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Reabriendo viejas heridas: la historia de las milicias de Medellín
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Reabriendo viejas heridas: la historia de las milicias de Medellín

María Flórez - Noviembre 20, 2015

Las autoridades han empezado a develar los secretos de esas pequeñas pero poderosas organizaciones que nacieron en los barrios pobres de la ciudad.

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Cuando Fredi Pulgarín tenía seis años, acosado por la pobreza, le pidió a un vecino que le regalara los mangos que colgaban de su solar. Fue así como inventó su primer trabajo: vendedor de fruta a las afueras de una escuela. Cuando el vecino murió, Fredi tuvo que conseguir nuevos trabajos: albañil, cargador de bultos, empacador de clavos y hacedor de mandados. Mientras tanto, su mamá intentaba ganarse la vida cosiendo colchas de retazos y sus hermanos hacían lo propio lavando ropa y conduciendo una zorra.

Era mediados de los 90 en Medellín, la ciudad más violenta del mundo. Fredi vivía en uno de los barrios de la comuna 13, la más grande y una de las tantas marcadas por el desempleo, los sicarios y el narcotráfico. Un escenario propicio para la expansión de pequeñas organizaciones armadas que ofrecían seguridad en los barrios y tenían buena aceptación entre la comunidad: las milicias.

Como muchos jóvenes pobres, Fredi ingresó a la última de las estructuras milicianas: los Comandos Armados del Pueblo (CAP). Abandonó el rebusque y empezó a asistir a integraciones deportivas, mítines políticos, protestas de estudiantes y de vendedores ambulantes, robos a camiones distribuidores de alimentos y escuelas de adiestramiento físico y militar urbano, en las que le enseñaron “cómo caminar, cómo vestirse y cómo moverse para no generar sospechas”. También recibió adoctrinamiento político, formación cultural y entrenamiento en “gimnasia básica revolucionaria sin armas” y “gimnasia con armas en sitios despoblados con árboles”.

Hoy, Fredi está siendo juzgado por la Sala de Justicia y Paz del Tribunal de Medellín. Es el único de los antiguos milicianos que asiste a ese proceso transicional y su decisión le ha permitido a la justicia empezar a reconstruir la historia de las milicias: grupos de jóvenes que impusieron su propio orden usando las armas y que fueron exterminados durante la operación Orión.

¡PACIFISTA! conoció los detalles de esa reconstrucción, que fue presentada recientemente por la Fiscalía. El proceso promete seguir develando lo que pasó en Medellín durante tres décadas sangrientas.

Los primeros milicianos

A finales de los 80, en aparente oposición a la criminalidad que campeaba en la ciudad, surgieron en el nororiente de Medellín las Milicias Populares del Valle de Aburrá y las Milicias Populares del Pueblo y para el Pueblo. Su líder, un hombre conocido como “Lucho”, le concedió una extensa entrevista al diario El Tiempo en 1991. En ella, contó que la organización había sido creada por antiguos líderes sindicales “cansados de los atropellos de las bandas”, decididos a atacar a los expendedores de drogas y a los sicarios.

También dijo que las milicias estaban integradas por cerca de ocho mil “abogados, médicos, enfermeras, amas de casa, obreros y desempleados”, aunque también había líderes estudiantiles y exguerrilleros del Eln y el Epl. Sorpresivamente, “Lucho” declaró que en diciembre de 1990 comandó un simulacro de combate “de tres días en un barrio entero”, sin que la policía o el Ejército se dieran cuenta.

Pero negó que el perfil de la organización fuera exclusivamente militar y aseguró que participaban en procesos culturales, recreativos, asociaciones de padres de familia y juntas de acción comunal, y que tenían presencia en sindicatos y universidades públicas. Los financiadores de ese engranaje eran, según él, comerciantes y transportadores.

Cuando le preguntaron si las milicias querían actuar en la legalidad, contestó que “apuntamos a convertirnos en un movimiento político para que el presupuesto no se siga yendo para el Poblado y Laureles”, los barrios de los ricos de Medellín.

En 1993, “Lucho” fue apresado. En esa época, las milicias habían cometido robos y extorsiones, por lo que habían perdido el apoyo de la comunidad. Entonces, los líderes decidieron desmovilizarse y negociaron con el gobierno de César Gaviria, que había conseguido poner fin al conflicto con varias organizaciones guerrilleras. En 1994, en una de las canchas de la Comuna 1, 650 milicianos de la zona nororiental entregaron sus armas.

Sin embargo, el proceso fracasó. Más de 100 desmovilizados fueron asesinados, los programas de reinserción no recibieron la atención requerida y desde la cooperativa de seguridad que crearon los antiguos milicianos (Coosercom) se cometieron excesos contra la comunidad.

En esas condiciones, y tras un proceso de reorganización que incluyó a las milicias de la Comuna 13 que no se desmovilizaron, se crearon los Comandos Armados del Pueblo. Corría 1996.

Los tentáculos de los Comandos

Un paquete explosivo contra el McDonald’s del centro comercial San Diego y la quema de tres buses frente a la Universidad de Antioquia son algunas de las acciones más representativas de los CAP.

La formación militar de los milicianos tuvo lugar en los campamentos selváticos del Eln y ambas organizaciones realizaron actividades conjuntas en la Comuna 13, en una época en que el control de los barrios se repartió entre aquellas y las Farc.

