meses después Lucho logró su máxima conquista tras casi una década de trabajo: la firma del Acuerdo Río Sogamoso – Complejo Llanito. Planteó cinco compromisos y fue firmado públicamente por el alcalde de Barrancabermeja, el Comandante del Puesto Fluvial Avanzado No.13 de la Armada Nacional, el Comandante de la Estación de Policía, el director ejecutivo de la Asociación de Pescadores y Agricultores del Magdalena Medio —Asopesam—, y Luis Arango, presidente de APALL.

Como primera medida prohibía pescar, en un kilómetro aguas arriba y un kilómetro aguas abajo de la boca del caño San Silvestre, en las temporadas de bajanza y labanza. En el día se podría pescar con atarraya. También prohibía el uso del deslizado o trasmallo de día y de noche; prohibía la pesca desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m., con cualquier clase de arte y método. Y la Armada y la Policía, por su parte, acordaban acompañar el control y la vigilancia de los artes y métodos ilícitos de pesca en la zona.

Ese último punto, sin duda, alertó a Los Rastrojos. No era para menos, a las mafias que representaban no les convenía que la fuerza pública, al fin, se apareciera por la ciénaga. Esa posibilidad no solo ponía contra las cuerdas el trasmallo, sino que también ponía en riesgo las economías ilícitas que usan la ciénaga como autopista. Sus diversos caños permiten que por allí transiten armas, gasolina y coca, mercancía ilegal que no se produce en la zona pero la utiliza como ruta estratégica. Lucho sabía de ese peligroso asunto, y aunque su bandera de lucha nunca se enfocó en atacarlo, su gestión en contra del trasmallo lo hacía visible. Días antes del asesinato, Los Rastrojos le habían pedido una copia del Acuerdo y él les había dicho que fueran a su oficina por el documento.

La insistencia continuó hasta que, veinte seis días después de firmado el Acuerdo, llegó esa mañana en la que su vida fue silenciada para siempre. Antes de que Lucho saliera hacia Barrancabermeja, su esposa Doris María Rueda lo despidió con un café. Fueron los últimos minutos con su “Mil amores”, como llamaba a la mujer que le dio tres hijos.

Debía asistir a una reunión en la Secretaría de Educación pero antes fue abordado por Jaime Peñaloza Coronel, alias Bryan —de piel blanca, cabello claro y 27 años de edad—. Bryan se plantó al lado de Luis y finalmente lo persuadió para que lo acompañara, tal como lo habían planeado en el billar La Libertad.

Los amigos lo vieron por última vez en el restaurante Las Burbujas. Miryam Gutiérrez en el proceso, que sabía lo que representaba la presencia de Bryan, le tomó la mano con fuerza a Lucho y le preguntó insistente si pasaba algo. Dijo que no, que debía ir a cumplir una cita con el muchacho. Un taxi llevó al pescador y a Bryan hasta la entrada del barrio La Victoria. El delincuente había cumplido su tarea: llevarlo hasta allí con la excusa de que el comandante de Los Rastrojos los estaría esperando para hablar con él.

Lucho se bajó del vehículo. Minutos después se cumplió la otra parte del plan: llegaron dos hombres en una moto —Wilson Javier Jiménez Arroyave y Felipe Arce Gutiérrez—, el primero, alias Jonathan, se bajó de la moto, caminó unos metros y sin mediar palabra disparó dos veces a Lucho, por la espalda. El otro, alias Pipe o El Chueco —quien tiene una prótesis en su pierna derecha—, acercó la moto y, tras la labor cumplida, emprendió la huida con su compañero.

—¿Qué ropa tenía puesta Lucho? — fue la pregunta que escuchó Miryam minutos después del asesinato. Un amigo suyo la llamaba a su celular y parecía no tener buenas noticias.

—¿Lo mataron, cierto? ¿Mataron a Lucho? —exclamó ella y, sin poder pronunciar otra palabra, le entregó el teléfono a uno de sus compañeros.

Al día siguiente del homicidio, mientras se llevaban a cabo las honras fúnebres, hombres de la Seccional de Investigación Criminal —SIJIN— capturaron a alias Pipe, que meses después fue condenado a 19 años y seis meses de prisión. Dos días después encontraron al Trinche, que deberá pasar 20 años y 9 meses en la cárcel. El 18 de febrero cogieron a Jonathan, que por sus disparos sin compasión purga 43 años y una multa de cinco mil salarios mínimos legales mensuales vigentes. A Bryan lo capturaron 13 días después de que llevara a Lucho hasta su propia ejecución y, por su trampa, también cumple hoy una condena.

Las autoridades, valga la pena reconocerlo, actuaron con prontitud en los procesos judiciales. Esto, sin embargo, es paradójico y no evita preguntarse por qué no actuaron con la misma rapidez para ejercer la labor de vigilancia y control de la ciénaga; es a quienes les corresponde. De haberlo hecho, posiblemente Lucho estaría hoy montado en su canoa, recorriendo esas aguas que quería como suyas.

Pero su muerte, ocurrida nueve días antes de que cumpliera 50 años, no solo resquebrajó la vida de su familia como una taza que se golpea contra el piso, también amedrantó a sus compañeros de lucha. La ciénaga, su niña consentida, se quedó sin ese líder que logró acciones reales para defenderla. El acuerdo se echó al olvido y el trasmallo sigue acabando con la ciénaga. Allí, en la orilla, está ahora la “Mil amores”, inmóvil y cobijada por un plástico negro como si acaso le rindiera luto a su dueño, a ese pescador que —parafraseando la canción de Totó La Momposina—, defendió su atarraya, como su única fortuna.

* Esta crónica fue elaborada para el informe: “Lucho Arango, el defensor de la pesca artesanal” del Grupo Regional de Memoria Histórica de la Universidad Pontificia Bolivariana de Bucaramanga con la asesoría del Centro Nacional de Memoria Histórica.

** Fragmento de la canción El pescador, compuesta por José Barros y popularizada por Totó La Momposina