Uribe tiene miedo | ¡PACIFISTA!
Uribe tiene miedo Ilustraciones por Juan Ruiz
Leer

Uribe tiene miedo

Santiago A. de Narváez - Agosto 27, 2019

OPINIÓN | Vivimos en una historia mal contada. El suspenso se acumula, no sabemos quiénes son los responsables de los crímenes y nunca hay un desenlace que permita alivianar esta tensión narrativa.

Compartir

Este texto hace parte de la columna: “Crónicas de la soberanía alimentaria”. Lea acá las otras entregas.

Lunes 3

Tengo que comer más fruta, me dije a Mí mismo luego de un largo esfuerzo —con la mirada fija en la mosca muerta en una esquina del baldosín y el cuello tensionando los músculos, los tendones de la cara, la vida misma que se acaba.

El bollo había salido a pesar de todo esfuerzo.

O gracias a él.

Fue el mismo día —ayer— en el que supe que me iban a echar.

Todo empezó cuando nos citaron a reunión a los varones de la fábrica.

El supervisor llegó ansioso y altivo y nos pidió a todos “los caballeros” que nos juntáramos para recibir un “anuncio importante” que tenía que hacer.

Así lo hicimos, entre desconcertados y soñolientos.

La sala de juntas, ubicada en el segundo piso, tiene vista panorámica de toda la línea de producción de la fábrica. Desde allí se puede ver el momento en el que salen los bollitos de masa amarillenta del molde y sobre las bandejas metálicas hacen todo el recorrido hasta llegar a los hornos crematorios.

La cinta toma dos rumbos. En uno, los bollos siguen por la derecha hacia la cocción, mientras que los de la izquierda son brevemente sometidos a un injerto de dulce de guayaba para luego seguir con normalidad.

—Me da mucha vergüenza tener que decirles esto, pero no me han dejado otra salida —dijo él.

Y durante toda la reunión no dejó de mirarme a mí.

(Por cierto: esta es la voz de Mí mismo cuando me escucho:

)

Diario de Mí mismo

Tengo miedo. Me van a echar, vida perra, ¡me van a echar! No hay otra razón por la que ese ijuemadre del Rupert me haya mirado en toda la reunión. ¿Y qué culpa tengo yo? ¿Qué culpa voy a tener yo de que hayan dejado hechos mierda los baños? Yo sé que frecuento el inodoro dos o tres o cuatro veces al día, pero ¿para dejarlos untados de mierda los baños? ¡No! Imposible. Y ahora ¿a dónde voy a ir a buscar trabajo? Con lo difícil que está conseguir camello. El desempleo, dicen los periódicos, está por las nubes. ¿Qué le voy a decirle a Fabiola? ¿Cómo voy a pagar el colegio de los niños? ¿La peluquería? Ay, diosito, sálvame de esta.

Martes 4. Mañana

La fábrica abastece con almojábanas a toda la ciudad. Desde hace unos meses la producción ha caído en declive. De no ser por los camiones que salen cargados todos los días hacia el centro de la ciudad, donde al parecer todavía tenemos clientes fieles, la fábrica ya habría quebrado.

Diario de Mí mismo

¿Qué cómo sé que me van a echar? Pues porque ya empezó la purga. Empezaron con la cacería de brujas y aquí no hay sindicato que valga. (Ni siquiera hay sindicato). ¡Me van a echar! ¡De patitas a la calle! ¿Qué otra razón explica que el tipo ese –Rupert– me haya mirado durante toda la reunión, o casi toda, mientras les explicaba al resto de varones de la fábrica que era inadmisible que hubiéramos dejado el baño en esas condiciones? Lo que va a pasar es que van a usar de excusa lo de los baños para cogerme a mí de chivo expiatorio y echarme sin justa causa. O con justa causa, mejor dicho. Van a echar mano de la realidad: se van a coger de mi frecuencia como usuario de los baños para echarme como a perro. Ay, qué le voy a decir a Fabiola. ¡Los niños!

Martes 4. Medio día

Almorzamos con normalidad. Hora y cuarto en la que cada uno comió de su coca llena de carbohidratos traídos de la casa. Hubo los chistes de siempre aunque alguien añadió el tema de los baños a las bromas. Algunas risas. Y pocos comentarios.

