CoronaBlog | Día veintisiete: me despiertan los animales | ¡PACIFISTA!
CoronaBlog | Día veintisiete: me despiertan los animales Ilustración: Juan Ruiz
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CoronaBlog | Día veintisiete: me despiertan los animales

María Camila Vera - Abril 12, 2020

Para qué voy a mentir: es la primera vez que no celebro borracha. Pero celebro. No tengo que ser pájara; la pandemia me es leve.

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Este texto hace parte del CoronaBlog, una serie escrita por periodistas, escritor@s, artistas y bloguer@s que intentará registrar el día a día de la pandemia, de la cuarentena y de las noticias alrededor desde una mirada muy original en primera persona. Para leer otras entregas de esta bitácora, haga clic acá.

El gato entra a mi habitación a las cuatro de la mañana a pedir comida. Respondo a su maullido con un maullido y me doy la vuelta. Las cuatro de la mañana no es hora, dice un poema Szymborska y trato de decirle eso a mi gato. Sostengo la batalla de miaus hasta las cuatro y media, que él entierra sus dientecillos en mi pantorrilla y, herida de sueño y ternura, me levanto a alimentarlo. Vuelvo a la cama y, cuando estoy a punto de dormirme otra vez, el pájaro carpintero del barrio empieza su toctoctoc pausa toctoctoc pausa toctoctoc pausa y ya es imposible.

Subo la persiana y lo busco en los árboles del frente, pero es escaso y de él solo conozco el toctoctoc. Luego siguen los gansos que gritan mientras vuelan para anunciarle a todo el pueblo que están yendo del lago en donde duermen al lago en donde pasan el día. Ese es el único vuelo migratorio de los gansos de aquí. El frío no les atañe, duermen y caminan sobre el agua congelada en invierno. En verano, toman el sol alrededor del lago y los caminantes los esquivan por miedo a sus ataques. Cuando el día me agobia, los busco: siempre hay alguno haciendo maromas acuáticas. A veces hay un trío de patos: dos machos, una hembra. Si tengo suerte, veo a la garza pescando.

Me haría pájara, pienso, y así no habría pandemia. Tacho otro día en el calendario. Y son las seis. Empecé a contar días el 26 de diciembre que, superado el guayabo físico y emocional del 24, llamé a una mujer que semanas antes me había dado su número y le dije que estaba lista. Are you sure? Yes. Ok. You will need to call me everyday and go to 90 meetings in 90 days. Me quedé atónita. ¿Noventa reuniones en noventa días? ¿No hay nada más que hacer? Qué es este culto en el que me metí. ¿Por qué no puedo sobrevivir el invierno cómo una persona normal, encerrada en casa, comiendo, viendo tv, dejando todo ir y venir?

El primero de enero fui a la primera reunión. La gente siempre es amable. Sonríen y hay galletas dulces, café, té.  ¿Cómo puede ser alguien feliz sin gin? Pff. Qué tonta que soy y le digo a mi amiga que se puede reír de mí, les digo a todos que pueden hacerlo cuando abren los ojos porque esta vez no estoy tomando, ¿y eso, Cami? Se volvió inviable. Me presento. María, alcohólica. No quiero lidiar con estos gringos diciendo mi nombre completo, ya tengo suficiente con la forma en la que dicen estiran la erre como si fuese un nombre exótico. En las primeras reuniones solo oía. No soy como estos locos. Podría simplemente no ir, pero examino las condiciones y se hace inevitable: no me soporto ni borracha ni enguayabada, en este pueblo de dos calles en el que vivo todos los bares son malos, malísimos. Y los alkies ya me conocen la cara y, como dije, son dos calles y sin contar los estudiantes, unos tantos miles de personas de las cuales la mitad también está en el culto.

No tengo excusas de falta de tiempo porque siempre hay una reunión: a las siete, a las diez, a las once y quince, a las seis, a las siete y media. No puedo ni comprar trago en la licorera del lado de la casa porque mi vecino, ¡mi vecino!, también va y no me gustaría lidiar con su mirada si nos llegáramos a encontrar en el rellano y yo tuviese la bolsa café de la compra prohibida. Y, esencialmente, cuando bebo, no puedo tomarme solo un trago. Ojalá. ¿Que podría dejar el licor sin tener que meterme en un culto? Been there, done that, como dicen los gringos y no pude. Le cuento a mi madre y se alegra. Y como soy paisa y esa, la de la madre, es la aprobación más importante, sigo yendo.

Son noventa reuniones en noventa días así que ensayo todas las que hay en el pueblo. Me digo que por lo menos alguna historia sacaré. Veo una mujer que solo se viste de rosado, un hombre que siempre dice lo mismo, un veterano de Vietnam que cuenta sus muertos, me echo un novio, hago amigas. Una rubia guapísima que lo tiene todo —casa, marido, dos hijos, trabajo de ejecutiva y, claro, adicciones— es mi guía. La hora diaria en la que me presento como alcohólica y leo libros de autoayuda y escucho los problemas de otros y rezo a quien le quiera rezar se vuelve parte de mi día.

Mi reunión favorita es la de las 10 de la mañana porque tienen las mejores galletas. Me acostumbro a la gente en el momento en que empiezan a llegar las noticias de los casos de coronavirus en el estado en el que vivo. Entonces en vez de darnos la mano, juntamos los codos. Eso solo dura una semana. Cierran la iglesia en la que nos reunimos y no hay cómo vernos. Pienso en los viejitos que llevan 40 años yendo, ¿cómo van a hacer? ¿sobreviven esto? Trato de encontrar una reunión más en el pueblo, pero ya está todo cerrado y se han prohibido las congregaciones.

Después de una semana sin ver a mis alkies favoritos, vuelvo a los números de teléfono y le escribo a otra mujer sin pensarlo: ¿nos reunimos por Zoom? Veo sus caras en la pantalla. Sus casas, cocinas, perros, hijos, familias, mi gato. Nos hackean y también veo un viejo empelota, calvo y gordo hacerse la paja. Todo está raro, pero todo está bien. No puedo quejarme si estoy a salvo de la miseria del mundo. Tengo comida en la casa, ningún muerto entre los míos, plata en la cuenta, un amor joven en edad y tiempo, diez extraños que cantan por mi cumpleaños. Es la primera vez en once o doce años en la que no celebro con un trago. Para qué voy a mentir: es la primera vez que no celebro borracha. Pero celebro. No tengo que ser pájara; la pandemia me es leve.

Doy un paseo por el río del barrio y por fin lo veo: negro, negrísimo, con copete rojo y una mancha blanca entre el pico y el pecho. Es más grande de lo que esperaba. Toctoctoc pausa toctoctoc pausa toctoctoc pausa.

María Camila es escritora y la pueden leer acá