‘Ahora siento descanso’: víctimas del Meta por fin enterraron a sus desaparecidos Fotos © María Alejandra Rodríguez
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‘Ahora siento descanso’: víctimas del Meta por fin enterraron a sus desaparecidos

Juan Pablo Sepúlveda - Noviembre 6, 2018

CRÓNICA: El Estado colombiano entregó en Villaviciencio los restos de seres queridos a siete familias: una dolorosa deuda de años.

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Villavicencio.

La cita es en un hotel cerca al cementerio central. El salón es blanco, amplio, frío. 40 personas están sentadas al frente de siete féretros, que reposan encima de una mesa. A cada uno lo acompaña una foto en un portarretratos, una vela y una corona de flores blancas encima. Suena la música suave de un sintetizador. Detrás de los féretros hay banderas de Colombia, del Meta, de Villavicencio y de la Fiscalía. También permanecen de pie, casi inmóviles, dos forenses: manos en la espalda, gesto serio.

Los asistentes en el salón son familiares de víctimas del conflicto armado colombiano. Víctimas dadas por desaparecidas hace años. Personas de las que no se volvió a saber nada hasta hace poco, cuando sus restos, por fin, fueron encontrados en un cementerio e identificados. Hoy se los entregan a sus familiares, y aunque la tristeza no se se ha ido, sí por lo menos la zozobra de pasar años tratando de encontrarlos.

Es la mañana del viernes 2 de noviembre. El evento es oficial, el Estado es el que hace la entrega. De su parte están los forenses, otros representantes de la Fiscalía y un par de personas de la Unidad de Víctimas. Otros actos de entrega anteriores a este fueron acompañados por un par de agentes de la Policía, en custodia de los féretros. Las víctimas pidieron que este protocolo se modificara: en algunos casos, la misma Policía o el Ejército fueron los responsables de la muerte de sus seres queridos. A los familiares les daba pavor que policías uniformados y armados fueran los que entregaran los restos de sus familiares. 

Hace un par de meses se supo de 2.304 restos de personas no identificadas en cinco cementerios del Meta y de Guaviare. De estos, se cree que 1.700 corresponden a víctimas de ‘falsos positivos’. Con este descubrimiento empezó uno de tantos procesos oficiales de identificación de restos: se hacen para, primero, saber quiénes eran las víctimas y dónde estaban cuándo se les dio por perdidos. Luego empieza un proceso judicial para dar con los responsables de las muertes. Estos procesos, a veces, se encuentran a medio camino con los familiares que buscaban a sus desaparecidos.

En el salón del hotel, al frente, hablan y oran un sacerdote católico y después un pastor cristiano. Los familiares de las víctimas —quienes son víctimas también— reciben una documentación legal con el acta oficial de defunción, con papeles para obtener facilidades de educación y con otras formas de reparación que ofrece el Estado. Se habla poco y hay algunas lágrimas. Los familiares pasan al frente a recibir los féretros.

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Hérmogenes. Foto © María Alejandra Rodríguez

 

12 años después, Hermógenes encontró a su madre. Antes de eso no la conocía, porque no creció con ella. Él ahora tiene 29 años, esposa y es padre de dos hijos. Su madre biológica llevaba años desaparecida, desde un día en que ella, Luz Yanet, llevaba una encomienda en el pueblo en el que vivía, y el Ejército la capturó porque creían que trabajaba para la guerrilla. 

Luz padeció una enfermedad de discapacidad intelectual aguda toda su vida, y no hay pruebas que apunten a que trabajara para grupo ilegal alguno. Pero a las horas de estar capturada en el batallón, los soldados, que tenían la obligación de llevar el caso de Luz a la Fiscalía (para que se hiciera la investigación por lo de “presunta guerrillera”), la sacaron de allí en un carro. Lo poco que se sabe hasta ahora, es que después fue asesinada por paramilitares. Su cuerpo terminó en un cementerio de Granada, Meta, nadie sabe cómo.

Hermógenes recogió los restos de su madre. Tuvo que acudir al Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda para que esto se lograra después de 12 años de no encontrarla. Decidió apelar al colectivo porque el Estado fue muy lento en los procesos para encontrar a su madre, al igual que en ocasiones se mostraron negligentes.

Hermógenes llora, entre tristeza y algo de júbilo. Buscó a su madre por 12 años largos y por fin le va a poder dar digna sepultura. El acto del hotel finaliza con un minuto de silencio y luego aplausos. Los familiares de las víctimas salen del salón con los féretros cargados en las manos: van en fila y caminan solemnes, como en una procesión. “Anoche no pude dormir”, dice Hermógenes, “ahora sí siento descanso”. Habla y tiembla un poco su voz, como si esas palabras quisieran salir desde hace mucho.

Según el forense a cargo de los cuerpos que se entregaron, las bóvedas de la Fiscalía están llenas. Una razón de esto es que el Proceso de Paz con las Farc sirvió para llegar a algunas fosas de las que no se tenía conocimiento, o a las que no había acceso. Hay entregas de cuerpos en todo el país cada semana.

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Cementerio Central de Villavicencio. Foto © María Alejandra Rodríguez

 

El Cementerio Central de Villavicencio está envejecido, desatendido, desgastado bajo el sol de los llanos. Pasto muy alto, cruces torcidas, tumbas descascaradas. La procesión de los siete féretros llega al cementerio. Algunos de los que los cargan se reúnen en círculo para hacer un acto de reconocimiento simbólico a sus víctimas. Otra familia de tres, ajena, le lleva flores a un ser querido. Miran de lejos todo el acto, curiosos.

Acto de reconocimiento a víctimas. Foto © María Alejandra Rodríguez

 

Luego sigue el sepelio, el entierro. Hay cantos tristes cuando inicia la ceremonia, y de nuevo lágrimas ocasionales. Algunas son profusas, otras dolorosas. Los féretros van a entrar a sus respectivas tumbas. Las familias van a dar el último adiós a los suyos. Hermógenes sonríe, por momentos.

El sepulturero del cementerio destapa las bóvedas. Ton, ton ton, suena un martillo pequeño. El sepulturero mete los féretros. Después dirá que, para los familiares, “al menos ya saben si están vivos o muertos. Y se pueden despedir”. El sepulturero cierra las bóvedas. Ton, ton, ton.  

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Foto © María Alejandra Rodríguez

 

“Yo vivo el descanso de que ya encontraron a mi mamá. De que la encontré”, dice Hermógenes. Por varios años tuvo que ir de pueblo en pueblo buscándola. Vueltas en oficinas, sacar papeles, a veces no recibir información. Como se dijo, en muchos casos los procesos de identificación de restos son lentos, y entonces todavía más la entrega a sus familias. Y eso que en un país con 83.998 desaparecidos –según el Centro Nacional de Memoria Histórica– todavía hay muchas tumbas por descubrir,  así como muchas familias a la espera.

“Yo necesito saber quién fue y por qué”, sigue Hermógenes. “Necesito justicia. Y que la persona que cometió el asesinato en algún momento dé una disculpa. Yo sería capaz de aceptarla”. A Hermógenes le falta mucho todavía. Lo siguiente es encontrar a las 7 hermanas que sospecha que tiene. Solo a una la conoce. 

Hay heridas muy profundas de la guerra que apenas están sanando.