¿Qué ofrece el perdón a la Colombia de hoy? | ¡PACIFISTA!
¿Qué ofrece el perdón a la Colombia de hoy?
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¿Qué ofrece el perdón a la Colombia de hoy?

Staff ¡Pacifista! - Marzo 10, 2016

OPINIÓN Es posible trabajar con las víctimas en planes colectivos de perdón, teniendo presente que hacerlo es una decisión personal y voluntaria.

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Columnista: David A. Giraldo*

Cada vez con más frecuencia, los colombianos nos encontramos con esta palabra que, al parecer, dejó de estar reservada para las iglesias y los cultos religiosos, para reclamar un lugar en la vida política. Tal vez no sea una simple coincidencia con el proceso en La Habana, pero ¿el perdón tiene realmente algo que ofrecer a la Colombia que se prepara para dejar atrás décadas de conflicto armado?

En los últimos años hemos conocido múltiples historias de personas que han perdonado experiencias vividas y que revelan alcances novedosos de dicha decisión. La posibilidad de poner punto final a un conflicto concreto a nivel personal, de romper ciclos de violencia y de crear nuevas realidades más benéficas -no sólo para las personas involucradas, sino para sus entornos- son apenas algunos de ellos. La historia de Nelson Mandela, por mencionar una, es irrefutable en ese sentido.

Tales historias han surgido tanto en el marco del conflicto armado como fuera de él. Una adolescente que perdió la movilidad en sus piernas por un acto de matoneo escolar; un político que pasó 7 años secuestrado en las selvas colombianas y luego 5 meses en prisión acusado de planear su propio secuestro y el de sus compañeros; una madre con una hija desaparecida y un hijo asesinado en su búsqueda, entre muchas otras, son experiencias que ofrecen una perspectiva objetiva e innegable de los alcances del perdón.

Yadira Perdomo, por ejemplo, la adolescente mencionada antes, se ha puesto al frente de una campaña para prevenir el matoneo escolar en Colombia y Pastora Mira García, la madre que por años buscó el cuerpo de su hija con sus propias manos, que ha sufrido los rigores de la violencia desde que era niña y que en circunstancias inexplicables, terminó haciendo curaciones al asesino de su padre y también al de su hijo. Hizo de su experiencia la razón para liderar la recuperación de San Carlos, municipio del oriente antioqueño.

Estas historias contienen elementos comunes que permiten inferir que perdonar es un proceso personal, voluntario, que permite a las personas romper sus ataduras con la experiencia traumática, para retomar el control de sus vidas y para rehacerlas a partir y a pesar de tal experiencia. Lo que para nada significa renunciar al derecho de obtener justicia, de conocer la verdad de lo qué pasó o de ser reparado por ello. Perdonar, en ninguno de estos casos, ha sido igual a olvidar ni ha equivalido a impunidad.

Por el contrario, condicionar el perdón a la obtención de justicia puede eventualmente tener un efecto negativo para quien ha sufrido una ofensa porque algo tan íntimo como superar el dolor personal queda pendiendo del cumplimiento de circunstancias externas: que el sistema judicial actúe o que lo haga a su favor, por ejemplo, lo que puede ser una fuente adicional de frustración que sólo prolongará el dolor.

Con ocasión de los diálogos de La Habana, algunos argumentan que en Colombia no puede hablarse de perdón hasta que no haya verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición para las víctimas. Este es, sin duda, un ideal al que legítimamente se debe aspirar como grupo, aunque me temo que ese objetivo tan esperanzador podría convertirse en decepción para muchos a nivel personal. El inmenso número de víctimas implica tantos retos que no es difícil prever lo problemático que será garantizarles el cumplimiento integral de tales condiciones a cada una de ellas.

No hay ninguna razón para someter sus procesos individuales de perdón a condiciones indeterminadas en el tiempo. Esta es una etapa que puede y debe iniciarse en Colombia, paralela e independientemente de lo que suceda en La Habana. En ese sentido, sería pertinente ofrecerles la posibilidad de participar en procesos de perdón que les apoye a superar las consecuencias emocionales que el conflicto les ha causado teniendo presente que, en todo caso, hacerlo es una decisión personal y voluntaria. Esta es una aproximación que al empoderar y beneficiar al individuo, termina por beneficiar también a su entorno.

Varios estudios han probado que un gran porcentaje de los responsables de abusos fueron en el pasado víctimas de ellos. De allí que el gran reto de poner fin a la violencia que afecta a la sociedad colombiana pasa por resolver también los traumas causados por ella a nivel individual, con el fin de romper el ciclo.

Sobra advertir que el perdón no es una fórmula mágica para resolver los retos de la compleja situación colombiana, aunque, independientemente de nuestras creencias religiosas o posiciones con respecto al proceso de La Habana, sí es un concepto que merece ser incluido en el paquete de soluciones para poner fin a la violencia en nuestro país. De ahí la necesidad de una pedagogía del perdón que nos capacite para usarlo de una mejor manera.

Conocer experiencias de perdón, reflexionar sobre ellas sin apego a dogmas religiosos o políticos, abrir espacios para conferencias con sus protagonistas, facilitar talleres que apoyen procesos individuales, son apenas algunas de las  herramientas que los colombianos podemos usar para entender mejor los alcances de este concepto y beneficiarnos de él.

*David A. Giraldo es abogado con maestría en derecho internacional público y es el director de la Fundación Plan Perdón, que existe con el objeto de facilitar y promover estas herramientas con el fin de contribuir a que podamos encontrar en el perdón una alternativa para la construcción de paz.

planperdon@gmail.com

@planperdon