Tres historias de éxito que la paz le dio a Vista Hermosa
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Tres historias de éxito que la paz le dio a Vista Hermosa

Juan Pablo Sepúlveda - Mayo 2, 2018

Este municipio del Meta tuvo hace más de diez años una alta tasa de homicidios y de víctimas de minas antipersona. Hoy, sus habitantes quieren dejar atrás esa historia.

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Olga Gamba fue desplazada por la violencia en 2006. Hoy tiene un negocio exitoso de cultivo y comercialización de piñas | Foto: Cortesía Congente

La carretera que lleva de Villavicencio al sur del Meta se caracteriza por el constante color verde que aparece al pie de la calle, tanto el de los árboles que acompañan el tránsito, como el de largas llanuras que alojan cultivos y ganado. Después de más o menos tres horas de camino se llega a Vista Hermosa, un pueblo de 25.000 habitantes nombrado así por los paisajes que enseña. Allí, alrededor del parque central, que es donde converge la vida del pueblo, se ven sobre todo supermercados y talleres de mecánica. También hay casas, escuelas y otros locales. Lo que rara vez se ve es a algún patrullero de la policía.

Vista Hermosa fue uno de los cinco municipios que Andrés Pastrana otorgó a las Farc en 1998, como zona de distensión para un proceso de paz que no prosperó. Quizás por eso, de una manera muy natural, un lugareño cuenta que las Farc “haga de cuenta, eran la policía acá hace unos años”. La fuerte presencia guerrillera en la región hizo que, desaparecida la zona de distención, también llegaran los grupos paramilitares. La misma persona cuenta que el pueblo vivía en una continua zozobra producto de la guerra entre ambos bandos que dejaba a la población en el medio: “los paramilitares decían que todo lo que viniera del monte era guerrilla”.

El orden público fue crítico en Vista Hermosa de 2002 a 2008. En este tiempo no solo hubo secuestros, atentados y extorsiones contra la población, sino una infame cantidad de explosiones de minas que convirtieron al pueblo en el lugar con más reportes de víctimas de estos aparatos en el país. La tasa de homicidios, por su parte, fue en 2004 de 273,48 por cada 100.000 habitantes, casi el doble de la media nacional de entonces.

Hoy en día, en contraste, se nota cierta tranquilidad en Vista Hermosa. Aunque todavía existe la amenaza de las bandas criminales y las disidencias guerrilleras, la desaparición de los grupos paramilitares y la firma del Acuerdo de Paz entre el gobierno y la exguerrilla de las Farc ha hecho que sus habitantes, por primera vez en décadas, puedan concentrarse más en sus actividades productivas que en la violencia.

Centro de Vista Hermosa | Foto: Luis Fernando Charrupí Bonilla

Aunque en algunas zonas del pueblo es evidente la pobreza y el abandono estatal, la economía de la región está en un camino de progreso: en la actualidad Vista Hermosa se dedica a producir y comercializar plátano, lácteos, frutas, maíz, yuca, soya, cacao, caña, aguacate y café, y también proyectos ganaderos. El municipio entró desde el año pasado al Programa Nacional de Sustitución de Cultivos Ilícitos (PNIS), y más de 240 familias han cambiado los cultivos de coca por otros legales.

La ausencia de conflicto en la zona recientemente ha contribuido también a la aparición de nuevos modelos de producción. Cooperativas han llegado a la zona para ofrecer créditos con pocos requerimientos a emprendedores de la zona  –tanto a los que habitan zonas urbanas como rurales– para que puedan desarrollar sus negocios. Estas iniciativas suponen una gran ventaja para los comerciantes, pues en la región no hacen presencia entidades bancarias: a duras penas el Banco Agrario. Uno de los casos de éxito es el Congente, una cooperativa que se alió con Usaid (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) para ofrecer oportunidades económicas en  zonas afectadas por el conflicto armado.

Una de las beneficiarias de esta alianza es Jennifer González, dueña de un supermercado en el centro del pueblo que se llama Mercayá. “Inicialmente pedí un crédito para comprar la mercancía para poder empezar”, cuenta. “Luego de pagarlo lo renové y con eso pude ampliar el negocio”. Mientras habla es interrumpida por varios clientes, pues además trabaja como cajera del negocio, que ocupa tres locales.

Jennifer González, dueña del Mercaya | Foto: cortesía Congente

Jennifer dice que la estabilidad que la región consiguió en el último tiempo potenciaron la economía, pero le preocupa recientemente el resurgir de la violencia. “Nos ha ido bien –explica– pero la confianza ha disminuido un poco. Después de lo acuerdos de paz hubo meses de calma, pero ahora se han vuelto a ver cosas que no se veían hace muchos años, como extorsiones, y uno no sabe realmente quién es el que está pidiendo dinero”.

“No vivíamos con miedo antes”, continúa. “Estábamos acostumbrados a que no se escucharan tantos grupos: uno tenía ya en la mente que aquí en el pueblo eran las Farc y ya. Hace tiempo ellos eran los que pasaban seguido por aquí, hoy ya no se sabe cuáles son los grupos que amenazan. Se escucha del ELN, los paracos, la delincuencia común….”.