—Al menos sé que no fui yo el que los manchó —dijo Steven, el de la recepción.

—Ni yo. Con este estreñimiento, ¿cómo?

—Yo uso el de mi casa antes de venir todos los días a la fábrica —replicó Aldimar con cara de suficiencia. Aldimar es quien se encarga de agregarle levadura a la masa.

La conversación siguió por otros caminos hasta que sonó el timbre que repica en lo más profundo de la hipófisis y que nos ordena volver a los puestos de trabajo.

Antes de bajar a las cintas de producción, Carlos, la persona más cercana a mí en este lugar y a quien podría considerar mi “amigo”, se me acercó y me dijo:

—Acabo de terminarlo. Me hizo pensar en usted mientras lo leía. No lo vaya a botar —y me entregó un libro amarillo margarina con un círculo negro estampado en el centro de la portada.

Diario de Mí mismo

¿Será que soy marica? No, no, no. Porque ¿y mi esposa? De pronto él sí y yo le gusto. ¿Por eso me habrá prestado el libro? Al menos no dijo nada sobre los baños. En cambio los otros hijueputas sí. ¿Será que ellos también piensan? De pronto pusieron el tema en el almuerzo para ver mi reacción. Pero yo no tuve reacción. Imposible que sospechen de mí. Yo no hice nada. Espero que no le guste a Carlos. Con lo bien que nos llevamos.

Noche del martes 4

Fabiola ya duerme. Cenamos juntos: los niños, ella y yo. Cuando vinimos al cuarto le conté de la reunión de ayer y de los baños. Le dije que tenía miedo de que me fueran a echar. Ella se rio pero no dijo nada. Siguió con la mirada puesta en el televisor. Es el ritual que sigue desde que la conozco. Consume novelas como una adicta. Incluso desde antes de que yo entrara a trabajar a la fábrica.

Después de almuerzo, y luego de la breve charla con Carlos, seguí para mi puesto de trabajo. Estuve moldeando bollitos durante 40 o 50 minutos (por minuto alcanzo a dejar listos unos 25 bollitos, eso es una taza de un bollito cada dos segundos, medio bollito de almojábana por segundo) cuando me entraron unas ganas de ir al baño. Espiché el botón que detiene la cinta. Me quité los guantes de caucho y me dirigí a los baños de la primera planta. Estaban vacíos —el de varones y el de hembras: no sé por qué, por cierto, mantienen esa división tan arbitraria. Si hubiera que dividir los baños la mejor manera sería en: un baño para lo primero, el otro para lo segundo. Pero en fin, entré.

A la salida me encontré de frente con Steven, el de la recepción, que estaba justo pasando por ahí. Ninguno habló pero él me miró de cabeza a pies. Como si el sólo hecho de haber usado el baño fuera razón suficiente para mirarme como un criminal.

Estoy cansado. Voy a empezar el libro que Carlos me prestó y luego a dormir.

Diario de Mí mismo

¿Por qué me habrá dado Carlos este libro? Espero acabarlo rápido para no dañárselo o perdérselo. Mañana le preguntaré. Odio que ronque Fabiola. Voy a comprarme unos tapones para el ruido. Tantos años de casados y sin haber sido capaz de comprarme unos pinches tapones…

Miércoles 5

Anoche mataron a otra líder social, ¿cuántas es que vamos ya? Los noticieros y los periódicos anuncian marchas multitudinarias; los analistas políticos se rasgan las vestiduras.

Al despedirme, luego del desayuno, Fabiola me dijo:

—Casi no deja dormir anoche.

Miércoles 5. Tarde

Cuando llegaba a la fábrica saludé al portero y le entregué el periódico que ya había leído entero, como siempre hago cuando llego a trabajar. Él me dio las gracias y nos quedamos charlando unos minutos. Todavía no era hora de marcar tarjeta. Mientras conversábamos, varios camiones salieron cargados con la producción de la madrugada rumbo al centro.

—Está dura la vaina. Va tocar buscar trabajo allá —dijo el portero señalando con la jeta hacia dónde los camiones se dirigían.