Según la Fiscalía, los CAP eran un grupo de “carácter político” extremista, de ideología marxista-leninista, que seguía al líder chino Mao Zedong y a la guerrilla peruana Sendero Luminoso. Para convencer a la gente de ingresar a la organización, copiaron el modelo de las guerrillas: acudieron a obras de teatro, celebraciones barriales del día de la mujer, de la familia y del niño, y a universidades y colegios públicos, para identificar y convencer a posibles milicianos.

Los CAP, junto a las Farc y al Eln, se convirtieron en verdaderos poderes paralelos en la Comuna 13. Dominaron los barrios, realizaron labores de “limpieza social”, y ayudaron a “mejorar viviendas y construir caminos”. Dice la Fiscalía que “al principio esas milicias no inquietaron demasiado a las autoridades” y que por eso pudieron acceder a múltiples recursos: crearon una cooperativa para monopolizar el lavado de buses y extorsionaron a las ladrilleras y a empresas de transporte público como Coonatra y Conducciones América.

Sobre esta última empresa, José Édier González, alias “Robocop”, declaró que “hubo una reunión con los dueños de buses, se les preguntó cuánto podían dar y ellos a cambio dijeron que les ayudaran con la seguridad. Se decidió que un integrante de los CAP se montaba en el bus y si alguien robaba, lo mataban. Si (el ladrón) se montaba en el centro, el conductor cerraba puertas y se (lo) llevaba a lo alto de la comuna, donde lo ajusticiaban”. Al contrario, uno de los dueños de la compañía declaró que ellos eran las víctimas, y que los Comandos los habían extorsionado y amenazado.

Pero quizá una de las mayores revelaciones del proceso es una segunda declaración de González. Él, un antiguo miliciano y desmovilizado de las autodefensas, les dijo a las autoridades que “la organización pedía a las grandes empresas como Pilsen, Postobón, Fábrica de Licores de Antioquia y Compañía Nacional de Chocolates un aporte para la realización de eventos”. Según González, los dineros se recibieron y se emplearon en asuntos como la “compra de juguetes para los niños”. Una situación que deberá ser investigada.

En el proceso también consta que Coca-Cola fue extorsionada a través de sus distribuidores y que a la cervecería Pilsen se le exigió una contribución permanente “para garantizarle condiciones de seguridad” en la comuna. La polémica empresa de chance Gildardo Echeverri también fue víctima de los CAP y su negativa a pagar la convirtió en blanco de artefactos explosivos.

Como uno de sus reclamos era el desempleo, los Comandos presionaron a un contratista de la prestadora de servicios públicos EPM para que involucrara a los milicianos en la construcción del alcantarillado del barrio La Divisa. También exigieron importantes tajadas de contratos para construir viviendas de interés social y obras privadas, y parte del presupuesto de los proyectos de las juntas de acción comunal. Otra de sus formas de obtener dinero fue realizar “secuestros exprés”, algunas de cuyas víctimas fueron trabajadores de la salud.

En el lapso que duró ese otro orden, en parte provocado por la desidia del Estado, las instituciones estuvieron vedadas en la Comuna. Las milicias sacaron a bala a operarios, policías, militares y funcionarios de la Fiscalía, la Alcaldía y la Gobernación de Antioquia. Pero las operaciones militares se fueron incrementando poco a poco y los bloques Metro y Cacique Nutibara arreciaron su ofensiva, disminuyendo la capacidad de los CAP y recrudeciendo la guerra. Luego llegó Orión.

El impacto de Orión

Muchos colombianos tienen el apellido Pulgarín. También a mucha gente le dicen “Pulga”. Por eso, que dos hombres, habitantes de la Comuna 13 de Medellín, tuvieran el apellido Pulgarín, el apodo “Pulga”, e hicieran parte de los 110 milicianos de los CAP, suena absurdo. Pero es gracias a ese absurdo que Jhon Fredi Pulgarín se salvó de ser asesinado durante la Operación Orión. Cuenta él que, estando en la lista de milicianos que llevaba el Ejército, pudo escapar a la persecución cuando cayó muerto un compañero suyo que tenía su mismo apellido y alias.

Los demás no tuvieron suerte. El grueso de los milicianos fueron asesinados, detenidos o desaparecidos durante ese operativo, ejecutado entre el 16 y el 18 de octubre de 2002. Después, los paramilitares asumieron el control de la comuna, en hechos que hoy tienen bajo la lupa de la justicia a altos oficiales del Ejército.

El 21 octubre, tan solo tres días después de que cesaran las balas de Orión, los CAP emitieron un comunicado. Se tituló “Al pueblo jamás lo doblegarán”. En él se lee que mientras no haya “el pan de cada día en nuestras comunas es totalmente justo y hasta un deber rebelarse (…) Frente a las nuevas condiciones y para no poner de carne de cañón a la comunidad, implementaremos nuevas formas para continuar la resistencia. Quizá no será tan visible nuestra presencia, pero haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que no se apague esta llama revolucionaria que se ha encendido en tantos pobladores de la ciudad”.

Nadie sabe qué pasó con los milicianos que sobrevivieron a Orión y que prometieron continuar la “rebelión”. De lo único que se tiene certeza es de que Fredi Pulgarín está preso en la cárcel de Itagüí (Antioquia), que ha confesado 25 homicidios y que su proceso le ha permitido a la justicia reabrir una de las tantas heridas de Medellín: la historia de los Comandos Armados del Pueblo.