No obstante a las preocupaciones que expresa, Jennifer luce motivada. Su sueño es “ver este negocio de cuadra completa y poder generar mucho empleo”.

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En la vereda Puerto Lucas, cerca al río Guejar, se distingue el Estadero y Asadero El Buen Sabor, restaurante espacioso que los fines de semana atiende hasta 60 personas, según Jaime Moreno, su dueño. Este tolimense de 63 años, que vive desde los 10 en el Meta, fue desplazado en 2005 de la vereda El Palmar luego de recibir amenazas por su actividad como cultivador de coca.

Jaime Moreno, antes cocalero y ahora propietario del restaurante | Foto: cortesía Congente

“Vi a todo el mundo sembrando coca y pues yo desempleado… compré un poquito de tierra y empecé a sembrar”, cuenta. “El problema es que tocaba fiarla. Los que compraban le decían a uno ‘venga dentro dentro de ocho días que hoy no hay plata”, y ahí quedaba el sustento”.

“Entonces –continúa– cualquier poquito de mercancía que uno tenía pues la intentaba vender hacia afuera, y para ellos (los grupos armados) eso era ser un enemigo, un torcido. Por eso empezaron a matar gente y a llevársela. Entonces me llegó una razón a donde yo vivía, que decía que tenían que bajar a matar a un poco de torcidos. Yo dije ‘¡vámonos!”.

Jaime emigró a Vista Hermosa con su esposa y sus dos hijas, y se dedicó a trabajar en plataneras y papayeras. En 2011, con ayuda de unos conocidos, adquirió la tierra de lo que hoy es su restaurante y pidió un crédito para amoblar el lugar, comprar enfriadores y surtirse, primero, de cervezas y helados, y luego de carne para asar.

Aunque hace tres meses Jaime recibió una llamada de extorsión por parte de supuestos paramilitares, y pagó un millón de pesos por una amenaza que le hicieron, su actitud al hablar del tema de seguridad es serena y optimista, acaso muestra de es complicado pasado que antes se vivía en la zona: “Desde la firma de los acuerdos la cosa sí ha cambiado harto. Por ejemplo todas esas veredas son sanas hoy en día. La gente se dedicó a la agricultura legal, a la lechería. Se vive muy tranquilo. Ahora ya no hay tanto conflicto, y pues eso ha ayudado a que la gente venga más, a que haya más comercio. Por aquí antes la gente ni venía. Lo mejor es no pensar en guerra, que nos dejen trabajar”.

Salida a la vereda Talanqueras | Foto: Luis Fernando Charrupí Bonilla

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La salida del pueblo hacia la vereda Talanqueras pasa por el lado de un cementerio lleno de cuerpos sin identificar que, según habitantes de Vista Hermosa, contiene muertos de todos los bandos de la guerra, incluyendo la población civil. En este punto la carretera está hecha de una arcilla rojiza que hace patinar a los vehículos. Hace algunos años, cuentan los vistahermoseños, las Farc hacían retenes en este lugar e investigaban uno por uno a todos los que pasaban por aquí. Hoy, los integrantes más cercanos de este grupo están a tres horas por este camino, desarmados, en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) La Cooperativa.

Más adelante, se encuentra la entrada de una finca donde se cultivan piñas grandes que llegan a pesar hasta siete libras. La dueña de este negocio se llama Olga Gamba, quien nació en Villavicencio, vivió en el municipio de Albania en La Guajira, fue desplazada por la violencia en 2006 y llegó a Vista Hermosa en 2011 buscando en qué trabajar.

“Pedí un crédito de tres millones ”, cuenta. “En otros bancos me pedían hasta 90 millones de pesos para dármelo, y pues si yo hubiera tenido esa plata ya estaría trabajando hace rato”. La oportunidad financiera le sirvió a Olga para arrendar la finca y empezar con el cultivo de una hectárea de piña y maracuyá. Luego se quedó solo con la piña. “Ahora tenemos cuatro hectáreas… en 15 días ya cortamos la cosecha y la vendemos. Aquí en el campo se trabaja con las uñas”.

Olga Gamba, cultivadora de piñas | Foto: cortesía Congente

A pesar de haber sido víctima directa de la violencia, Olga también tiene una visión optimista en cuanto a la relativa paz que se viven en la región: “ahora todo está mucho más tranquilo, y claro que eso ha servido para la prosperidad del negocio”, dice. “A veces el pueblo tiene sus arrancadas, se despelucan los de acá con los de aquí, pero en sí, Vista hermosa es un municipio muy bueno para vivir, y se ha vuelto una tierra muy agrícola. El que sembraba primero sus matas de coca ahora siembra papa, yuca… Es un municipio que ha evolucionado, que ha cambiado la guerra por su comida”.

Olga camina entre sus piñas, sonríe y se ve orgullosa. Antes de despedirse se atreve a decir, como un mensaje dirigido a quien llegue a ser presidente, “que ojalá se den cuenta de que la gente necesita trabajar y que es el campesino el que le da de comer al pueblo”.