Al parecer, los rumores de los despidos que se vienen han llegado hasta la periferia de la fábrica. ¿Habrán llegado también los rumores de los baños? El portero no reparó en mi mueca.

—¿Para dónde van? —le pregunté señalando los camiones.

El portero dejó de leer y me miró con sorpresa. Después de unos segundos me contestó con otra pregunta:

—Usted sabe hacer bollitos, ¿cierto?

Asentí con mi cabeza.

—Con que ajá —dijo y volvió su atención al periódico que yo le había dado.

Diario de Mí mismo

El colegio de los niños es caro. ¿Cómo carajos voy a hacer para seguir pagando el estudio de mis niños? Vamos, cómo carajos vamos. Porque Fabiola también tiene que aportar. Los niños son hijos de los dos. Ya es hora, carajo, de que los dos ayudemos en la casa. A veces me da una rabia con ella. ¡¡¡¡¡¡¡Aaaaggggggggggghhhhhhhh!!!!!

Miércoles 5, noche

Llegué a la casa y Fabiola me tenía la comida preparada. Hizo un estofado delicioso. Ella es un sol y no sé cómo podría vivir sin ella.

Seguí con el extraño libro que Carlos me prestó. No me quejo.

Diario de Mí mismo

Si no como fruta, no se me mueve la tripa. Si como, se me mueve. Si se me mueve, voy al baño pero me señalan de ensuciarlos. Si los ensucio (aunque no los ensucie), me echan del trabajo. Sin trabajo no tengo cómo pagar los gastos de la casa. No tengo para pagar el colegio de los niños, la peluquería mía y de Fabiola. No tengo para pagar el mercado. Y entre el mercado las frutas para poder ir al baño. Es un círculo perfecto. Perfecto y demoniaco.

Jueves 6, mañana

—Otro más —me dijo Carlos tirándome el periódico en la cara.

(No lo había alcanzado a recoger en la casa porque me desperté tarde —producto de trasnochar leyendo— y tuve que salir para la fábrica sin siquiera desayunar).

En el titular se leía que habían matado a otro líder comunitario.

—¿Cómo va el libro?

—¿Otro? Pero no entiendo —dije en voz alta mientras mantenía la mirada puesta en la primera plana.

Nadie entiende nada, me respondió Carlos. Es como si viviéramos en una historia mal contada. No hay respeto por las reglas de la verosimilitud. Los culpables nunca aparecen. Los procesos  nunca llegan a su fin. El suspenso se acumula, no sabemos quiénes son los responsables de los crímenes y nunca hay un desenlace que permita alivianar esta tensión narrativa. Tensión estomacal, pensé yo.

Diario de Mí mismo

¡No puedo más con este estreñimiento y esta angustia de desempleo! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!

Jueves 6, noche

Se cagó de la risa apenas le dije. Pero a pesar de que veía que su carcajada me ofendía, no paró de reír.

—Deje la güevonada. Nadie lo va a echar. Nadie lo está persiguiendo y nadie piensa que usted es un ensuciador de baños, ¡por Dios! Páseme los platos sucios, más bien.

—Pero en la reunión…

—¡Qué reunión ni qué nada! Lo único que dijeron ahí era lo que se sabe desde el inicio de los tiempos: que ustedes los hombres viven como cerdos. Nada más.

—Rupert no hacía sino mirarme. El portero…

—A ver, los cubierto, páseme los cubiertos.

Al verme al borde del colapso nervioso, Fabiola se quitó los guantes, los puso delicadamente en el lavaplatos, se acercó suave pero con determinación, puso sus dos manos sobre mis hombros, me miró a los ojos, respiró con mucha calma y sin parpadear me dijo que aquí estaba ella.

—Deje los videos, ¿oye?, para eso están las novelas.

Jueves 6, media noche

He terminado el libro. No sé todavía por qué Carlos me lo dio. En todo caso me interesó. Se llama “El libro del practicante”[1] aunque no entendí finalmente si era una novela o una biografía o qué. Describe la vida de un practicante (no explica bien si es imaginario o real, pero creo que es lo de menos) y da consejos sobre la mejor manera de llevar la vida. El libro habla de una práctica que, dice, es el camino más propicio para llevar una buena vida. La práctica se llama narrativismo. ¿Qué tiene que ver eso conmigo o con Fabiola? Tampoco sé muy bien.

Me parece que uno podría definir la práctica del narrativismo de la siguiente manera:

Se trata de una ejercitación para adquirir un estado despierto y de florecimiento. Un estado de recogimiento —sin interioridad alguna— en relación de amistad con el tiempo. Donde no se resiste al tiempo, ¡bello es el ser sin apetito!, un tiempo sin cuidado que sería un demorarse en el presente en cada caso.

Una ejercitación que consiste en arrojar fuera ese peso de uno mismo. En percibir sin preocupación el mundo que nos rodea en su ser así como es.

El practicante, carente de preocupación, se trasforma en correspondencia con el curso de las cosas, en lugar de querer permanecer de la misma manera: convierte el viajar en su lugar de estancia permanente. Su caminar es un peregrinar sin aposento. Va sin morada fija y, como el agua, sin apoyo. Renuncia a toda forma de posesión en general y de sí mismo.

Ni el cuerpo ni el espíritu son suyos. Su corazón no se aferra a nada, se adapta al cambio de las cosas. Su corazón que no está atado y no conoce —en su despreocupación— ni alegría ni sufrimiento, ni el odio ni el amor. Su corazón, que no habita en ningún lugar, está demasiado vacío como para poder amar u odiar, para ser capaz de alegrarse o de sufrir.

Todo lo presente es afirmado tal como es por el practicante. Morir significa caminar a través de la inmanencia cada día. Día a día. No se niega el paso por este mundo, se lo habita sin deseo ni heroísmo. El practicante cultiva la amistad con las cosas que perecen, se demora en ellas: lo finito brilla sin el resplandor de lo infinito, sin dejarse traslucir por ninguna eternidad.

El que ha matado la muerte está vivo por completo. No trabaja contra la mortalidad porque no ha petrificado a la muerte en lo otro de la vida.

Muere el que ya no es nadie.

Ilustraciones por Juan Ruiz

 

Viernes 7

Me despidieron. Finalmente era cierto. Esta tarde, después de almuerzo, me llamaron a la sala de juntas. Estaban mi jefe de área, el administrativo (que nos había reunido días antes para hablar de los baños a los varones) y el director de personal. Me dijeron que la empresa había sufrido una caída en ventas en los últimos meses y que la fábrica no podía darse el lujo de sostener empleados cuando no había ganancia. Me dieron mi liquidación y me dijeron que no había necesidad de que volviera al puesto de trabajo.

Apenas me enteré sentí un extraño alivio. Como si hubiera sido lo que estaba esperando todo este tiempo. No digo con esto que me sentí aliviado de que mi intuición hubiera sido cierta. Es otra cosa.

Miércoles 26

Hace unos días llegó a mi casa el portero de la fábrica. Ese al que le entregaba todas las mañanas el periódico. Estaba sin el uniforme. Lo dejé seguir y nos sentamos Fabiola, él y yo en la cocina de la casa.

—Le tengo una propuesta —me dijo y se fue sorbiendo lentamente la aguapanela que mi Fabi le había servido.

Martes 9

Montamos una chaza de almojábanas con el portero. Por ahora somos él y yo. Fabiola prepara la masa en nuestra cocina y nosotros venimos desde temprano, hacemos los bollitos y los horneamos. El negocio no va mal. Estamos en la esquina sur-oeste de la Casa Presidencial.

Todas las mañanas sale una señora con delantal azul oscuro y gorro blanco de entre unas rejas negras. La acompañan siempre dos señores con uniforme camuflado. Traen consigo una caja plástica y transparente que sostienen los dos cada uno con su mano. La señora con delantal me señala y me da un fajo en efectivo. Los señores empacan las almojábanas en el baúl de plástico. La señora no me dice una palabra, se da media vuelta y emprende otra vez hacia la casa de piedra detrás de las rejas. Suelen llevarse toda la producción de la mañana.

*

[1] El nombre completo del libro es: “El libro del practicante: transición en los tiempos del ducado. Apuntes sobre las tinieblas y la fe”.

***

Santiago aparece por acá.